miércoles, 22 de julio de 2026
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Los que no retrocedieron aquel trágico 15 de junio de 1965

Elegía a Jacques Viau Renaud y Pedro Bonilla Sánchez
A la memoria infinita de Jacques Viau y Pedro Bonilla Sánchez

José —Chino— Bujosa Mieses

El estallido fue seco.

No hubo advertencia.

Solo un corte brutal en el aire… y después, el caos.

El mortero cayó con precisión despiadada. La explosión levantó polvo, metralla, fragmentos de pared y gritos que no alcanzaban a completarse.

Durante unos segundos, todo quedó suspendido, como si la guerra hubiera contenido el aliento para observar su propia obra.

Cuando el humo empezó a ceder, la escena se reveló.

Dos cuerpos en el suelo.

Pedro Bonilla.

Jacques Viau.

Ambos heridos. Ambos sangrando.

La vida, en ellos, pendía de algo invisible.

Fue entonces cuando ocurrió lo inesperado.

Viau, apenas consciente, giró el rostro. Su voz no tenía fuerza, pero sí claridad.

—Primero atiendan al comandante… luego a mí.

No era heroísmo.

No era pose.

Era orden.

Era convicción.

Era el lugar que cada quien ocupaba, incluso al borde de la muerte.

Bonilla recordaría aquel momento mucho tiempo después.

No como una escena de guerra.

Sino como una revelación.

Porque Jacques Viau no era solo el subcomandante del B-3.

Era algo más difícil de definir.

Un organizador.

Un pensador en medio del ruido.

Un hombre que había comprendido que una guerra no se gana solo con valor.

El B-3 no era un comando cualquiera.

Era una línea.

Una frontera invisible que sostenía la resistencia en sectores clave: Villa Francisca, San Carlos, San Miguel, Ciudad Nueva, San Lázaro, San Antón y Santa Bárbara.

Si esa línea se rompía, la ciudad caía.

Y con ella, todo lo demás.

Bonilla lo sabía.

Por eso, cuando el comando aún era una estructura improvisada, nacida en la urgencia, se empeñó en hacer algo que en la guerra suele parecer imposible:

organizar.

Dar forma.

Imponer disciplina donde solo había voluntad.

El nombre vino después.

B-3.

No como símbolo.

Como necesidad.

Fue en ese proceso cuando apareció Viau.

No llegó como figura.

Ni como invitado.

Llegó con una idea.

Reunir a los combatientes haitianos.

Ordenarlos.

Convertirlos en una fuerza útil para la defensa.

Bonilla lo escuchó.

Y decidió.

Lo nombró subcomandante.

La reacción no fue la esperada.

Hubo rechazo.

Miradas.

Silencios.

La guerra, incluso en su momento más puro, arrastraba prejuicios.

Viau no respondió.

No discutió.

No exigió.

Trabajó.

Organizó el combate por manzanas.

Pensó la ciudad como un tablero.

Mandó a cavar zanjas.

Pero no zanjas cualquiera.

Zanjas que conectaban posiciones.

Que permitían moverse sin exponerse.

Que salvaban vidas.

Eran líneas invisibles bajo la tierra.

Como venas.

—Tanto que trabajó para proteger a los demás… —diría Bonilla— y fue el primero en caer.

La ofensiva no los tomó por sorpresa.

Algo se movía.

Se sentía.

Rumores.

Desplazamientos.

Una tensión que no necesitaba confirmación.

Bonilla y Viau se adelantaron.

Reunieron a los mandos.

Hablaron claro.

Si caían Villa Francisca y San Carlos, todo caería detrás.

No había margen.

La estrategia era simple.

Resistir.

Pero resistir juntos.

El 15 de junio, la guerra regresó con toda su fuerza.

Los primeros impactos abrieron heridas en las filas del B-3.

No hubo tiempo para pensar.

Bonilla reaccionó.

Ordenó asistencia.

