Lula Da Silva

El martirologio de Lula Da Silva

Por Elso Segura Martínez
Desde mediado del siglo XIX y finales del XX, la esperanza de los pobres y clase media en todo el mundo respecto a mejorar su calidad de vida, era por medio a la instauración de un régimen socialista o comunista; de donde se desprende la gran expectativa que generara la revolución rusa del 1917, la cual sirvió de modelo de otras revoluciones en todo el mundo, como la revolución cultural china (1949), la revolución socialista norcoreana (1948), la revolución socialista cubana (1959), entre otras.

Sin embargo, la caída del muro de Berlín marco el fin en términos histórico, de ese periodo de gloria del socialismo en todo el mundo. Con este acontecimiento no sólo comienzan a perder adherencias las utopías socialistas y comunistas, sino que se anuncia también el fin de dicho sistema, al tiempo que se produce un relanzamiento y renovación del capitalismo mundial, con el ensayo de nuevos paradigmas de dirección del Estado.

No teniendo ya el capitalismo la amenaza del socialismo o comunismo en todo el mundo, que le sirviera además de justificación a sus debilidades institucionales, el mismo se ha visto compelido a someterse a un proceso de revisión interna, que le permitiera avanzar en términos de productividad y mejora de la calidad de vida de todos los seres humanos en el planeta.

Este proceso de revisión lo ha llevado a experimentar con nuevos modelos de gestión del Estado que vienen impactando en términos económicos, sociales, políticos y culturales.

Las viejas contradicciones entre países capitalistas y socialistas del periodo de la guerra fría han desaparecido, para enfrentarse en un nuevo escenario de competencia por el mercado capitalista mundial y regional, en el que participan las tradicionales economías capitalista del mundo, aunadas a otras emergentes tanto en Asia como en América.

Dentro del contexto antes descrito se genera en muchos países de América Latina un proceso de cambio dentro de la tradicional democracia representativa, con el surgimiento de un conjunto de nuevas democracias liberales, entre las que se destacan: Venezuela, Bolivia, Ecuador, Paraguay, Nicaragua, Argentina y Republica Dominicana, caracterizadas por un marcado populismo de izquierda, encubridor a su vez de un modelo de acumulación originaria amparado en un ejercicio profuso de corrupción administrativa de los fondos públicos, que ha contribuido al crecimiento económico de amplios sectores sociales que lograron salir de la pobreza para convertirse en clase media.

La real amenaza de la democracia en estos Estados no lo constituye efectivamente el socialismo o comunismo, sino el flagelo de la corrupción.

La corrupción viene a ser la gran herejía del siglo XXI, el nuevo anticristo, o la lepra de la política del presente siglo, la cual no cuenta ni siquiera con un “cristiano” que la apoye o se solidarice con ella; el mejor ejemplo lo constituyen un grupo de expresidentes, que gobernaron en muchos de los países antes mencionados, como Pedro Pablo Kuczinski, Alejandro Toledo y Ollanta Humala que gobernaron en Perú, Michel Temer y Juan Manuel Santos en Colombia, Ricardo Martinelli en Panamá, Francisco Flores y Mauricio Funes en el Salvador, Mauricio Macri y Cristina Kirchner de Argentina, Otto Pérez Molina en Guatemala, Dilma Rousseff y Luiz Inácio Lula da Silva de Brasil, entre otros.

Es justamente el presidente Lula del Brasil el último en encabezar el martirologio o la lista antes mencionada, de aquellos que hacen causa común en cuanto a la acusación y sometimiento a la justicia por haber cometido actos de corrupción durante sus mandatos presidenciales; sin embargo, el martirologio, es decir la lista de expresidentes judicializados por actos de corrupción no llega al final con Lula, debemos estar preparados para que en el futuro cercano sigamos viendo a otros expresidentes de Latinoamérica acusados y condenados por corrupción, ya que el modelo patrimonialista-clientelista de hacer política en los países latinoamericanos depende mucho del reparto de los recursos que administran en el Estado, y el afán de lucros que caracteriza no sólo a los políticos y gobernantes, sino, a las mayorías de ciudadanos de nuestros países que son educados para hacerse ricos sin importar la forma como lo hagan.

La situación por la que atraviesa el expresidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva y los demás expresidentes que mencionamos precedentemente, debería ser tomado como experiencia, como espejo para que se miren los actuales presidentes de la región y, hacer como reza el refrán popular que dice, “cuando veas que están cortando la barba de su vecino, ponga la suya en remojo, para cuando le toque a usted”.

Los grandes centros estratégicos del capitalismo a nivel mundial están convencidos, que la garantía para evitar una gran crisis que ponga en juego al sistema capitalista, depende irremisiblemente de tres condiciones íntimamente ligadas: crecimiento económico, inclusión social y protección del medio ambiente, lo que las Naciones Unidas denominan Desarrollo Sostenible y, esos tres pilares sólo pueden ser alcanzados si los gobiernos institucionalizan la cultura de la transparencia y la equidad, es decir, una cultura contra la corrupción.

La corrupción, golpea, daña, lesiona, los cimientos del sistema capitalista, deteriora moral y materialmente la sociedad, de tal manera que infecta como cualquier epidemia a todo el cuerpo social, al punto de poner en juego su sobrevivencia, es por esto por lo que la corrupción debe ser enfrentada en todas sus formas y lugar donde se presente. Desde el punto de vista moral la corrupción se expresa en la violación a las normas sociales, éticas y jurídicas, mientras que desde el punto de vista material significa tomar como suyo los recursos materiales que son propiedad de la colectividad. La venta de droga, el homicidio, el juego de azar, la evasión de impuestos, el hurto de los bienes del Estado, la violación de la constitución y las leyes con el único objetivo de obtener beneficios particulares, son actos de corrupción.

En todo caso la corrupción es una conducta que se fundamenta en el egoísmo, y el individualismo, propio del desarrollo histórico del capitalismo contemporáneo, con mayor énfasis en el “capitalismo tardío” que predomina en los países latinoamericanos, como lo denominara el profesor Juan Bosch. Esto significa que el gran reto del capitalismo del siglo XXI, su gran enemigo que pende sobre su frente cual espada de Damocles, es el flagelo de la corrupción administrativa.

Siendo la corrupción un comportamiento, una filosofía de vida asociada al ideal de riqueza y progreso material que se promueve en las sociedades nuestras, constituye un imperativo de los países de la región de manera especial, avocarse a implementar un cambio cultural, basado en un sistema de garantías de derechos por parte del Estado, que contribuya a mejorar de manera sostenible la calidad de vida de todos sus ciudadanos, mediante la universalización de los servicios básicos propios de toda sociedad desarrollada, como el empleo, seguridad social, educación, salud, vivienda, agua potable, justicia, etc., al tiempo de producir políticas públicas que reduzcan toda forma de corrupción pública o privada, y así evitar que en el futuro continúe reproduciéndose el martirologio en el que se encuentra inmerso el expresidente de Brasil Luiz Inácio Lula da Silva.

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