Por Ronny Velasquez
er intolerante frente a las decisiones políticas de los demás es, en buena medida, una expresión de inmadurez política. La democracia interna de un partido no puede reducirse a obedecer una sola voluntad ni a aceptar como única verdad la posición de quien circunstancialmente tiene mayor influencia. En una organización política donde existen diferentes aspiraciones, criterios y liderazgos, la diversidad de opiniones no debe ser vista como una amenaza, sino como una realidad que debe aprenderse a administrar con madurez.
Dentro de un mismo partido pueden coexistir varios candidatos y diferentes simpatías. En el escenario actual, por ejemplo, Dío Astacio ha expresado su respaldo a David Collado, mientras Jacobo Colón simpatiza con Carolina Mejía. Ninguna de esas posiciones debería convertirse en motivo para maltratar, perseguir, desacreditar o intentar chantajear políticamente a un compañero. La democracia comienza precisamente cuando entendemos que el otro tiene derecho a pensar diferente y a defender una opción distinta a la nuestra.
La política no puede convertirse en un ejercicio permanente de retaliaciones. Cuando un dirigente utiliza su posición para incomodar o castigar a otro porque este no coincide con sus preferencias, lo que está haciendo no es fortaleciendo al partido, sino debilitándolo desde adentro. Las organizaciones políticas necesitan autoridad, pero una autoridad acompañada de prudencia, respeto y sentido de responsabilidad. El poder sin tolerancia termina convirtiéndose en una fuente de conflictos innecesarios.
Tampoco debería ser motivo de maltrato que Jesús Colón haya hecho acto de presencia en la puesta en circulación de un libro de Manuel Jiménez, ambos compañeros de partido. Asistir a una actividad cultural, literaria o personal de un compañero no constituye una declaración de guerra política. La política no puede llegar al extremo de convertir cada saludo, cada fotografía o cada presencia pública en una prueba de lealtad o deslealtad. Pensar de esa manera es reducir la política a una especie de tribunal permanente donde todos terminan siendo sospechosos.
La intolerancia política tiene una característica particularmente peligrosa: comienza con pequeños gestos y puede terminar produciendo grandes divisiones. Primero se cuestiona una amistad, después una fotografía, luego una presencia en determinada actividad y finalmente se pretende decidir quién puede relacionarse con quién. Cuando una organización llega a ese punto, deja de discutir ideas y comienza a perseguir personas. Y cuando se persigue a las personas por sus relaciones, se destruye inevitablemente la confianza que mantiene unida a cualquier estructura política.
Esas prácticas deberían pertenecer al pasado. Los partidos políticos dominicanos han vivido demasiadas experiencias de divisiones provocadas por el sectarismo, las luchas internas y la incapacidad de aceptar que nadie posee el monopolio de la verdad. La historia política enseña que muchas organizaciones no se debilitan por la oposición, sino por las guerras internas que sus propios dirigentes son incapaces de detener. Por eso, aprender del pasado no significa vivir atrapado en él, sino evitar repetir sus errores.
La unidad no significa que todos tengan que pensar exactamente igual. La verdadera unidad se demuestra cuando somos capaces de convivir con nuestras diferencias sin convertirlas en enemistades. Un partido fuerte es aquel donde un dirigente puede apoyar a un candidato y otro dirigente apoyar a uno diferente, sin que eso destruya sus relaciones personales, institucionales y políticas. La tolerancia no elimina las diferencias; lo que hace es impedir que esas diferencias se conviertan en conflictos irreconciliables.
La política necesita menos intolerancia y más madurez. Necesita dirigentes capaces de comprender que las posiciones pueden cambiar, que las circunstancias electorales pasan y que los compañeros de hoy pueden seguir siendo compañeros mañana, independientemente de a quién hayan respaldado en una determinada coyuntura. Si queremos construir organizaciones políticas duraderas, debemos aprender a disentir sin agredir, competir sin destruir y defender nuestras ideas sin pretender silenciar las de los demás. La tolerancia sigue siendo uno de los mejores remedios contra la división, porque quien aprende a respetar la libertad política del otro también está defendiendo su propia libertad.