Movilizó hombres.

Activó posiciones.

Pero no esperó instrucciones.

Sabía lo que venía.

Cuando los marines avanzaron, la orden fue directa:

responder.

Y entonces, el mundo se redujo a ruido.

Ametralladoras.

Morteros.

Explosiones.

El aire se volvió espeso.

Irrespirable.

El tiempo dejó de medirse en horas.

Se medía en ráfagas.

Y, sin embargo…

la línea no cedía.

Los hombres resistían.

Desde las zanjas.

Desde las esquinas.

Desde casas convertidas en trincheras.

Había otros también.

Hombres sin rango alto.

Sin nombre en los informes.

Pero presentes.

Siempre presentes.

Entre ellos —diría después alguien— estaba Cabo Chino, moviéndose entre posiciones, llevando mensajes, desafiando el fuego como si no le perteneciera del todo al mundo de los vivos.

El enemigo también caía.

Bonilla lo sabía.

El fuego estaba bien colocado.

La defensa funcionaba.

Pero la presión aumentaba.

Entonces llegó la orden:

retirada.

Pudo haber sido el fin.

Bonilla no dudó.

—Si salimos de aquí… Ciudad Nueva cae.

No era una frase.

Era un diagnóstico.

Se quedó.

Y los hombres se quedaron con él.

Fue entonces cuando el mortero cayó.

No hubo tiempo.

No hubo margen.

La explosión los alcanzó.

De lleno.

El resto ya es memoria fragmentada.

Gritos.

Sangre.

Urgencia.

Y la voz de Viau.

Otra vez.

Fueron evacuados.

Primero al Hospital Padre Billini.

Después, a una clínica.

La guerra siguió sin ellos.

Durante seis días, Jacques Viau luchó contra las heridas que le habían destrozado las piernas. En el esfuerzo por salvarle la vida, le fueron amputadas ambas.

Pero la muerte, que no pudo vencerlo en el campo de batalla, fue acercándose lentamente hasta alcanzarlo en la madrugada del 21 de junio de 1965.

Tenía apenas veintitrés años.

Bonilla recibió la noticia como se reciben las verdades inevitables.

Sin escándalo.

Pero con peso.

No era solo un compañero.

Era alguien que había estado siempre.

A su lado.

La guerra no se detuvo.

Nunca lo hace.

El mando pasó a otros.

Los hombres siguieron.

Las posiciones resistieron.

Pero algo había cambiado.

Tiempo después, ya fuera del frente, Bonilla enfrentaría otro tipo de combate.

Uno distinto.

Más silencioso.

Se negó a repartir ropa enviada por los norteamericanos.

No era logística.

Era principio.

Hubo tensión.

Intento de motín.

Pudo responder con violencia.

No lo hizo.

Desarmó.

Sancionó.

Ordenó.

Para él, la disciplina no era miedo.

Era coherencia.

Incluso en la guerra, había líneas que no se cruzaban.

Cuando hablaba de todo aquello, Bonilla no levantaba la voz.

No dramatizaba.

Pero había algo que jamás olvidaría.

El 15 de junio de 1965 no fue un combate más.

Fue una prueba.

Una de esas pruebas en las que los hombres descubren, en medio del fuego, quiénes son verdaderamente.

Y ellos no retrocedieron.

Bonilla permaneció en su posición porque sabía que, si abandonaban aquella línea, Ciudad Nueva quedaría expuesta y detrás de ella podría derrumbarse toda la resistencia constitucionalista.

Viau permaneció porque había hecho suya una patria que no era extranjera para su conciencia.

Los dos quedaron unidos para siempre por la explosión de aquel mortero.

Uno sobrevivió para contar la historia.

El otro comenzó a morir aquella tarde.

Jacques era poeta.

Era maestro.

Era combatiente.

Había nacido en Haití, pero murió defendiendo la soberanía dominicana, demostrando que la patria no es solamente el lugar donde se nace, sino también la causa justa por la cual un hombre está dispuesto a entregar la vida.

