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Una Casa en Ruinas: El Legado Traumatizante del Gabinete Abinader.

Por Carlos Rodríguez

Las rotaciones del gabinete del presidente Luis Abinader, lejos de ser una anticipada de renovación, parece una versión acelerada del famoso dicho popular: «no se cambia de caballo a mitad del río». Con un PRM que comienza 2026 bajo la sombra de su propia mediocridad, ineptitud para administrar la cosa publica , los movimientos en el tren gubernamental son un intento desesperado de ocultar un fracaso administrativo que ya hiere profundamente a la población dominicana. La promesa de un cambio real se diluye entre nombramientos cuya principal característica es el clientelismo, traicionando la confianza de un electorado que anhela resultados tangibles.

Abinader ha marcado un punto de inflexión en su gestión, presentando estos cambios como el inicio de una nueva etapa. Sin embargo, al igual que un vehículo con un sistema de cambios defectuoso desde su fabricación, este gabinete no avanza. La población siente el impacto de decisiones mal tomadas, donde los intereses personales y las luchas internas del partido predominan sobre el bienestar colectivo, generando un ambiente de inestabilidad y desasosiego. Cada día que pasa, queda más claro que la estrategia del presidente no es otra que asegurar su futuro político y financiero, mientras sacude la responsabilidad de un gobierno que ya no sabe hacia dónde conducir a la nación.

Las palabras del profesor Juan Bosch resuenan en este contexto: «cuando comienza a cambiar el color del río, ya es tarde para el cambio». Así, nos encontramos frente a un escenario donde los cambios en el gabinete de Abinader son insuficientes para transformar una realidad marcada por la decepción y la desconexión. Las aspiraciones de quienes buscan mantener su relevancia política continúan avivando el caos, dejando a los dominicanos como meros espectadores de una obra de teatro que no se atreve a lidiar con los problemas estructurales que atormentan al país.

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La herencia de este gobierno, más que un legado de progreso, se percibe como un trauma colectivo. Cada ajuste y rotación en el tren gubernamental revela la falta de rumbo y visión, mientras los ciudadanos lidian con las secuelas de una gestión que prometió mucho y entregó poco. La esperanza de un futuro mejor se ve empañada por decisiones que cada vez parecen más distantes de las necesidades urgentes de la población, dejándonos la amarga reflexión de que, mientras el espectáculo continúa, la casa sigue en ruinas.

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