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¿Puede la oposición vencer al alcalde de la sombra?

Por Ramón Peralta
El alcalde fariseo que se hace pasar por pastor no es invencible, pero sabe parecerlo. Y en política, a veces, eso basta. No destaca por una administración brillante ni por una gestión ejemplar, al contrario, la opacidad administrativa y la falta de gerencia son una carta de presentación; su verdadera fortaleza está en la destreza para leer debilidades ajenas, explotarlas sin pudor y convertir la confusión en poder. Anastacio no gobierna, maniobra. No persuade, intimida. No convence, condiciona.

Es un gladiador de coliseo moderno que lucha rudo, reparte piquete en los ojos, da golpes bajos cuando el árbitro mira al palco y utiliza los recursos del Estado como si fueran parte natural de su arsenal. Peca sin culpa, miente sin rubor y castiga con una eficacia que infunde miedo incluso entre los propios regidores, convertidos más en figurantes temerosos que en representantes del pueblo.

Por eso no sorprende que los bloques del PLD y de la Fuerza del Pueblo en el Concejo Municipal no actúen como oposición. Tampoco como aliados. Actúan, más bien, como cómplices sediciosos. Porque ser aliado sería respaldar iniciativas que beneficien al municipio, y eso nunca ha estado en agenda. Lo suyo ha sido acompañar con docilidad casi enternecedora todo aquello que golpea al municipio y lastima a sus ciudadanos.

El anticristo de ese municipio nació con el instinto natural del vencedor. No se le oprime el pecho cuando llega la hora de castigar a sus enemigos internos: castiga sin temblor. Es despiadado, ajeno a toda forma de compasión. Un hombre práctico hasta la crueldad, capaz de convertirse, con tal de conservar el poder, en la encarnación más feroz de Nerón y, al mismo tiempo, predicar la bondad sosteniendo una Biblia entre las manos.

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En su partido todos lo conocen y todos le temen. Por eso celebran incluso sus pecados, los convierten en virtudes, los elevan a trofeos. Inventan rankings y lo coronan alcalde del año, no solo para ocultar sus debilidades, sino para sobrevivir a la ira de un pastor que podría devorar una ballena putrefacta mientras murmura un Padre Nuestro.

Por segundo año consecutivo aprobaron un presupuesto contrario al desarrollo local y diseñado a la medida de los intereses del alcalde. Lo hicieron después del carnaval presupuestario de 2025: partidas movidas a mitad de año, inversión recortada una y otra vez, improvisación elevada a política pública. Fue un espectáculo digno de estudio y la peor planificación municipal jamás registrada y la ejecución presupuestaria más incoherente conocida. Aun así, los concejales del PLD y de la Fuerza del Pueblo decidieron premiar el desastre con otro engendro presupuestario. Traicionaron a sus electores con una sonrisa disciplinada.

Escuchar a muchos de esos regidores en el hemiciclo produce náusea y vergüenza ajena. En cada intervención no fiscalizan: se inclinan. No cuestionan: se arrastran. No representan: se humillan. Se les oye lamer el piso por donde pasa el alcalde, con una devoción que ni siquiera exhiben los regidores del PRM, que, al menos, tienen la excusa de apoyar a un gobierno propio.

En la Fuerza del Pueblo, la historia reciente debería servir de advertencia. En la pasada campaña municipal nadie sabía quién debía ser el candidato, pero todos sabían quién no debía serlo. Aun así, un grupo de iluminados siempre hay iluminados cuando la derrota es segura, decidió imponerlo, con los resultados conocidos.

El PLD, en su momento, también jugó a la pequeña política: prefirió una senaduría ficticia, sin entusiasmo, sin pueblo y sin futuro, y sacrificó a un buen candidato en el altar de los acuerdos inútiles.

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Hoy el panorama es distinto. A diferencia de 2024, ahora se sabe temprano, quién puede y quién no puede enfrentar a Nerón municipal . Nadie puede alegar desconocimiento. Todo el mundo sabe quién tiene discurso, carácter y valentía para debatirle de frente al alcalde, y quién apenas balbucea media oración sin filo. Ganar una alcaldía desde la oposición no es asunto de un regalito de Navidad ni de vanidad personal; mucho menos de candidatos que, en el cargo que ocupan, son decorativos y mudos en los debates

La figura más popular para enfrentar al anticristo está en el PLD y marca con fuerza en las encuestas. La figura con mayor potencial de crecimiento, mayor capacidad de debate y mayor coraje político está en la Fuerza del Pueblo. Hoy, se diga lo que se diga, solo esas dos opciones tienen posibilidades reales.

El candidato del PLD goza de simpatía transversal, respeto social y una fortaleza personal ya probada en dos campañas. Su debilidad es conocida: los recursos. En un país donde los ricos no financian a otros ricos y los banqueros no apuestan a que uno de los suyos se le monte encima, su margen económico sería limitado. Aun así, su alta popularidad puede capitalizarse con una estrategia inteligente y un partido fuerte detrás, podría ganar.

El de la Fuerza del Pueblo es un orador sólido, diputado destacado, conocedor de las leyes y preparado en materia municipal. Su problema no es él: es la cúpula de su partido en el municipio, empeñada al parecer en reeditar la vergüenza del 2024 como si fuera una tradición que no puede romperse.

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Para derrotar a un alcalde que usa los recursos del Estado sin escrúpulos no se necesita un milagro, sino inteligencia política. El mejor del PLD y el mejor de la Fuerza del Pueblo tienen que sentarse, hablar con seriedad y llevar una propuesta unificada a sus partidos. Ambos tienen condiciones para vencer al alcalde que maneja los regidores como si fueran centavos en el bolsillo pequeño

El supuesto pastor solo se vuelve invencible si la Fuerza del Pueblo decide suicidarse políticamente otra vez: si por resentimientos, cuotas de grupo, botellas de whisky en Navidad o prebendas menores impone una figura de discurso pobre y ambición hueca. Si insisten en ese camino, harán el ridículo. Tal vez no con la estridencia del 2024, pero sí con la eficacia suficiente para eternizar a Leviatán en la alcaldía y, de paso, archivar cualquier aspiración futura de retorno de Leonel Fernández al poder.

El alcalde controla el relato del poder y del castigo. La oposición, si aspira a vencerlo, debe imponer uno distinto: el de la corrupción frente a la transparencia. LA fortaleza del alcalde no proviene de los logros, sino del miedo que administra y de las debilidades que explota. Cuando la oposición deja de temerle y deja de regalarle errores, el mito comienza a desmoronarse.

Mientras la oposición actúe con cálculos menores, silencios cómplices y ambiciones personales, el alcalde seguirá gobernando desde la intimidación. Para derrotarlo hay que confrontarlo con política y con argumentos, de frente y ante la gente, no esquivarlo ni aplaudirlo.

En política, las sombras solo gobiernan mientras nadie se atreve a encender la luz.

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