lunes, 27 de abril de 2026
Santo Domingo Este: 26°C

La era de José Veras continúa

[author title=»Por Ramón Peralta» image=»https://ciudadoriental.com/wp-content/uploads/2024/03/ramonperalta.jpg»][/author]
Cuando inauguraron el mercado de Los Mina, yo era apenas un niño de seis o siete años. Recuerdo con nitidez que en la zona virgen del terreno donde más tarde se levantaría la llamada zona C, los muchachos la habíamos convertido en estadio de tierra, un campo de béisbol improvisado donde los bates eran palos de escoba y las pelotas, a veces, eran de trapo.

En diciembre, el corazón nos latía más rápido. Año tras año llegaba una feria de juegos mecánicos que se instalaba justo allí, en ese terreno que aún olía a polvo seco y promesas sin cumplir. Los que teníamos monedas, subíamos al gusano, a los carritos chocones, a la estrella y los caballitos. Los que no, nos conformábamos con mirar desde lejos a la gran Betina, una mujer temeraria que subía a una antena de ciento cincuenta pies de altura y desde la cima, como si desafiara la voluntad de Dios, ejecutaba acrobacias imposibles que nos quitaban el aliento.

También recuerdo aquella tarde lluviosa en que se vino abajo una de las enormes Paraguas del mercado, que no era viejo entonces, sino una novedad imponente que todos mirábamos con el respeto que se le tiene a las cosas grandes. Le decían así porque eran estructuras redondas, como sombrillas gigantes, con una sola columna en el centro sosteniendo el techo. Dicen que fue el agua acumulada lo que la hizo ceder, pero a mí me pareció que el cielo, harto de nuestras improvisaciones, decidió caernos encima. El estruendo fue tan seco y repentino, que muchos juraron haber sentido cómo el mercado se estremecía como si tuviera alma.

No recuerdo si hubo muertos. Sé que hubo heridos, gritos desgarrados y un silencio espeso que se quedó rondando durante semanas.

Fue la noticia de la época, envuelta en leyendas que todavía sobreviven entre murmullos de colmado y recuerdos fragmentados. Pero lo más extraño o quizás lo más justo fue que medio siglo más tarde se repitió la historia, como si el destino quisiera cerrar el círculo: el techo del Jet Set se vino abajo sin previo aviso, y esta vez no hubo duda ni olvido posible, porque más de 230 personas quedaron atrapadas bajo los escombros de un monumento a la negligencia. Desde entonces, cada vez que llueve con furia, no puedo evitar pensar que algunas estructuras no se caen por viejas, sino porque nacen marcadas por la tragedia

Mi madre me llevaba cada sábado. Caminábamos juntos al mercado para aprovechar los precios bajos del Mercado de Productores, que se instalaba una vez por semana en la parte oeste. Aún tengo grabado en la memoria ese lugar infame, pero legendario, conocido como La Vuelta del C…, una barra de bebidas alcohólicas donde las noches se deshacían entre ron barato y caricias compradas. Se decía y lo decían con voz baja, como quien cuenta un pecado que algunas mujeres que servían allí también ejercían el oficio más antiguo de la humanidad. Buscaban hombres cansados de la vida y los llevaban al Hotel Atlántico o al América Central, según lo permitieran las ganas o el bolsillo. Las menos agraciadas, esas que entonces llamaban “huérfanas de belleza e inocentes de gracia”, se conformaban con los hombres más pobres, los que no eran deseados por nadie, y se iban con ellos al Muñeco, un hotelito de menor categoría, donde las chinches y los piojos daban la bienvenida con su propia orquesta de picazón.

Así era el mercado: de día, centro de abastos y vida; de noche, guarida de pasiones y derrotas. Mientras tanto, en el lado este, los jóvenes veían cómo las casillas nuevas y la instalación de un transfer de basura les robaban su campo de juego, el mismo que antes albergaba la feria mecánica. La basura de todo Los Mina llegaba allí, y con ella se fueron los días felices, arrastrados bajo la sindicatura de un tal Franco Badía, que dejó más sombras que luces.

Crecí escuchando que los mercaderes eran la clase más ingrata y peor educada de la humanidad. Pero un día, bajo el mandato del síndico Juan de los Santos, fui designado administrador de ese mismo mercado. Y todo cambió.

Allí me esperaban Edito Ulerio, Manuel García Sarita al que todos llamaban Manolo , Gali el dueño de una surtidora que alguno decían que de noche se convertía en vacá, Orlando, Julián, Cándido, José Veras, Manuel del Orbe, Abel, Celeste, Vallejuelo el hombre que asesoraba con sabiduría de Sanjuanero a los comerciantes del mercado y muchos otros. Todos me enseñaron que estaba entrando a un mundo de trabajadores honestos, hombres y mujeres que se levantaban antes de las cuatro de la mañana para ganarse el pan con dignidad.

A esa hora, entre las cuatro y las ocho de la mañana, el mercado respiraba su mayor caudal de vida y dinero. Era una economía subterránea pero vibrante, que sostenía a más de dieciséis mil familias, desde los vendedores hasta los pequeños comerciantes que se abastecían para sus frituras, comedores, restaurantes y negocios improvisados.

En aquel tiempo, me reuní decenas de veces con Manolo, presidente de la asociación, y con José Veras, su secretario general. Con el tiempo, Manolo se fue retirando, concentrado en otros negocios, y José Veras asumió la presidencia.

Y ahí empezó la era.

José Veras no solo presidió, sino que luchó, defendió y dio alma al mercado. Fue y sigue siendo un símbolo de resistencia, un defensor no solo de los comerciantes, sino también de la población que aún encuentra allí alimentos a precios justos. Con la llegada del nuevo alcalde, muchos creyeron que la era Veras terminaría. Pero él, lejos de aferrarse al poder, optó por convertirse en árbitro, en custodio del legado. Su pasión, más que un cargo, es el mercado mismo.

En las recientes elecciones de la asociación de comerciantes, resultó electo Jairo de los Santos, un joven con empuje, que enfrentó con gallardía a un comerciante de gran calidad humana: Abel Brito Collaso. Pero esta no fue una batalla, sino una transición. Porque con la elección de Jairo, la era de José Veras no terminó: se agigantó.

El gladiador prefirió no dividir, sino fortalecer; no dominar, sino acompañar. José Veras quiere que Jairo logre cosas nuevas, que el mercado no retroceda, sino que avance.

Y Abel, generoso, colaborará con el nuevo presidente. Porque, aunque cueste creerlo, el mercado de Los Mina es una familia: se pelean entre ellos, sí, pero cuando llega una amenaza de fuera, se abrazan como hermanos.

Felicidades al nuevo presidente. Y mi más profundo reconocimiento a ese hombre que sigue de pie como un roble en la memoria de todos: José Veras. Por hombres como él, todavía sobrevive el mercado de Los Mina.