
Por Milton Olivo
En política hay una verdad tan simple como poderosa: los problemas que se reconocen pueden corregirse; los que se niegan terminan convirtiéndose en crisis.
A lo largo de la historia, partidos, gobiernos, empresas e instituciones han caído no porque les faltaran logros, sino porque dejaron de escuchar. El éxito suele producir una peligrosa ilusión de invulnerabilidad.
Quienes están cerca del poder comienzan a creer que las críticas provienen únicamente de adversarios, que los reclamos son exageraciones y que el malestar de las bases no representa una amenaza real. Sin embargo, la realidad tiene una característica ineludible: existe independientemente de lo que pensemos sobre ella.
Hoy, dentro del PRM, como ocurre en cualquier organización grande que ha llegado al poder, conviven dos realidades. La primera es la de los avances que el país ha experimentado durante la gestión del presidente Luis Abinader. La estabilidad económica en tiempos difíciles, la recuperación tras la pandemia, el fortalecimiento institucional, la expansión del turismo, la lucha contra la corrupción, las inversiones y múltiples programas sociales constituyen hechos que no pueden ser ignorados.
Pero existe una segunda realidad que tampoco debe ser ignorada: el sentimiento de abandono que expresan muchos dirigentes, militantes y ciudadanos que sienten que sus sacrificios, esfuerzos y lealtades no han sido reconocidos. El error más grave no sería que ese descontento exista. El error sería fingir que no existe.
Cuando miles de personas expresan frustración, cuando dirigentes históricos sienten que ya no son escuchados, cuando sectores de la sociedad perciben distancia entre los gobernantes y la gente común, la respuesta inteligente no es desacreditarlos ni etiquetarlos como enemigos. La respuesta inteligente es escucharlos.
Toda organización que aspira a permanecer en el tiempo necesita mecanismos permanentes de autocrítica. La arrogancia política ha sido el principio del fin de muchos proyectos exitosos.
Numerosos partidos llegaron a creer que eran invencibles hasta que las urnas les recordaron que la verdadera fuerza reside en la confianza de la gente. Y la mejor forma de ractificarla es apelar a la democracia universal, en darle participación a toda la militancia en la elección de sus representantes.
Las bases partidarias no son un adorno electoral. Son la columna vertebral de cualquier organización política. Son quienes defienden el proyecto cuando está en la oposición, quienes recorren los barrios, quienes enfrentan los ataques, quienes movilizan voluntades y sostienen la esperanza durante los momentos difíciles.
Por eso, ningún partido puede darse el lujo de sustituir la meritocracia por el favoritismo, la cercanía con la gente por el aislamiento burocrático, ni la humildad por la soberbia.
La conservación del poder en el 2028 no dependerá únicamente de las obras construidas, los indicadores económicos o los discursos oficiales. Dependerá también de la capacidad de reconocer errores, corregir desviaciones y reconstruir la confianza entre la dirigencia, la militancia y la ciudadanía.
El desafío del presente no es elegir entre celebrar los logros o reconocer las fallas. La verdadera madurez política consiste en hacer ambas cosas al mismo tiempo. Reconocer los avances fortalece la credibilidad. Reconocer los errores fortalece la legitimidad.
Quienes aman un proyecto político no son solamente quienes lo aplauden. También son quienes se atreven a advertir sobre los peligros que enfrenta. La lealtad auténtica no consiste en callar los problemas. Consiste en señalarlos con responsabilidad para evitar que se conviertan en derrotas.
Todavía hay tiempo para corregir. Todavía hay tiempo para escuchar. Todavía hay tiempo para reencontrarse con la base, fortalecer la ética pública, combatir la indiferencia, premiar el mérito y renovar el compromiso con la gente.
Porque el verdadero riesgo para cualquier organización política no es la crítica. El verdadero riesgo es la desconexión con la realidad. Y cuando la realidad se ignora durante demasiado tiempo, termina imponiéndose por sí sola.
