viernes, 9 de octubre de 2026
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Educar sin razón

Por Quilvio Vazquez
Se trata de la educación religiosa: una educación basada en la fe, en el mito y en la creencia, más que en la evidencia y la razón. Es un tipo de enseñanza que, a menudo, desalienta el cuestionamiento y nos ofrece una imagen del mundo ya cerrada, predefinida, en lugar de invitarnos a descubrirla por nosotros mismos.

La costumbre de aceptar sin preguntar empieza en el hogar, se refuerza en la escuela y se repite en casi todo lo que nos rodea. Cuando se nos enseña que «el mundo funciona como Dios quiere», se nos quita la necesidad de investigar, de dudar, de buscar explicaciones reales. Todo queda resuelto con una sola frase: «es la voluntad divina».

La filosofía, en cambio, nace precisamente de esa inquietud de preguntar y no conformarse con respuestas impuestas. Su gran propósito es buscar la verdad a través del pensamiento crítico. Nacemos sin ideas previas, con la mente abierta y el deseo natural de aprender. Queremos entender cómo funciona todo, por qué ocurren las cosas, cuál es nuestro lugar en el mundo. Pero cuando desde pequeños se nos da una respuesta lista para todo, se atrofia esa capacidad de cuestionar.

La idea de que existen seres sobrenaturales que controlan nuestra vida es la base de muchas creencias. Se les da nombres, se les atribuyen poderes, intenciones y mandatos. Y cuando esas explicaciones se convierten en la única verdad permitida, la filosofía se ve desplazada: ya no hay que preguntar, porque ya está todo dicho. Así se limitan las preguntas y se frenan las ansias de saber.

La lógica nos enseña que no es razonable aceptar algo como verdadero si no hay pruebas suficientes. Sin embargo, la educación basada en la fe nos enseña lo contrario: nos pide creer antes que entender y confiar antes que ver. Nos dicen que hay un ser que lo sabe todo, que nos creó, que nos observa y que juzga nuestros actos. Se nos habla de un espíritu inmortal dentro de nosotros, de recompensas y castigos eternos. Y aunque no hay forma de comprobar nada de esto, se nos presenta como una realidad indiscutible.

Es curioso: se nos dice que tenemos «libre albedrío», pero al mismo tiempo se nos advierte que hay consecuencias terribles si no obedecemos. En lugar de aprender a elegir lo bueno por sus propios beneficios y por el bien de los demás, se nos enseña a obedecer por miedo o por esperanza de una recompensa futura. No es una moral construida por nosotros mismos, con reflexión, sino una moral recibida desde afuera.

Esto importa porque la educación que recibimos determina cómo pensamos. Si nos enseñan a no dudar, a no cuestionar, a aceptar lo que nos dicen las autoridades religiosas o políticas, entonces crecemos sin desarrollar nuestro juicio crítico. Y una sociedad que no piensa por sí misma es fácil de manipular.

Por eso, enseñar filosofía en las escuelas no es un lujo, sino una necesidad urgente. La filosofía nos enseña a razonar, a distinguir entre creencia y conocimiento, a argumentar con respeto y a respetar la libertad de pensamiento. Nos ayuda a construir una moral basada en la empatía, la justicia y la razón humana, no en mandatos divinos ni en dogmas intocables.

Eugenio María de Hostos lo entendió perfectamente. Él soñó con una educación basada en la ciencia, la razón y la dignidad humana. Rechazó que la enseñanza estuviera al servicio de creencias religiosas o de intereses políticos. Su propuesta era clara: educar personas libres, capaces de pensar por sí mismas, con una moral que nos haga mejores seres humanos aquí y ahora, en esta vida que sí sabemos que existe.

Entiendo que la educación religiosa, cuando reemplaza al pensamiento crítico en lugar de complementarlo, se convierte en un obstáculo para el desarrollo pleno de la razón y la libertad humana. No se trata de oponerse a las creencias personales de cada quien, sino de que la educación pública, la que nos pertenece a todos, se base en lo que podemos comprobar, razonar y debatir.

La religión, cuando impide que la sociedad piense libremente, se convierte en una barrera para el progreso intelectual y moral de nuestro pueblo.