
Por Quilvio Vásquez
Como observador de la condición humana, me encuentro fascinado por la dicotomía entre la razón y la fe. Los ateos, en su búsqueda incansable de respuestas, se ven compelidos a abrazar la razón como su guía principal. Esta no es una elección de libre albedrío, sino una consecuencia lógica de su visión del mundo.
Mientras la razón busca dentro de la gran entropía de la materia, el libre albedrío busca dentro de un orden natural impuesto por sus supuestos dioses.
La razón, para los ateos, es una herramienta que desentraña los misterios de un universo en constante cambio, un cosmos que opera según leyes naturales descubiertas a través de la ciencia. La energía se transforma en materia, la vida surge de la materia inerte y la evolución moldea la diversidad de los seres vivos.
En este contexto, el ser humano emerge como un producto más de la naturaleza, un ser con un cerebro complejo capaz de almacenar información y utilizarla para razonar. La imaginación, en un principio, llena los vacíos del conocimiento, dando lugar a explicaciones mitológicas de los fenómenos naturales.
Así nacen los dioses, personificaciones de fuerzas desconocidas, y los sacerdotes, intermediarios entre lo humano y lo divino. La ignorancia se convierte en el terreno fértil para la creación de un panteón de deidades, cada una con su dominio y sus exigencias.
Es lamentable constatar que, incluso en la era de la ciencia y la tecnología, persisten aquellos que prefieren aferrarse a la fe ciega en dioses creados por la imaginación humana. La razón, sin embargo, sigue siendo una brújula que nos invita a explorar el mundo con ojos críticos y mente abierta.
