domingo, 8 de noviembre de 2026
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«Ayuden a mi hermano»: el drama de tres hermanos en Vietnam

Re regidor Nacho denuncia las condiciones infrahumanas en que viven los hermanos Damasco y pide a las autoridades que acudan en su auxilio antes de que ocurra una tragedia.

Por  Cinthia Polanco

n la calle Nuestra Señora del Socorro número 24, en el sector Vietnam, Santo Domingo Este,  hay una vivienda que parece mantenerse en pie por pura resistencia. La rodean hierbas, hojas de zinc, palos, tubos y alambres que, más que protegerla, parecen impedir que termine de desplomarse.

Allí viven tres hermanos Damasco. Su realidad está lejos de cualquier condición digna de habitabilidad. La estructura es tan precaria que basta imaginar una lluvia fuerte para temer lo que podría ocurrirles.

Hasta ese lugar nos condujo el regidor del Partido Revolucionario Moderno (PRM), Nacho, preocupado por las condiciones en que sobreviven estos hombres y por el peligro que representa para sus vidas aquella vivienda

El concejal asegura que ha llevado el caso ante el Concejo de Regidores y ha solicitado la intervención del alcalde Dío Astacio. También ha procurado conseguir ayuda del Ministerio de la Vivienda. Sin embargo, hasta ahora, según sus declaraciones, las gestiones no han producido una solución para los hermanos.

Ni siquiera unas planchas de zinc han conseguido, pese a las solicitudes realizadas.

Una vida dedicada a cuidar a sus hermanos

Miguel Damasco, de 63 años, fue quien nos recibió. Trabaja en una pollera, donde se gana la vida pelando pollos. Con ese esfuerzo consigue los alimentos y algunos medicamentos que necesita su familia.

Su principal preocupación es mantener a sus dos hermanos, uno de ellos postrado en una cama, enfermo y ciego, mientras el otro deambula por las calles en condiciones de extrema vulnerabilidad.

Para entrar a la vivienda hay que subir unos escalones. Miguel tuvo que apoyarse y sujetarme de una mano para llegar hasta el interior.

Lo que encontramos dentro resulta difícil de describir sin detenerse a mirar cada detalle.

Aquello que llaman casa está sostenido por pedazos de madera, tubos y alambres. No se trata de una estructura segura ni de una vivienda que pueda ofrecer protección frente a la lluvia, el viento o cualquier accidente.

Es un refugio improvisado, rodeado de materiales que parecen cumplir la única función de evitar que todo se venga abajo.

Mientras recorríamos el lugar, Miguel comenzó a contar la historia de su hermano, quien permanece postrado en cama.

—Mire, mi hermano está ahí —dijo Miguel, señalando con una mano hacia el lugar donde se encontraba acostado.

Tuvimos que preguntarle dónde, porque a simple vista resultaba difícil distinguirlo entre aquel montón de materiales y objetos acumulados.

Estaba sobre un colchón colocado encima de cuatro bloques, rodeado de hojas de zinc y pedazos de madera. El reducido espacio, sin ventilación y afectado por la humedad, apenas ofrece protección contra las goteras, que intentan tapar con cualquier pedazo de plástico cuando llueve.

Una vieja hélice, que giraba con dificultad, como si estuviera a punto de dejar de funcionar, estaba atada a una madera y conectada a una maraña de cables eléctricos. Era lo único que hacía las veces de ventilador para el hombre enfermo.

Acostado en una esquina del colchón, mantenía los pies apoyados sobre sus bordes para evitar caer al suelo. Estaba boca arriba y sin camisa, vestido únicamente con unos pantalones largos para protegerse de las picaduras de los mosquitos. Apenas podía moverse, pues los escombros y materiales acumulados dejaban muy poco espacio alrededor de la cama.

En medio de aquella escena, Miguel contó que su hermano trabajó durante más de 40 años en el cementerio de San Vicente de Paúl, en Zacatecas. Después de tanto tiempo de servicio, fue despedido y, según asegura, no recibió prestaciones laborales ni seguro médico.

Ahora depende de su hermano Miguel, quien con lo poco que gana intenta conseguirle comida y medicamentos.

—Yo trabajo para mantener a mi hermano. Es lo único que tengo —expresó Miguel, con la voz entrecortada.

—Yo cocino aquí —dijo Miguel, señalando hacia lo que llamaba cocina.

Le pregunté dónde, porque frente a nosotros había un montón de maderas amontonadas y no se distinguía ninguna entrada. Miguel tuvo que caminar de lado para introducirse por una pequeña abertura, a manera de callejón. Después entré yo, porque sencillamente no cabíamos los dos al mismo tiempo.

Lo que encontramos allí también resulta deprimente. La cocina parece una bomba de tiempo: un viejo tanque de gas y una hornilla colocados uno al lado del otro, sobre un pedazo de madera. Los utensilios de cocinar y otros enseres permanecen dentro de una ponchera de las que se utilizan para lavar ropa.

¿Dónde están las instituciones que deben protegerlos?

La historia de los hermanos Damasco no es solamente la de una familia que vive en una casa deteriorada. Es también la de personas en condiciones de extrema vulnerabilidad que necesitan una respuesta de las instituciones públicas.

¿Dónde están los servicios sociales? ¿Dónde está la asistencia del Estado para ciudadanos que no pueden resolver por sí mismos sus necesidades más elementales?

La Constitución dominicana reconoce la dignidad humana y establece la protección de los derechos fundamentales. Pero para los hermanos Damasco, esos principios parecen estar muy lejos de la realidad que enfrentan cada día.

Mientras las autoridades municipales y el Ministerio de la Vivienda reciben solicitudes de intervención, tres hombres continúan expuestos a una estructura que amenaza con desplomarse.

Necesitan un techo seguro, condiciones mínimas para vivir y asistencia para un hermano enfermo que no puede valerse por sí mismo.

¿Tendrán que esperar a que ocurra una tragedia para que las autoridades actúen y vayan entonces a hacerse fotografías para la prensa?

Miguel solo tiene una petición para el presidente Luis Abinader y la primera dama, Raquel Arbaje: que ayuden a su hermano enfermo, quien permanece postrado en aquel reducido espacio y sin condiciones dignas para vivir.

—Yo no quiero nada para mí. Lo único que pido es que ayuden a mi hermano. Ya nosotros no esperamos mucho para morirnos —dijo Miguel, con una resignación que estremecía.