Por Luz del Carmen Brito
La bioseguridad en el quirófano no es una simple lista de normas: es una cultura, una actitud y una responsabilidad compartida por todos los miembros del equipo quirúrgico. Cada guante correctamente colocado, cada superficie desinfectada, cada protocolo seguido, representa una barrera invisible que protege no solo al paciente, sino también al personal de salud.
En una sala quirúrgica, donde se manejan tejidos, sangre y fluidos corporales, el riesgo de infecciones cruzadas o accidentes es real. Por eso, cumplir rigurosamente con las normas de bioseguridad no es negociable. Significa mantener la esterilidad, seguir los procedimientos de lavado de manos, usar el equipo de protección adecuado y garantizar que los instrumentos estén debidamente procesados.
Pero la bioseguridad va más allá de lo técnico; es también un acto ético y de respeto hacia la vida. Cada descuido, por pequeño que parezca, puede tener consecuencias graves. En cambio, cuando todo el equipo —cirujanos, anestesiólogos, enfermeras, instrumentistas y técnicos— asume la bioseguridad como una prioridad, se crea un ambiente de confianza que permite enfocarse en lo más importante: el cuidado del paciente.
Reflexionar sobre la bioseguridad es entender que nuestras manos son instrumentos de curación, pero solo si las mantenemos libres de riesgos. Es recordar que nuestra labor no termina con una cirugía exitosa, sino que continúa en la prevención de complicaciones que puedan comprometer la recuperación del paciente. La bioseguridad no es una opción, es un compromiso diario con la vida.
