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Desde el teleférico

Por María Hernández
Desde arriba se observa mejor la inequidad entre ricos y pobres de los sectores que quedan debajo del Teleférico si se hace el recorrido desde el puente de la 17 o Francisco del Rosario Sánchez, en la parada Eduardo Brito que conduce hacia el medio de transporte por el aire hasta la última parada de la Charles de Gaulle.

Durante todo el trayecto hay casas con los aposentos y sanitarios practicamente dentro del río Ozama cuyo color es verde oscuro, casi negro, producto de la contaminación de las personas y de las fábricas del entorno.

También se pueden ver techos hermosos y bien pintados mientras otros tienen el zinc oxidado por el tiempo y con parches de sábanas y pedazos de grandes afiches de propaganda política que terminan utilizando los comunitarios para cubrir alguna gotera en el tejado.

Además se pueden observar piscinas en los techos, hermosos jardines colgantes como los de la antigua Babilonia.

Encima de los techos de las casas hay tanques o tinacos que reflejan la escasez de agua de toda la zona.

Desde el teleférico también se pueden ver casas ahogadas por la falta de espacio, sin callejón ni patio, ni frente por donde solo entra una bicicleta.

Otra característica de la zona, vista desde el aire, son los rellenos de tierra que se acercan al río como si quisieran urbanizar el mismo fondo de uno de los dos ríos que hay en la zona en condiciones de vulnerabilidad para sus habitantes que parecen no observar ninguna de las autoridades que tienen que ver con salubridad o con el acondicionamiento del medio ambiente.

Se pudo observar, desde arriba, una cancha de baloncesto rodeada de jugadores y sin pelota para jugar.

Otro espectáculo muy bonito fue el de niños que gozan al darle vuelta a una goma por sus angostas calles y callejones.

Desde el teleférico se ve, además un vertedero en medio de uno de los sectores que poco a poco se va poblando de nuevos vecinos, sin control de ninguna de las autoridades que impida su crecimiento urbanístico.

Se escucha, desde lo alto, música urbana, bachata, salsa y merengue desde algunos colmados de las esquinas.

También se ven Talleres de repuestos, farmacias, escuelas, iglesias, guaguas plataneras, fruteros, viveros de plantas, supermercados, desde las alturas del medio de transporte que va unido al Metro.

Un momento de pavor del recorrido fue el instante en que los seis pasajeros que iban en el teleférico hicieron ademanes de miedo y muchos se agarraron el pecho o las manos de los que les quedaban al lado al sentir que el medio de transporte cableado se quedó detenido por unos segundos o minutos encima del primero de los dos ríos por los que hay que cruzar desde lo alto. Dos de los pasajeros repitieron, como a coro: Esta mañana pasó eso mismo, como una forma de decir que algunas de las cabinas del teleférico suelen detenerse con frecuencia a mitad del camino.

En fin, no está demás subir al teleférico de la 17 para tener una idea, sin que le cuenten, de cómo fluye la cotidianidad en todos los sectores de su entorno desde los más acomodados hasta los más simples y sencillos que todavía tienen techos de zinc o cartón.

Esta Semana Santa no está demás llevar a los niños de paseo por el Metro o el Teleférico, si no se marean.

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