sábado, 20 de junio de 2026
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El reclamo del diputado Rafael Castillo a Ciudad Oriental

Por la Redaccion

n la víspera del Día de las Madres, cuando el calor de mayo comienza a parecerse al de los recuerdos que no se apagan, el diputado Rafael Castillo cruzó las puertas de Ciudad Oriental con el mismo respeto con que se entra a una casa donde aún vive, en el aire, el espíritu de alguien que nunca se ha ido del todo.

Allí lo recibió la abogada y periodista Cinthia Polanco, directora del medio y discípula directa del más honesto y respetado de los periodistas que haya parido Santo Domingo Este: Robert Vargas. Su nombre no necesita adjetivos, pero aun así, los lleva todos. Fue brújula y balanza, voz que no tembló ante el poder ni se doblegó ante el halago, cronista de un municipio que aprendió a mirarse en sus palabras como en un espejo incómodo, pero necesario.

Durante el encuentro, Rafael Castillo recordó al maestro con una mezcla de afecto y reverencia, consciente de que, aun en su silencio eterno, Robert sigue marcando el ritmo de la conciencia crítica del municipio. Evocaron anécdotas que no están escritas en ningún archivo, pero que viven en la memoria de quienes aún creen que el periodismo debe ser faro, no reflectores.

El diputado no fue a buscar titulares. Fue a reconocer como se reconoce un altar, la permanencia de una línea editorial que, pese a la ausencia física del fundador, no ha perdido el filo ni la dignidad. Y fue también, sin esperarlo del todo, víctima cordial de una periodista que ha heredado el bisturí verbal de su mentor. Cinthia lo convenció, casi con dulzura letal, de responder en cámara preguntas tan hondas como peligrosas. Algunas respuestas sobre el alcalde Dio Astacio, sobre el papel de los regidores de la Fuerza del Pueblo quedaron grabadas como promesas selladas, y verán la luz en una próxima entrega que, sin duda, dará que hablar.

Pero fue al apagar la cámara, cuando todo parecía haber terminado, que surgió el verdadero reclamo. Un reclamo que no estaba en los papeles ni en la agenda. Castillo lo dijo con tono de nostalgia irónica:

—Directora… usted sabe lo que falta aquí.

Cinthia lo miró, entre curiosa y prevenida.

—Faltan los mangos —agregó él—. Robert siempre me regalaba mangos. No uno ni dos. Una abundancia tropical, como si en lugar de periodista hubiera sido también un árbol.

Ella sonrió con pudor y resignación. Salió unos minutos al patio y volvió con unos cuantos mangos cuidadosamente seleccionados. Los entregó con una mezcla de vergüenza y ternura, como quien teme fallar en la reproducción de un rito sagrado.

—No soy tan generosa como Robert. Confesó con voz casi baja. Pero estos vienen del mismo árbol.
El diputado los recibió como se reciben las ofrendas auténticas: con gratitud y con el silencio que sólo se reserva a lo verdaderamente sentido.

Así concluyó la visita: entre memorias vivas, preguntas sin publicar, y el dulzor de un fruto que, por un instante, hizo que el tiempo volviera con lo mejor de su pasado.