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“La revolución educativa”: ¡ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja ja!

Por Robert  Vargas
Los únicos que en la República Dominicana no se habían dado cuenta que la denominada “revolución educativa” es un vulgar engaño, son sus promotores.

Cualquier persona “de antes”, se percata a simple vista y sin ningún esfuerzo de que el producto que sale de las escuelas es altamente mediocre.

Bachilleres que no saben ni siquiera escribir bien sus nombres; que nada conocen de ciencias, que son analfabetos en lenguas e ignorantes en su totalidad de historia, filosofía, economía y otras ramas del saber.

Esos mismos analfabetos funcionales son quienes luego se reciben en las universidades con títulos de licenciados, doctores y maestros y posteriormente adquieren la categoría de catedráticos en las universidades.

Y así se construye el círculo vicioso, hasta pretender “asombrarnos” de las evaluaciones que nos llegan desde el extranjero como puñetazos en plena nariz ante la vista de todo el mundo.

Es posible que ahora quieran culpar de esa situación “a la baja formación de los maestros” pretendiendo ocultar debajo de la alfombra su responsabilidad.
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Cuando escucho o leo la consigna de promoción política de “revolución educativa”,  nadie se da cuenta, pero en mi interior me río.

Lo hago para no llorar.

Recuerdo que una noche, cuando recién acababa de cumplir 30 años de ejercicio ininterrumpidos como maestro de escuela, le dije a la Directora de la que para el siguiente año escolar no me asignara ninguna carga académica puesto que ya no me sentía en ánimo de seguir en la escuela y aprovecharía para tener mi jubilación.

No se trataba de haraganería, puesto que años después sigo tan o más activo que antes. Este periódico es un ejemplo de lo que les digo.

Aquella noche le hice esa solicitud porque yo no estaba dispuesto a seguir el  rumbo que  el sistema educativo me estaba imponiendo.

-“Eso no fue lo que aprendí con (Manuel Amaro) Morejón”, con sus Didáctica Especial de las Matemáticas, me dije.

-“Esto no es lo que aprendí con Turbides”, en su Lógica Especial de las Matemáticas.

-“Esto no es lo que aprendí con  el sacedote José Luis Sáez”, en  Comunicación.

-“Esto no es lo que apren dí con Juan María Castillo”, con su Triogonometría.

-“Tampoco fue lo que aprendí con Rafael Díaz Filpo”, con su Física.

-“Esto no es lo que aprendí con Rafael Frías Felly”, y su Literatura.

En fin, yo estaba inmerso en una escuela en la que  yo no encajaba.

Estaba fuera de tiempo.

No porque no estuviera al tanto de las nuevas tecnologías, al contrario, en mi escuela fui el primer maestro que tuvo en las manos una enciclopedia digital y el único que ya trabajaba con Internet, en tiempos en que una computadora con 8 megas de Ram, 250 megas de disco rígido y procesador de 32 megahertz eran un lujo.

Estaba fuera de tiempo porque desde el Estado comenzaban a enviar señales de que se estaba cambiando para peor.

Y yo no estaba en diposición de aceptar la imposición  de esas nuevas señales sin resistir.

Al final, lo admito, me vencieron y decidí colocarme a un lado.

Todo comenzó a empeorar cuando a mitad de la última década del Siglo XX cambiaron el currículum educativo sin haber hecho los ajustes necesarios en el personal docente y en la infraestructura escolar.

En el mismo tiempo destinado a la docencia comenzaron a agregar un montón de materias, algunas de las cuales nadie conocía qué carajo era.

Un ejemplo:

Una noche el Sub Director de la escuela me dijo:

-“Robert, encárgate de esa materia”,  y me pasó un libro enorme con todas las materias y sus respectivos programas.

Se trataba, si mal no recuerdo, de “Comunicación”.

No entendí nada, absolutamente nada.

Yo había estudiado Física y Matemáticas, pero me dijeron que impartiera “Comunicación”, porque había que ceder el puesto de maestro de Física a un nuevo compañero “para que no quedara flotando”.

Aunque no entendí qué era eso de “Comunicación”, tomé el libro con “todas las materias” y la  busqué en el índice.

Nada.

Luego página tras página. Una tras otra.

Nada.

A la noche siguiente regreso donde el Sub Director y le digo:

-“Ahí no hay nada de Comunicación”.

-“¿Cómo que no hay nada?”, respondió y comenzó a buscar él mismo. Al final me dijo que hiciera “lo que tú puedas”. No la encontró.

¡Que hiciera lo que yo pudiera!

¡Una materia sin programa!

Ya el año escolar estaba a punto de iniciar.

Corrí a las librerías y busqué todo lo que pude de “Comunicación ” y me “inventé” un programa, que nadie supervisó.

Por “suerte”, esa “materia” apenas duró un año escolar. La descontinuaron.

Al año siguiente me dijeron que :

-“Robert prepárate, vas a impartir electrónica”.

¡Qué estupidez!

Yo no estudié electrónica.

Lo mío era la Física y las Matemáticas.

Si alguien quiere conocer el resultado de mi trabajo con esas materias,  (Fisica y Matemáticas) le recomiendo consultar con dos ex alumnos que fueron brillantes, entre muchos similares: Alejandro Herrera, (actual Director del IDAC); y Adán Peguero, (ex pre candidato a alcalde de de SDE y funcionario de alto nivel de la UASD).

