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Fernando y el ecosistema palaciego

Por: Valentín Medrano Peña.

-“Valentín, ¿No hay na’?, hace hambre”- era la cara, la espera y las palabras de entrada al palacio de justicia que opera en Cabilma del Este de la avenida Charles de Gaulle.

De Fernando el Limpiabotas salían esas palabras, era mi diarismo previo a las jornadas jurídicas que entrañaban toda suertes de imputaciones, degradaciones, justicias a medias, y mayoritariamente, de insatisfacciones, infamias e injusticias en salas de audiencias penales.

Pero Fernando era la cara de la inocencia, era pulcritud, era la dulzura y la simpleza, era todo lo bueno y noble, la mejor cara de la humanidad. Quizá se negó a crecer en algún momento, y aunque ya contaba con cerca medio siglo de haber nacido, de alguna forma se las arregló para seguir siendo aquel hermoso niño en las fronteras a la adolescencia. ¡Qué magnífico don!

Fernando siempre estuvo tan cerca de lo nauseabundo, ocupaba la puerta hacia la inmundicia, los crímenes, los litigios y llantos de desvalidos y sepultados, más no pudo ser contagiado ni dañado por ello.

Años de visitas al palacio de la Charles, cientos de procesos y la conjugación contrastante del éxito y la desesperanza con el aspiracional de justicia y la fe, todos aveces vencidos para bien y para mal, trocados y cambiados en la inconstante de las decisiones judiciales insostenibles, y las palabras, necesidades y cara feliz, de una felicidad eterna con rostro angelical, la de Fernando el Limpiabotas, la puerta de entrada a lo infernal.

De salidas de las audiencias solía acompañarme al comedor de las Canitas detrás del palacio de justicia, comía con desespero y en cada bocado de comida parecía agradecer por la misma existencia que le había sido tan ingrata, le gustaba vivir a pesar de que el dibujo existencial de su realidad le titulaba como fracaso desde los estándares de éxitos de una cada vez más voraz y acumuladora sociedad.

Sus ojos no se fijaban, y su cabeza se movía a cada acontecimiento del entorno circundante, parecía tener atención para todo y todos y sin embargo su retención de los hechos los reducía a la simpleza de su verdad siempre en ciernes, aniñada.

Su cara redonda y ojos redondos y nariz redonda y tés oscura le hacían ser una réplica mal pintada de Kirby Puckett, un pelotero de incuestionable éxito en el mundo de las grandes ligas con el equipo de San Diego. Fernando era uno de tantos, con suertes, inteligencias, extractos y vidas diferentes, era el orgulloso primer Limpiabotas del palacio de justicia de la Charles de Gaulle, y en ello residía su estatus y linaje.

Llegaba yo tarde a la audiencia, era consciente de ello, sabía del retraso en el traslado de los presos y por ello no apuraba el paso. Luego de estacionar me recordé de la macha de lodo rojizo que tenía en el zapato izquierdo, y pensaba si ocuparía a Fernando antes de subir al cuarto piso de las audiencias o a la hora en que compartiéramos el almuerzo que llenaba su estómago y alimentaba en mi la humanidad de solo verle disfrutar feliz el Maná de arroz y habichuelas.

Mis pasos eran firmes a pesar de sentir dolor en la pierna izquierda fruto de un aparatoso tropiezo con un metal duro y rugoso la noche anterior, al doblar en semicírculo para accesar a las escalinatas que ascienden al cuarto piso y saludar a los custodias de la entrada, Pujols, Santana, Castro y las personas allí apostadas, entré sin muchas dificultades y de inmediato me abordó una extraña sensación de rareza y falta.

El cuarto piso estaba atestado de personas, algunos juzgados permanecían cerrados, y los abogado buscaban con desespero, infructuosamente, lugares donde esperar sentados hasta el inicio de sus audiencias. Personas arremolinadas, y las salas de juicios de fondo, ya abiertas, también atestadas e inaccesibles.

Mi permanencia allí tenía un sabor diferente, algo no encajaba, algo faltaba, había algo raro.

Horas después, al otorgar tiempo para el almuerzo, bajé presuroso, pues recordé haber dejado un poco abierta una de las ventanillas del vehículo y estaba nublado. No tenía miedo a ser robado pues los chicos de parqueo permanecían atento a los transeúntes. Al bajar, volví a sentir la sensación de vacío. Algo en la fachada del palacio de justicia había cambiado.

Luego de almorzar y con el pensamiento de vacío circundándome, el ecosistema palaciego me lucia incompleto y me carcomía encontrar la respuesta del porqué.

Volvía a las salas de audiencias y al caminar e intentar sacar mi celular del bolsillo del pantalón, este por poco cae al pavimento, hice malabares logrando sujetarlo y para ello tuve que forzosamente mirar al suelo y volví a ver la nancha en mi zapato, y de repente llené el espacio vacío, desperté al elemento faltante en el cuadro existencial palaciego. Me faltaba Fernando. Sus palabras repetidas y escasas y su risa imborrable faltaban.

Recordé que apenas dos dias antes almorzamos en la Canita y que por vez primera viví de él y en él una inusitada erudición, me habló con fluidez y hasta filosofó, usó la cubertería y limpió sus manos y boca con servilleta. Me pasó inadvertido que jamás fue así. Él no era eso.

Pregunté por Fernando a uno que antes fue limpiabotas y que devino en parqueador de vehículos, me dijo que Fernando había fallecido tres semanas antes. Quedé impactado, entristecido y confundido, ya nada sería igual, mucho de lo bueno de la humanidad había muerto con él.

Subí las escaleras en absoluta tristeza, mis pensamientos revolucionaron mi apesadumbrado animo. Tantas preguntas, tanta razón para llorar, tanta sensación de pérdida y congoja, y de repente, un pensamiento nuevo. Detuve intempestivamente mi andar. Quedé frisado, no podía dar un solo paso más. Pasé de triste a asustado, mi corazón aceleró su paso y sentí un gran escalofrío recorriendo mi cuerpo y alma, la boca se me secó y la angustia me empujaba a producir infructuosamente saliva. Cavilé, y aún cavilo y me atormento, sobre si mi último almuerzo con Fernando, dos dias antes, y a varias semanas de su muerte, lo fue, lo soñé, lo imaginé o lo añoré.

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