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Los efectos nocivos de una condena penal

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Actualizado el: 5 diciembre, 2020 - 4:19 AM (-04:00)

Por Valentín Medrano Peña.
Santo Domingo– “¿A quién se le ocurrió disponer la fijación de una audiencia penal para un día como hoy?” Pensaba al momento de desmontarme del vehículo para caminar hasta el Palacio de Justicia de Ciudad Nueva.

Apenas el año cursaba su tercer día, y ya mi cuerpo se había aclimatado a todos los días de asueto de las fiestas navideñas y de fin de año. Me sentía cansado. Cansado de descansar tanto. Intentaba poner la maquinaria corpórea y mental en reinicio. Un suspiro. Tomo la toga y el maletín y recuerdo que soy un obrero de la abogacía.

Unos veinte metros caminando y ya estoy ante las escalinatas del Palacio de Justicia de Ciudad Nueva. “Éste edificio tiene muchas historias” y planeaba sumirme en mi navegación memorial al respecto cuando fui saludado por Joaquin Benezario, un ducho abogado de una gran carrera en el ejercicio. Siempre me ha sido grato su estilo, así que abandoné sin iniciar mi forzado pensamiento para saludarle efusivamente. Al terminar la salutación ya no recordaba mi interés por hurgar en el pasado del viejo edificio de Ciudad Nueva.

Entré sin mucho esfuerzo ni escollos y antes de ingresar a la sala de audiencias, pues era aún bastante temprano bajé al primer piso del palacio ya que divisé desde lejos algunos amigos abogados que conversaban plácidamente frente al dañado ascensor. Al menos uno de ello mostró con su gesto que me había visto llegar y pensé sería descortés no pasar a saludarles.

Entre los amigos abogados ya había iniciada una conversación que se cortó momentáneamente para saludarme. Uno por uno me extendió su mano en saludo que correspondí. Eran seis. Dos mujeres. Sin que notara cuando concluyeron los saludos y cuando se retomó la conversación, me vi como parte de la misma. No sabía el contexto, así que esperé que la desarrollaran sin interrumpir. En lo que uno de los abogados, que también es alguacil, hacía uso de la palabra y narraba hechos de un caso aparentemente impactante, Yisselle, abogada que labora en la Fiscalía del Distrito Nacional tuvo el gentil detalle de introducirme en el tema sin hacer aparte. En paralelo el joven abogado Robinson Acosta daba explicaciones. Y ella me decía para ubicarme rápidamente parte de lo ya relatado: “pasa que el padre de Robinson estuvo preso por casi treinta años en Estados Unidos y lo liberaron. Parece que se trató de un error. Y el nos cuenta de todas las vicisitudes que vivió por la falta de su padre”.

Robinson Acosta es un joven abogado y alguacil que tuvo una infancia infeliz. Su padre Roberto Antonio Acosta Ángeles, médico de profesión, fue un pujante político dominicano que ostentó la condición de diputado por el Distrito Nacional en el periodo 1986-1990. Con el nivel de vida que le dieron sus ocupaciones laborales tenía a su hijo estudiando en colegios y se ocupaba de sus necesidades. La niñez de su hijo fue de ensueño hasta los siete años, cuando un golpe terrible de suerte le cambió esa realidad. En la Ciudad de New York fue arrestado el señor Roberto Antonio Acosta Ángeles, acusado de doce cargos criminales. Condenado por todos los cargos, vivió un martirio que se extendió por veintisiete largos años, la misma cantidad de años de enclaustramiento que vivió el ejemplar Nelson Mandela. El sistema le ofreció al inicio dos años de cárcel a cambio de declararse culpable, pero prefirió seguir gritando su Inocencia durante los veintisiete años de su cautiverio. Cientos de apelaciones y miles de cartas, rechazo de todos los programas universitarios de ayuda a sentenciados inocentes y la frustración de estar preso sabiéndose inocente, que día a día aumentó su obstinación para nunca rendirse.

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La vida para Acosta Ángeles cambió radicalmente, pero no fue la única que cambió. Desprovisto del amparo económico de su padre el niño Robinson empezó a padecer a los siete años todos los tipos de carencias. Pasó a estudiar en una escuela pública ante la incosteabilidad del colegio privado en que estudiaba, pero no pudo continuar estudiando por mucho tiempo. Tuvo que emplearse de niño en labores de escasa producción económica. Pasó a vivir en casa de tíos, abuelos, amigos y por algún tiempo vivir a la intemperie. Aveces pernoctó en un vehículo. El esposo de su tía le permitió dormir en su carro, que usaba como anunciador de actividades y productos durante el día.

Robinson había sido condenado a la edad de siete años accesoriamente con su padre, y tuvo que padecer y sufrir los mismos escarnios que su inocente condenado progenitor.

Dice no saber como no devino en delincuente, pues la vida de los que son sometidos a procesos en el Palacio de Justicia es similar en muchos a casos a la que le tocó vivir. Sin figuras paternas. Dueño de su destino desde los nueve años. Sin recursos. Mendigando un bocado de comida, para lo cual hay que perder cualquier viso de dignidad u orgullo. No vivía, sobrevivía. Su vida sin rumbo parecía terminaría a corta edad y posiblemente en un calabozo.

Recuerda con dolor, la primera ocasión en que una de sus primas, en casa de su tía donde fue arrimado, vertió agua al cardero donde antes había sido cocido un arroz para que no comiera del Concón. Ella sabía que no había probado alimento alguno y obró con la malignidad que nace de la incomprensión, la intolerancia y la falta de humanidad. Esa escena, que fue reiterada, le marcó y aún le afecta. Cada vez que lo rememora recrudece ese dolor. Mismo que sintió cuando otro de sus familiares mojó su uniforme de escuela un día miércoles para que no pudiera asistir a la misma. Nueve años transcurrieron entre ese acontecimiento y su próxima visita a un aula escolar. Conformó por aquel tiempo parte del ampuloso mundo de los Ni Ni (ni trabaja ni estudia). El agua es vida, pero para Robinson es también sinónimo de dolor.

De alguna forma mágica logró encontrar su camino, enderezar el rumbo. Volvió a la escuela por designio propio. Estudió hasta licenciarse de derecho, sustentando sus estudios con la labor de notificador para el Ministerio Público del Distrito Nacional, el último oficio luego de haberse desempeñado como vendedor ambulante, muchacho de mandado para carceleros, pedigüeño, ayudante de mecánica, ayudante de panadero, cobrador de guaguas, vendedor de dulces, guardia, operador de taxi, bodeguero, ayudante de jardinería, seguridad, entre otros pocos y por poco tiempo.

Cuando se le cuestiona respecto a como califica su vida. Se ríe. Sonríe en la más triste y fingida sonrisa. Se quiebran sus palabras, frunce el ceño, tiembla de su mano derecha, se ausenta, se muda al pasado y dice: “me robaron a mi padre y con ello mutilaron mi niñez”.

Roberto Antonio Acosta Ángeles y toda su familia fueron condenados el mismo día y a la misma pena. Fueron hechos convictos, y sufrieron por igual los efectos nocivos de una condena penal.

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