jueves, 9 de julio de 2026
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La lealtad es de doble vía y no es complicidad

Por Ramón Peralta
ay quien confunde la lealtad con la sumisión… Y no es lo mismo, aunque en los tiempos que corren parezca que sí.
Hace poco vi un reel donde un líder hablaba de lealtad con esa cadencia de predicador de barrio que sabe conmover a la feligresía, esa mezcla de sermón y arenga que tan bien conocemos en estas Repúblicas Bananeras de la política criolla. Decía que la lealtad no es estar al lado del líder cuando todo va bien, sino permanecer cuando las cosas se ponen difíciles. Que quienes se van no solo se van, sino que «atacan, destruyen, señalan»… Que el verdadero líder, el tenaz, el que insiste, termina triunfando rodeado no de quienes empezaron con él, sino de quienes persistieron.

Bonito discurso. Suena a superación, a fe, a resiliencia de gimnasio espiritual. El problema, el de siempre, es que confunde la lealtad con la complicidad, y lo hace con la soltura de quien ya ha ensayado el numerito varias veces frente al espejo.

¿Lealtad a qué, señores?… ¿Lealtad a una persona, o lealtad a un proyecto, a un pueblo, a una gestión que se debe a la gente que representa? Porque hay una diferencia abismal, y ese detalle, que no es un detalle menor, se le queda siempre en el tintero a este tipo de prédica.

Cuando un comerciante de la fe empieza a exigir permanencia incondicional, «aún cuando usted no ve los resultados que tanto anhela», sin ofrecer a cambio transparencia, sin rendir cuentas, sin explicar en qué se gasta lo que se administra, ya no está hablando de lealtad… Está pidiendo confabulación. Está pidiendo a sus aliados que renuncien a pensar con su propio cerebro y que se tiendan en el suelo para que él los pise, como si la dignidad de sus seguidores fuera una alfombra que se limpia con zapatos llenos de lodo.

La lealtad se construye con la verdad, no se exige a pesar de ella. Un líder que de verdad merece acompañamiento no necesita convencer a nadie de quedarse: lo demuestra con hechos, con claridad en sus decisiones, con una gestión que se pueda mirar de frente sin que le tiemble la voz. Cuando, en cambio, una administración se maneja con opacidad, cuando las decisiones se cocinan en la oscuridad y las explicaciones llegan tarde, manipuladas o no llegan nunca, no hay que ser adivino para entender por qué la gente se aleja.

No por falta de lealtad… Se van decepcionados y heridos, que es distinto, por un líder que en el fondo usa a sus seguidores como papel higiénico: los necesita, los usa, y después tira de la cadena.

El mismo que graba el video pidiendo lealtad no la practica ni con su entorno ni hacia abajo. Se exige fidelidad a quienes siguen, pero pocas veces se es leal con la confianza que esos mismos seguidores depositaron. Se les promete transparencia y se les entrega opacidad. Se les pide paciencia y se les paga con olvido… Y cuando alguien, cansado de esperar explicaciones que nunca llegan, decide apartarse para no quedar señalado como cómplice de algo que no comparte, no está traicionando nada. Está poniendo un límite sano, que buena falta hace en estos tiempos de lealtades de rodillas.

Porque la lealtad, para que signifique algo, tiene que ser de doble vía, faltaba más. Un líder no puede exigirle fidelidad a quienes lo rodean si él mismo no es leal con los suyos. No puede pedirle lealtad al pueblo que lo escogió si no sabe agradecer a quienes lo acompañaron en su ascenso. No es ético seguir a alguien que ha hecho de la mentira su método para escalar y que traicionó a los poderosos que le dieron recursos cuando más los necesitaba para llegar al puesto que hoy ocupa… La misma suerte, o peor, corrieron los obreros políticos que con su sudor lo llevaron hasta la cima. Y hoy, desde esa cima ya cómoda, le exige lealtad a quienes se alejan de alguien que nunca cumplió su palabra. ¡Tremendo descaro!

La trampa del discurso de lealtad. Ahí está la trampa: se presenta la lealtad como una obligación de una sola vía, de abajo hacia arriba, del seguidor hacia el líder… Pero la lealtad que no se devuelve no es lealtad, es estafa. Y nadie está obligado a dejarse estafar por quien ya demostró, con hechos y no con reels, que no honra los compromisos que hace con quienes confiaron en él.

Por eso conviene ser cuidadosos con este tipo de discursos. Apelan a la emoción, a la fe, a la perseverancia, valores genuinos y hasta admirables en sí mismos, pero los usan para blindarse de cualquier pregunta incómoda. Es más fácil hablar de lealtad que hablar de rendición de cuentas. Es más cómodo pedir permanencia que ofrecer claridad… Y así nos va.

La verdadera lealtad, la que vale la pena, no se mendiga desde un video ni se exige desde el poder. Se gana con ética, con transparencia y con coherencia entre lo que se dice y lo que se hace. Todo lo demás es apenas el arte de disfrazar de virtud lo que en realidad es incomodidad ante la exigencia de cuentas claras.

Al final, quienes se apartan de una gestión que no rinde cuentas están, simplemente, negándose a ser cómplices de lo que no pueden explicar con la frente en alto… Y eso, señores, no tiene nada de desleal.