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Me sentí intimidado por la “artillería pesada” de la crónica policial

Por Emiliano Reyes
Confieso ante el país que sinceramente me sentí intimidado por la “artillería pesada” de la crónica policial de la época. Eso ocurrió en los años 78-79 cuando el director del emblemático noticiario Radio Mil Informando, don Víctor Melo B., me asignó como periodista para cubrir la fuente de la Policía Nacional. Tenía referencia de parte de colegas que me decían que allí los medios de prensa asignaban a los mejores, los más hábiles, a los sabuesos, los “tíguere”, a los “duros de matar”. No creo que tuviera en esas “especies”.

En aquel lugar encontré a figuras como Ramón Velázquez (La Piña) del desaparecido periódico Última Hora, una joya como husmeador del reporterismo policial; Antolín Montás (El Guardia) del Listín Diario, al que había que “sacarle su comida aparte” (terminó siendo oficial de la Policía) Tomás Aquino, de La Noticia (creo que está activo todavía en la institución del orden) y a Ángel Valenzuela, de El Nacional, el más policía entre los periodistas.

Todos eran desde mi humilde óptica unos “verdaderos pesos pesados” de la crónica policial. Se habían ganado el “respeto” hasta de los jefes de Policía, coroneles y de expertos investigadores de crímenes y delitos. A veces incluso éstos manejaban informaciones que los propios policías desconocían y que atesoraban saber, razón por la cual acudían a ellos para informarse. ¡Increíble!

Después de estos “averiguadores” siguió una segunda oleada de “artillería pesada” de cronistas: Simón Díaz, Leo Hernandez, Julián Reyes y Negro Martínez, entre otros.

El primer día llegué, saludé y pregunté dónde estaban los reportes de noticias. Los colegas y los agentes policiales, muy cordiales todos, señalaron entre chanzas hacia una mesa larga donde estaban unos rústicos pedazos de papeles con informes de sucesos acaecidos el día anterior en todo el país.

-“Son esos, mátate tú mismo…”, me dijo Velázquez en tono jocoso mientras señalaba para la mesa. Así me inicié en lo que luego se convertiría en una rutina diaria, salpicada de declaraciones de jefes de Policía y ruedas de prensa para informar acontecimientos de la vida criminal trascendentes.

A veces el relacionador público de entonces, coronel Descartes Pérez, también convocaba a los periodistas a su oficina y nos dictaba datos que usábamos en las crónicas. Cuando estas informaciones eran impactantes, cada periodista “corría, se disparaba” a redactar y a tomar una línea telefónica para hacer sus reportes “en vivo” a sus respectivas emisoras para evitar que le dieran “un palo”. Igual hacían los reporteros de prensa escrita, especialmente de los vespertinos El Nacional, Última Hora y La Noticia.

Entre los noticiarios competían fuertemente los noticieros Radio Mil Informando, Noti-Tiempo, de Radio Comercial y Noticiario Popular, de Radio Popular. También Radio Cristal, Radio Continental, Radio HIZ y otros de no menos incidencias.

La rutina diaria de reporterismo policial marchó bien hasta que un día el coronel Pérez me reclamó que para cubrir esa fuente tenía que llevar una carta de la emisora, la cual me acredita como periodista. Los otros reporteros se extrañaron y me dijeron que a nadie se le había pedido esa acreditación. Algunos me sugirieron que siguiera haciendo mi trabajo e ignore la petición del alto oficial. Y así lo hice.

Pero resultó un error de mi parte. El coronel Pérez insistió en la aplicación de su medida y me prohibió entonces tomar notas de los resúmenes que se colocaban en la mesa. Cuando dictaba noticias a los colegas él impedía que yo estuviera presente y se aseguraba de que los otros reporteros no me traspasaran las informaciones. Expliqué la situación en la emisora y el director de Prensa, Melo B., decidió cambiarme la fuente, enviándome a cubrir en otras instituciones. En mi lugar enviaron a un extraordinario periodista y mejor cronista policial, mi eterno amigo, ido a destiempo de este mundo y del cual guardo siempre hermosos recuerdos y para el que ruego a Dios le tenga en el cielo. Me refiero con todo orgullo a Leo Hernández (La Pipigua) según lo apodó el profesor Juan Bosch.

