viernes, 8 de mayo de 2026
Santo Domingo Este: 31°C

El día que la experiencia se negó a ser jubilada

Por Ramón Peralta
ules, la dueña de la empresa, es una joven de éxito vertiginoso, acepta a regañadientes incorporar pasantes de la tercera edad a su equipo. Para su fortuna o su desventura le corresponde como ayudante el mayor de todos, que es Ben, un hombre viudo de setenta años que carga con el estoicismo de quien ya no tiene nada que demostrar. Ella le advierte, con una franqueza que roza la crueldad, sobre todas las dificultades que habrá de enfrentar trabajando a su lado, y lo anima a escoger otro departamento. Pero el pasante prefiere aceptar el desafío de permanecer cerca de esa joven arrogante. Quizás deseaba sentirse útil otra vez, o quizás quería probar que aún podía resolver cualquier crisis, tal como lo haría un buen asesor político que llega en medio de una campaña exitosa que empieza a dar señales de agotamiento y cuyo candidato necesita ser relanzado con urgencia.

Este análisis sobre la magnífica película protagonizada por Robert De Niro y Anne Hathaway no busca revelar el desenlace de la película, sino explorar cómo una comedia de drama ligero puede convertirse en material de estrategia electoral. Pasante de moda (The Intern) es un caso fascinante porque, a diferencia de otras historias de poder que suelen ser oscuras y cargadas de traición, esta muestra una política de estabilización y legitimidad. Bajo la superficie brillante de una empresa de moda late una narrativa de gobernanza en tiempos de crisis que se manifiesta, en primer lugar, a través del choque de legitimidades. Mientras Jules representa el poder emergente, disruptivo y tecnológico, pero frágil en su estructura, Ben encarna la legitimidad institucional forjada en décadas de trabajo en una corporación tradicional. Es el equivalente a un gobierno joven y revolucionario que tiene las ideas, pero no sabe navegar la burocracia del Estado; Ben no llega a arrebatarle el poder, sino a ofrecerle la base institucional que a ella le falta.

En este proceso se produce una transformación sigilosa, Ben pasa de ser un pasante corriente a convertirse en asesor estratégico de primer nivel. Aunque comienza como un actor irrelevante en el organigrama, pronto se vuelve el consejero más cercano a la presidenta, valiéndose del poder blando con la maestría de quien sabe que la influencia real nunca necesita vociferar. Sin dar órdenes, moldea las decisiones más críticas como la contratación de un nuevo CEO, actuando como esa figura experimentada que calma la ansiedad del líder y filtra la información con discreción quirúrgica. Esta dinámica nos conduce al núcleo del conflicto y la soberanía en disputa. La presión de los inversionistas para contratar un CEO externo es, en esencia, una reflexión sobre la pérdida de autonomía frente a los poderes fácticos. La lucha de Jules es la lucha que todo líder lleva a cabo por preservar el control de su propio Estado frente a quienes desean imponer un administrador profesional por desconfianza en su mando.

La película aborda también la crisis personal como debilidad política crítica. Cuando Jules descubre la infidelidad de su esposo y contempla renunciar a su poder para salvar su matrimonio, queda expuesto el costo humano de la alta política en toda su crudeza. El líder se enfrenta entonces a la disyuntiva de sacrificar su visión por la estabilidad privada. Sin embargo, la narrativa sugiere con firmeza que el líder no debe inmolarse por una causa perdida, pues su identidad está intrínsecamente ligada a su capacidad de mando. Todo esto se sostiene gracias a la micropolítica del orden que Ben domina a la perfección y sabe leer a las personas, arreglar un escritorio caótico, entender cuándo hablar y, sobre todo, cuándo callar. Es una lección magistral de gestión de gabinete donde el control de los pequeños detalles y el cultivo de las relaciones humanas permiten que la estructura funcione más allá de cualquier algoritmo.

En definitiva, Ben puede compararse con esos hombres de Estado que regresan del retiro para estabilizar transiciones difíciles. No codicia el puesto del líder; busca el equilibrio del sistema. Esta obra enseña con una simpatía poco común cómo se gestionan las crisis de liderazgo cuando el conflicto familiar interfiere en la vida del candidato. Ben actúa como el asesor externo que evita el colapso, aportando su veteranía mientras permite que los jóvenes lo guíen por el ecosistema vertiginoso de las redes sociales. La gran enseñanza es que los equipos de campaña no pueden desechar la experiencia como si fuera un traje pasado de moda.

Este escenario evoca lo sucedido en la campaña de Hillary Clinton en 2016, cuando los jóvenes estrategas ignoraron al a Bill Clinton por considerarlo anacrónico. No escucharon a quien insistía en prestar más atención a Ohio y Pensilvania, en multiplicar las visitas a estados clave como Wisconsin o Michigan; lo apartaron olvidando que él había ganado elecciones improbables y había sobrevivido a crisis profundas. A diferencia de aquel desenlace histórico que aún duele a los demócratas, Pasante de moda demuestra que, cuando la experiencia y la innovación finalmente se encuentran y se reconocen, el resultado conduce de manera ineludible a la ruta del éxito.