Y ahí estaba yo, tratando de aprender a la carrera “¡Electrónica!”, para “enseñarla” a los alumnos.

¿Cómo diáblos puede alguien que no sabe algo enseñarlo?

Yo me preparé para enseñar Matemáticas y Física, no “Comunicación”, “Electricidad” ni “Electrónica”.

Al final estaba impartiendo “Informática” que, aunque no fue lo que estudié en la Universidad, ya estaba bastante avanzado, pero aún así, esa materia tenía que impartirla alguien que se preparara para trabajar con ella. No un autodidacta.

Les cuento esto para que conozcan una experiencia de primera mano.

Eso sucedió no solo conmigo, sino con una cantidad enorme de maestros y maestras en el territorio nacional.

El sistema estaba improvisando a toda velocidad.

Fueron los tiempos en que aumentaron la cantidad de materias por año escolar.

Anteriormente, en cada año escolar eran impartidas en el sistema “tradicional” unos ocho o nueve materias para cuatro o cinco horas diarias de trabajo.

De repente, cambiaron a ¡22 materias por año escolar! para las mismas cuatro o cinco horas diarias.

A esto se le agrega que fueron impuestas las “Pruebas Nacionales” que, en esas circunstancias, fueron, son y serán un desastre total.

Con el “viejo sistema”, la Secretaría de Educación le entregaba al maestro un programa general y, en base a este, el educador preparaba un “Plan Mínimo de trabajo” que sabía podía cumplir en su totalidad en los nueve meses de clases.

Se enfocaba en ese programa y “le sacaba el jugo” a sus estudiantes.

Al llegar el período de examenes, el docente evaluaba a sus alumnos y alumnas y, en  función  del rendimiento de cada cual a lo largo del año escolar, tomaba la decisión de “liberarlos” del examen final; iban pruebas generales, completivas o ex traordinarias.

Al final, simplemente, si no llenaban los requisitos, simplemente, reprobaban la materia.

Los “genios” que cambiaron el sistema para peor, ahora están “asombrados” por que quedamos en el último lugar al ser evaluados internacionalmente.

Ahora el maestro carece de libertad, dentro de ciertos parámetros, y corre para cubrir un programa imposible en poco tiempo con la intención  de preparar a los estudiantes no para que aprendan y se superen, sino para que vayan ¡A las pruebas nacionales!, que no son otra cosa que un gran negocio para beneficiar a unos cuantos editores.

Peor aún, los maestros y maestras han sido despojados de autoridad y tienen prohibido admitir que los alumnos y alumnos reprueben alguna materia.

Eso explica que estudiantes de tercero de primaria no sepan escribir correctamente su nombre y apellidos.

Aquella directora que le mencioné al principio me dijo respecto de un grupo de alumnos que carecían de méritos para aprobar la materia:

-“Robert, ¿Qué vamos a hacer con esos muchachos?; dale otra oportunidad”.

En realidad, me estaba pidiendo que los promoviera a todos, aunque no llenaran los requisitos necesarios.

Era el momento en que, como parte de la materia de Informática, que sí estaba en el programa oficial, yo intentaba guiarlos para que aprendieran a diseñar páginas web.

-“Después de todo, eso de páginas web no es tan importante y ellos no tendrán  en qué aplicarlo. No les servirá de gran cosa”, me dijo una maestra.

Entonces, me di cuenta que, definitivamente, yo no encajaba en ese “nuevo mundo”.

O, como aquel día que aquella maestra me imploró para que le diera “esos puntos” a esa alumna para que no repitiera por tercera vez esa materia.

-“Robert, pasa a esa muchacha. Ella no va para parte. Deja que sea la vida la que la queme”, fue argumento de la mestra.

Presionado por todos, accedí a su solicitud.

Todos ellos la habían promovido aún concientes de que carecía de la formación y condiciones necesarias para ser bachiller.

Varios años después me entontré con la ex alumna quien, con su voz cantarina, me dijo alegre:

-“¡Hola colega!”.

La miré algo perplejo y le pregunté:

-“¿Eres fotógrafa?”.

-“No”

-¿Eres periodista?”.

-“Nooooo”.

-“Entonces, ¿Porqué somos colega?”.

-“¡Este mes me gradúo de licenciada en Educación mención  Educación Inicial!”.

Ella estaba feliz.

Yo le dije:

-“Felicidades, colega”.

Con esas vivencias y muchas otras, entiendo perfectamente porqué somos  los de peor resultado en las pruebas internacionales.

Los culpables hay que buscarlos en los “genios” de allá arriba que cambiaron todo el sistema para peor.

Si alguien quiere ver las consecuencias de esa actuación irresponsable de parte de los estrategas que solo buscan ganar dinero, solo tiene que ponerse en las manos de la gran mayoría de muchos nuevos profesionales, que llegan a las aulas universitarias sin  saber leer.

Por eso les digo que la “revolución educativa me sa risa”.

Pienso que pasarán muchos años antes de que recobremos lo perdido.

Mientras tanto, si usted quiere que su hijo o hija no sea víctima de esa “revolución edeucativa”, ocupese personalmente de guiarlo. Yo se por qué se lo digo y puedo demostrarlo.

No se deje deslumbrar por los edificios escolares que sirven par ahacer más ricos a un puñado de compañeros del partido.

La educación  es mucho más que esos.

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