Leo también terminó confrontando problemas con el oficial Pérez, según me relató después.

Nunca llegué a entender que hice mal que provocó esa actitud del coronel Descartes Pérez conmigo. Quise atribuir el hecho a que yo no era tan sumiso, ni tan pro policía como otros colegas. Mi espíritu de reportero novel y lo que había aprendido en las aulas de la escuela de Comunicación de la UASD, me llevaron a ser curioso y a indagar los hechos, a no conformarme con las “noticas de muerticos” que facilitaba la oficina de relaciones públicas de la policía.

En una ocasión “me sentí mal” cuando vi al coronel Pérez regatear a un pobre agricultor su pago por un trabajo que éste le hizo en su finca. El obrero agrícola reclamó un “pago justo” por la magnitud del trabajo realizado y el oficial sufragó “lo que quiso”. Amenazó entonces con trancar a este jornalero si insistía en reclamar más dinero del que se le estaba dando. Sin querer –porque estuve presente- observé la discusión sin decir ni una palabra, aunque era evidente mi malestar.

En otra oportunidad acudí a la Policía un domingo a buscar noticias. Cuando llegué estaban en el despacho del coronel Pérez los hermanos Cedano Suero, a los cuales el presidente Joaquín Balaguer había ascendido a generales mediante decreto del Poder Ejecutivo. Pérez nos presentó a los nuevos generales a un periodista de El Caribe y a mí (que era los que estábamos allí) para felicitar y reseñar el hecho realmente novedoso, llamativo: ascender a generales a dos hermanos, en un mismo decreto.

Después de un breve intercambio de palabras el coronel Pérez pidió a los generales que “nos dieran algo de dinero” para que celebremos el acontecimiento. Éstos asintieron y nos proveyeron de 500 pesos a cada uno, lo cual en esa época era buen dinero, comparado con los salarios de los periodistas.

Me resistí a aceptarlo, pero Descartes insistió. Puso el pretexto de que no deberíamos despreciar el gesto de estos hermanos. Terminé aceptando después de algunos ruegos. El otro colega lo tomó, agradeció el obsequio y se marchó raudo del lugar. Creo que para el periódico. Yo, en cambio, me quedé allí tomando notas y con quinientos pesos en mi bolsillo. Cuando los generales se fueron Descartes me mandó a buscar con uno de sus asistentes.

-“¿Y el dinero?”, me dijo. –“Está aquí”, le respondí apuntando hacia mi bolsillo. –“Y tú crees que eso es para ti solo, tienes que darme la mitad, fui yo quien lo gestioné”, expresó. Le pasé la papeleta de 500 pesos y mandó a un policía a que fuera a cambiarlo. Llamó al otro colega, pero le dijeron que este se había marchado. -“¿Cómo que se fue?”. “Alcánzalo, alcánzalo que él tiene que darme la mitad de ese dinero”. Uno de los policías le respondió: -“Coronel, ya ese hombre va lejos…”.

Cuando regresaron con el cambio, Descartes tomó 250 pesos, el policía que lo cambió cogió otra parte, el sargento y otros agentes presentes también habían engolillado otras partes del dinero. En resumen, salí del lugar con 25 pesos (de 500). Llegué a mi casa en la tardecita. Se me ocurrió hacerle la historia a mi esposa Luz Virginia, quien no se contuvo y me dijo: -“Tu si eres pariguayo…”.

