sábado, 5 de septiembre de 2026
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Carolina entre la lluvia y los recuerdos de Robert

Por Cinthia Polanco
legó como una brisa suave, bajo una llovizna de esas que no mojan, pero te remueven por dentro.

Carolina Mejía, la alcaldesa del Distrito Nacional, vino a visitarme.

Sí, a mí. A esta redacción de Ciudad Oriental, que ha sido trinchera, casa y memoria de otras tantas personalidades… y, sobre todo, de mi querido Robert.

No vino sola. Traía consigo una estela de sonrisas suaves, afectos y esa energía que uno no puede fingir.

Días antes me lo adelantó Jorge Frías, en una llamada telefónica:
—Cinthia, el sábado quiero que nos recibas con Carolina —me dijo.
—Perfecto —le respondí, sin imaginar que aquel encuentro me iba a revolver tantas cosas por dentro.

Jorge, el diputado, el amigo de Robert. De esos que, cuando pronuncian la palabra “amigo”, lo hacen con todo el peso que eso conlleva. Ellos eran más que eso: se hablaban de frente, por más dura que fuera la verdad, y nunca se faltaron al respeto.

Jorge decía: “No se metan en cosas de Robert y yo”.

Porque sí, la palabra “amigo” pesa…

Y Jorge es uno de esos que, aunque Robert ya no esté físicamente, sigue honrando su memoria como si el viejo estuviera ahí, en la esquina, tomándose un café con pan y mantequilla.

Mi hijo Quequito y yo la esperábamos. Estábamos atentos, como quien aguarda una visita importante, pero también cercana.
Y justo cuando hablaba con Nacho y una diputada del Distrito, llega mi hijo emocionado:
—Llegó tu gente. Ven a ver…

Me levanté y caminé hasta la puerta.
Y ahí estaba ella, Carolina, sonriendo como quien entra a una casa que ya conoce, aunque sea la primera vez.

—Tú sí estás linda —me dijo, rompiendo todo protocolo.

Nos abrazamos.

Nos dimos un beso en las mejillas, como si nos conociéramos de toda la vida.
Y yo, que no me callo lo que siento, le solté con una carcajada:
—Pues usted es más linda en persona.

Vestía con sencillez: una camisa arremangada, jeans, zapatos cómodos.
El cabello recogido en una cola que le daba ese aire juvenil de estudiante rebelde… de las que se metieron en política por convicción.

Me conmoví. Era la primera vez que recibía a un funcionario de ese nivel sin Robert a mi lado.
Y no es cualquier cosa que una alcaldesa del DN venga a visitar Ciudad Oriental, esa redacción que tantas veces fue trinchera de mi esposo, y que sigue siendo casa de dignidad y voz propia.

Jorge la trajo, como antes trajo a Hipólito, su padre.

Y así como el viejo se sentó con nosotros en otra época, Carolina también se sentó, escuchó, conversó, dejó su marca.

Venía bien acompañada la alcaldesa del DN y secretaria general del PRM:
el director general de la CAASD y presidente del PRM en el DN, Felipe Suberví (Fellito); el diputado por la Circunscripción 2, Jorge Frías; el edil José Ramírez (Nacho); la diputada del Distrito y su equipo de trabajo.

Carolina escucha con los ojos.

Cuando te habla, te mira directo.

Y eso, para los que vivimos de la palabra, se siente como un abrazo sin manos.

Hablamos de política, claro.
De su visita a la zona.
De lo bueno… y de lo otro también.

Jorge me dice:

—Muéstrale dónde se hace el periódico.

Le mostré. Le hablé de las viejas áreas, pero le confesé la verdad:

—La verdadera redacción está en una mesita en la cocina.

Ella soltó una risa ligera:

—¡Más bueno todavía! Eso es emprendimiento.

Y sí, ¡vaya que lo es!

Pero su visita no se limitó a nosotros.

Esa mañana, Carolina tomó desayuno con compañeros valiosos de la Circunscripción 2, compartió ideas, cruzó miradas con líderes que conocen la zona palmo a palmo.
También se reunió con empresarios del área.

Y como si eso no bastara, terminó poniéndose los tenis y jugando un rato voleibol con un grupo de muchachas que ya muchos llaman las futuras Reinas del Caribe.

Nada de pose. Nada de protocolo. Solo cercanía.

Y se fue dejándome una certeza: hay visitas que no se olvidan.

Y por un instante, juro que sentí a Robert parado en la puerta.

Mirando.

Sonriendo en silencio.

Orgulloso.
Porque aquí seguimos, contando la historia a nuestra manera, con el corazón en la mano y la verdad en la pluma.