Por Ramón Peralta
oy es un día triste. Hoy se fue Piero De Benedictis, a los 81 años. Hoy se fue nuestro querido viejo.
Piero nació en Italia y la vida lo hizo argentino desde niño, pero en 1969 se volvió hermano de todo el que alguna vez quiso a un padre o a un abuelo. Ese año, junto al poeta José Tcherkaski, compuso «Mi viejo», y desde entonces dejó de pertenecerle a un mapa. Sin sospecharlo jamás, se había convertido en ciudadano de la memoria colectiva.
Millones le cantaron a sus padres y a sus abuelitos. Unos lo hicieron con una sonrisa de gratitud; otros, tragándose la lágrima en la sombra. Y no faltaron los que descubrieron la canción demasiado tarde, cuando el viejo al que querían dedicársela ya se había marchado. Por eso esa obra sobrevivirá: mientras haya en la tierra un hijo, un nieto o un recuerdo, la voz de Piero seguirá sonando.
Si todavía regalamos un par de medias o un pañuelo el Día de los Padres con algo de fervor, buena parte se la debemos a ese himno. Un homenaje al hombre que durante generaciones fue timón de la familia y sostén del hogar, y que crió a sus hijos junto a su compañera. Un homenaje también a ese abuelo apoyador, capaz de quitarle la correa de las manos al padre para salvar al nieto, porque había aprendido, con los años, que el amor de un nieto perdona a su manera.
A Piero no le hacía falta una voz de conservatorio. No cantaba las canciones, las masticaba, las sufría, las vivía. Su voz rasgada salía de ese rincón del alma donde la nostalgia hace nido. Escucharlo era sentir que un amigo nos contaba un secreto al oído en una noche demasiado oscura.
Hoy su muerte me remueve mis propias vivencias. De muchachito, cuando escuchaba “Mi viejo”, yo pensaba en mi abuelo. Mi padre era un hombre joven y yo estaba convencido de que le quedaba toda una vida por delante. Qué equivocado estaba.
El domingo 4 de marzo de 1979, un accidente se llevó a mi padre. Tenía apenas 44 años. Ese día perdí a mi padre y, sin darme cuenta, perdí también una canción. Desde entonces quise enterrar “Mi viejo” junto a él, porque nunca podría cantarle a mi padre viejo, a mi querido viejo, los versos de Piero.
Durante décadas me dolió demasiado escucharla. Me pesaba no haberlo visto peinar canas, no haber visto el tiempo dibujarle arrugas en el rostro, no haber tenido nunca la oportunidad de dedicársela.
Pero los años, que no devuelven nada, ni agradecen ni guardan rencor y sin embargo lo sanan casi todo, terminaron por reconciliarme con mi dolor.
Hoy me miro al espejo, a mis 62 años, y veo las canas eliminando por completo el pelo negro de mi juventud. Y sonrío. Sonrío con el orgullo dulce de haber llegado a viejo, una meta que a mi padre le fue negada. Y también lloro con una tristeza serena como se ha llevado el tesoro de mi juventud, porque entiendo que la vida es un intercambio que nos regala sabiduría y nos cobra juventud; nos permite amar y, un día, nos exige la despedida.
Por primera vez, escucho a Piero y descubro que la canción ya no habla solo de mi abuelo ni de mi padre. Habla también de mí.
Jamás olvidaré esa voz que no necesitaba ser perfecta para ser verdadera, capaz de pasar de la ternura más íntima a la furia combativa de “Para el pueblo lo que es del pueblo”. Tenía en la garganta el dolor, la rebeldía y la esperanza de toda América Latina.
Hoy, 7 de octubre, me dan ganas de cantarle desde la ducha. No para imitarlo, porque a los gigantes no se les imita, sino para despedirlo a mi manera, con mi propia desafinación.
Se fue Piero. Pero mientras exista un hijo que mire a su padre, un nieto que abrace a su abuelo o un hombre que se descubra las canas frente al espejo, Piero seguirá cantándonos al oído.
Porque después de tantos años, ya no es solamente Piero.
Es nuestro viejo. Nuestro querido viejo.
