Por José Amado Núñez Grullón
a soberanía alimentaria dominicana enfrenta un momento decisivo ante las presiones comerciales derivadas del DR-CAFTA y las nuevas reglas para la importación de arroz.
El problema no es el libre comercio en sí mismo, sino la desigualdad con la que se compite.
Estados Unidos protege a sus agricultores mediante importantes programas de subsidios y apoyo estatal, mientras nuestros productores deben enfrentar un mercado mucho más pequeño y con menor capacidad financiera.
¿Puede competir en igualdad de condiciones un productor dominicano con una potencia agrícola como Estados Unidos?
Ahí está el verdadero debate.
Quienes defienden una mayor apertura sostienen que las importaciones podrían reducir el precio del arroz para el consumidor. Pero existe otra pregunta que no podemos ignorar:
¿Qué ocurrirá cuando la producción nacional deje de ser rentable?
El impacto no sería solamente económico; sería social, familiar y nacional.
Más de 30,000 productores de arroz, distribuidos en 21 provincias del país, dependen de esta actividad. Detrás de cada productor hay familias, trabajadores, comerciantes y comunidades enteras cuya estabilidad económica está vinculada a la producción arrocera.
El arroz dominicano no es una mercancía cualquiera. Es uno de los pilares de nuestra alimentación y una fuente fundamental de empleo y estabilidad económica en el campo.
Hoy producimos prácticamente todo el arroz que consumimos. Perder esa capacidad significaría aumentar nuestra dependencia de un mercado externo cuyas decisiones no controlamos.
Y la dependencia alimentaria tiene un precio que muchas veces no aparece en la etiqueta del supermercado.
Por eso, el Estado debe actuar: proteger al productor, impulsar la tecnificación, mejorar la productividad y crear las condiciones necesarias para que nuestro arroz pueda competir.
Porque cuando un país pierde su capacidad de producir sus propios alimentos, no pierde solamente productores: pierde capacidad de decidir.
Y aquí está la verdadera alarma:
Si destruimos nuestra producción arrocera para comprar afuera lo que hoy podemos producir dentro, mañana no estaremos discutiendo solamente el precio del arroz. Estaremos discutiendo quién tiene el control de nuestra alimentación.
El arroz no es solamente un grano.
Es alimento. Es trabajo. Es campo. Es estabilidad social. Y, sobre todo, es soberanía.
No permitamos que la República Dominicana termine con un plato de arroz lleno, pero con las manos atadas.
Porque una nación que depende del extranjero para alimentar a su pueblo puede tener comercio, pero corre el riesgo de perder algo mucho más importante: su soberanía alimentaria.