Las relaciones con el coronel Pérez, un hombre joven, tez blanca, “buen mozo”, de “cabello bueno”, activo y contable; rango de coronel y una bien ganada relación con muchísimos periodistas, empeoraron con el paso de los días. Cada vez la situación era más tirante. En la emisora no me dieron la carta que él exigía porque entendían que no era necesario. Optaron mejor por sacarme de la fuente “por temor a que me pase algo”. Ocurría que a veces transité a pie el trayecto del Palacio de la Policía hasta la emisora, ubicada en un edificio de la avenida Máximo Gómez con San Martín.

-“Pero diosito es bueno”, me decía. Durante el impasse con este Todopoderoso Señor apareció un “ángel protector”, un sargento mayor de color negro asignado al departamento de relaciones públicas, el cual me facilitaba las noticias “por debajo de la mesa”. Evidentemente éste parecía tener “inquinas” con el coronel. El sargento Corsino me confió que el coronel Pérez nos daba noticias falsas o distorsionadas, llenas de alteraciones, cuando dictaba a los periodistas los hechos noticiosos que eran de su interés, o sea, nos usaba.

Tuve la suerte de que además Corsino me puso en contacto con un agente que laboraba en la central de la Policía y me suministraba vía telefónica “primicias noticiosas”, “calienticas”, sobre hechos que ocurrirían en distintas comunidades, poblados y ciudades del país.

Cuando el coronel Pérez dictaba la noticia a los colegas, éstos les decían: -“Coronel, coronel, pero ya eso lo dijo Radio Mil…”. Esto enfadaba más al oficial que estallaba exclamando: -“Entonces Radio Mil es que hace las relaciones públicas de la Policía…”.

Nunca conocimos al “informante fantasma”. Siempre rehusó recibir alguna remuneración o regalo a cambio de su servicio. En una Navidad la empresa me dijo que le contacte para hacerle un obsequio, pero no lo aceptó. De todas maneras agradecimos su colaboración, la cual condicionó a que fuera yo quien recibiera los datos, no lo permitía con ninguno de los otros colegas.

De la conducta del coronel Pérez surgieron después numerosas versiones y acusaciones, las cuales incluían supuestas extorsiones, además de que se prestaba para facilitar el narcotráfico. Una de esas narrativas le endilgan que cuando éste estaba frente al departamento de investigaciones de drogas de la Policía ordenaba apresar jóvenes de clase alta que sabía estaba “en esos asuntos”.

Cuentan que luego uno de sus asistentes llamaba a los padres de los mozalbetes apresados para pedir fuertes sumas de dinero bajo el sambenito de que si no lo entregaban, al otro día mostrarán a su vástago en rueda de prensa. Se decía que estos jóvenes eran apresados en las puertas de sus colegios, luego llevados y encerrados en una celda inmunda, aislada, del Palacio de la Policía, según las narrativas que llegaban a los periodistas. Después de un día de hambre (en un joven que no conocía de vicisitudes, venía la incertidumbre). Desde la policía llamaban a un familiar del apresado y le decían que lo presentarán al otro día en una rueda de prensa como un “narcotraficante peligroso” si a cambio no entregaban una suma de dinero.

Los padres reaccionaron alarmados por la situación de sus vástagos y salían buscar el dinero “donde fuere” para llevarlo esa misma noche y así evitar -se decía- que sus vástagos fueran sometidos al escarnio y al descrédito público. Parecía un buen negocio, pero un día, según se rumoreaba entre los periodistas, el coronel Pérez tuvo una confrontación con un oficial de la DEA, con quien se disputaba un despacho en su oficina de la Policía. Cuentan que a partir de ese momento comenzó la desgracia de este otrora poderoso oficial de la Policía.

Desde ese momento llovieron acusaciones contra el coronel Pérez. Lo ligaron a casos de narcotráfico, cosa que éste negó rotundamente, incluso frente a un tribunal policial. En una oportunidad me tocó cubrir un juicio que se le siguió a este oficial en el tribunal de la Policía, el cual se prolongó hasta muy tarde de la noche.

