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Lenier, el juez que no superó a Lenier

Por: Valentín Medrano Peña

Lenier siempre fue un hombre dulce, noble de espíritu y bonachón. De niño sufría por las desigualdades y estrecheces de las personas de su pueblo. Era de una clase media que entonces no sabía que lo era. La pobreza en el poblado era a tal extremo y consistía en niveles de carencias tan absolutos, que la familia de Lenier llegó a creerse rica.

Por su condición económica tan diametralmente opuesta al de la casi totalidad del pueblo, estos prácticamente esclavizaban a sus vecinos en los plantíos de habichuelas, lo que les hacía cada vez más ricos en relación a los demás, cada vez más pobres.

 

 

 

 

 

Lenier recibió a temprana edad algunos libros que les envió de la capital su primo Tomás, quien nació en el pueblo y a poco de nacer sus padres mudaron a la capital con un puesto público que ocuparía su papá. Allí Tomás se residió de abogado. Muy pocas veces visitaba el pueblo, y conoció a su primo Lenier cuando éste tenía no más de seis años y ya casi Tomás terminaba la carrera de abogado.

Lenier encontró en la lectura una hermosa pasión. Era su mundo dentro de su mundo. Y se instruyó en la lectura de los clásicos. Algunos libros los adicionó a los regalados por su primo abogado convenciendo a su padre de que se los consiguiera. Prefería los libros a los juguetes. Y su padre comisionó al alcalde del pueblo para que se los comprara en sus viajes a la capital.

Allí conoció no sólo de lectura clásica sino también de filosofía y política, las que ampliarían su mundo de saber, pero sobre todo, esta lectura sembró la convicción al niño Lenier respecto a su obligación con la justicia, lo mismo que la vocación al estudio del derecho.

Cuando tuvo que cursar el bachillerato, su padre le envió a casa de su hermana en la capital para que culminara el bachillerato, y una vez culminado este se matriculó para estudiar derecho.

Fue sin dudas el mejor de las clases. Su formación juvenil le sirvió de mucho en la universidad y el colegio. Y culminó justo en el tiempo que disponía el pensum de la carrera.

Al término de esta, su padre que acudió a la investidura, le sorprendió con la noticia de que había hecho algunos arreglos con el senador de su provincia para que él, su hijo, pasara a la judicatura. -“Serás juez”- dijo a su recién graduado vástago. Y así ocurrió.

Mes y medio después de su graduación fue llamado al Congreso para jurar como juez de paz. El niño noble, venido a joven justiciero, tendría la oportunidad de dar a cada quien lo que conforme a las leyes merece.

Lenier aprendió rápido las obligaciones y tareas de un semidiós entre los hombres, de un juzgador de sus iguales.

El juez Lenier sin embargo a poco de su ejercicio se divorció del otro Lenier, del niño bueno, del joven iluso. Sus sentencias, casi siempre condenatorias, eran verdaderos testimonios de arbitrariedad y autoritarismo. Vencido por el populismo, diezmado ante el poder que señalaba sus hombres-objetivos, Lenier dejó atrás toda su instrucción y desaprendió hacia la injusticia.

En su trato seguía siendo dulce, elegante, instruido, locuaz y agradable. Era inexplicable como podía ser dos hombres tan diametralmente opuestos.

En sus vidas de un enemigo paralelismo, Lenier, el juez y el hombre, nunca se sentaron en la misma silla. El hombre nunca fue el juez ni el juez jamás fue aquel hombre magnífico, el que sin dudas, en sus adentros, abominaba del él juez.

Cuando cumplió 20 años de ejercer la judicatura. Luego de un ágape preparado por sus asistentes, un fulminante paro cardíaco unió a Lenier a sus padres idos ocho y seis años antes.

De sus conocidos, llantos y dolor por el hombre que fue, y hasta un cierto dejo de satisfacción por la caída del juez.

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