La noticia de su muerte recorrió la zona constitucionalista como un nuevo estallido.

Esta vez no hubo metralla.

Hubo silencio.

Hubo lágrimas.

Hubo hombres endurecidos por la guerra que bajaron la cabeza para ocultar el dolor.

Al velatorio acudió profundamente conmovido el coronel Francisco Alberto Caamaño Deñó, presidente del Gobierno constitucionalista.

Allí ofreció sus condolencias y abrazó a Alfred Viau, el padre inconsolable del joven poeta.

No se despedía únicamente de un combatiente.

Se encontraba ante uno de los hijos más puros de la causa constitucionalista.

Ese mismo día, Caamaño le concedió, mediante decreto, la nacionalidad dominicana a título póstumo.

Después llegó la hora del entierro.

Sobre el féretro fueron colocadas las banderas dominicana y haitiana.

Dos banderas sobre un mismo cuerpo.

Dos pueblos despidiendo a un mismo hijo.

Dos patrias inclinadas ante el hombre que, con su sangre, había borrado por un instante la frontera que las separaba.

Antonio Lockward Artiles pronunció el panegírico.

Miguel Alfonseca compuso y leyó el Responso para Jacques Viau Renaud.

Después se escucharon los himnos de la República Dominicana y de Haití.

Dos himnos sobre una misma tumba.

Cuando las últimas voces se extinguieron y los asistentes comenzaron a abandonar el cementerio de la avenida Independencia, todavía se escuchaba el lamento de su padre:

—¡Mon fils…! ¡Mon fils…!

Aquel grito contenía el dolor de una familia, pero también el dolor de una generación que había visto caer a uno de sus hombres más puros.

La tierra recibió su cuerpo.

Pero no pudo sepultar su ejemplo.

Tampoco pudo sepultar su palabra.

Antonio Lockward recogió sus poemas y escribió el prólogo de su obra póstuma, Permanencia del llanto.

Miguel Alfonseca, Juan José Ayuso, Mateo Morrison, Miguel D. Mena, Ramón Alberto Ferreras, Tony Raful y otros escritores e investigadores siguieron pronunciando su nombre para impedir que el olvido consumara una segunda muerte.

Porque Jacques Viau había comprendido que el poeta no debía permanecer indiferente mientras un pueblo luchaba por su libertad.

Y, llegado el momento, no se limitó a escribir sobre el sacrificio.

Lo encarnó.

Pedro Bonilla sobrevivió con las cicatrices de aquella explosión y con el recuerdo de la voz que, desde el suelo y al borde de la muerte, pidió que atendieran primero a su comandante.

Jacques Viau murió, pero aquella orden permaneció.

Permaneció como testimonio de solidaridad.

Como expresión de disciplina.

Como la última enseñanza de un hombre que, aun destrozado por la metralla, fue capaz de pensar primero en la vida de su compañero.

Por eso, el 15 de junio de 1965 no debe recordarse solamente como una jornada de fuego, sangre y muerte.

Debe recordarse como el día en que un grupo de hombres decidió que la dignidad no podía retirarse.

La línea resistió.

Ciudad Nueva no cayó.

Y aunque el cuerpo de Jacques Viau fue depositado seis días después en la tierra dominicana, su espíritu quedó para siempre de pie en las trincheras de Abril.

Allí permanece.

Junto a Pedro Bonilla.

Junto a los combatientes conocidos y anónimos del B-3.

Junto a todos los que comprendieron que, en los momentos decisivos de la historia, una ciudad no se sostiene únicamente con fusiles, trincheras o murallas.

Se sostiene con la conciencia de los hombres que deciden no retroceder.

Jacques Viau no retrocedió.

Pedro Bonilla no retrocedió.

Y mientras sus nombres vivan en la memoria del pueblo,

aquella línea que defendieron seguirá sin ser vencida.