Llegó el momento en que el fiscal del tribunal policial acusó de manera directa al coronel Pérez de usar dinero de la Policía para alquilar “una suite de lujo” en un hotel de esta capital, la cual según decía el ministerio público, se la entregó a un reconocido narco para que operara desde la misma.

Perez reconoció la operación, pero explicó que se trató de una trampa que había tendido a los narcotraficantes. Relató que al lugar acudían reconocidos traficantes de estupefacientes, a los cuales dijo grabó en interés de identificarlos y luego apresarlos. La idea, explicó, era llegar a los cabecillas del ilícito negocio.

En tono airado, éste emplazó al tribunal a mostrar a los presentes las grabaciones que se hicieron en aquella suite pagada con los recursos de la institución policial.

-“Yo no soy ningún narcotraficante, todo lo contrario, todo el mundo sabe cómo yo he combatido ese flagelo en el país”, expresó de manera enfática. –“Todo el mundo conoce además que mis problemas han venido porque enfrenté a un oficial de la DEA, era un problema de dignidad, yo no podía permitir que un extranjero venga a darme órdenes en mi país, eso es todo, señor juez”.

Y agregó: «Con todo el respeto señor Magistrado, y para que esto se aclare de una vez y por todas, permítame solicitarle a que mande a buscar y enseñe a los presentes las cintas grabadas que tengo en la caja fuerte, en mi despacho…”.

-“Enseñemos al público esas imágenes de los “pejes gordos” que fueron filmados en plenas transacciones con cámaras ocultas. Para eso se usaron esos recursos señor Magistrado”, insistió con enfado el acusado. En eso hizo un giro de su cuerpo hacia el público y reclamó se muestre las imágenes a los periodistas.

-“Muestren las imágenes a la prensa…”, señaló con su dedo índice. En eso miró y vio que yo era el único periodista que quedaba en la sala. Yo estaba ahí, tranquilo, escuchando los pormenores de este juicio insólito. Me encontraba en ese banco del tribunal observando precisamente aquel a quien en tiempos atrás había maltratado. Los demás colegas se habían marchado. Cuando él miró y me vio, recogió apresuradamente como si fuera un resorte su dedo índice que apuntaba al público.

-“Enseñen esas imágenes, enséñenlas, para que aquí se sepa de una vez y por todas quiénes son los verdaderos narcotraficantes…», repetía de manera insistente.

-“Quiero que esto se destape y surja la verdad. Que se conozca quiénes son las “gentes de alcurnia”, las personalidades de “cuello blanco” que iban a esta suite a realizar sus transacciones”, proclamó con voz tronante el alto oficial.

El juez del tribunal reaccionó como sorprendido y de manera brusca dio un “golpetazo” con su martillo de madera, y gritó:

-“Este juicio queda suspendido hasta nuevo aviso…”.

Pasado el tiempo me encontré en un pasillo del Palacio de la Policía con el colega y amigo Simón Díaz, siendo éste entonces Relacionador Público de la institución policial. Le pedí que me ayudara a tener acceso al archivo del juicio al coronel Pérez para escribir un libro sobre ese caso que había impactado para esa época, ya que fue el primero y tal vez el único en que se involucra en asuntos de drogas a un oficial de ese nivel e importancia. Le dije a Simón que si se animaba escribiéramos la obra juntos.

Simón, un veterano, hombre bronco formado en la vida, en el periodismo y en la policía, me miró de arriba hacia abajo como si escrutara mi cuerpo y mis pensamientos, puso sus lentes sobre la nariz, frunció el ceño y de manera cortante me espetó:

-“Escríbelo tú, acaso te estás volviendo loco, tú quieres que nos maten…”. Se marchó rápidamente y a cierta distancia se detuvo y me vociferó: “¡Escríbelo tú ese libro…maldito loco!”.

Ahí se cumplió el adagio que dice: “culebra no se amarra en lazo”.

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