
Por German Ramirez
ay momentos en la historia de los pueblos que marcan un antes y un después. Momentos que cambian la manera en que una comunidad se ve a sí misma y la forma en que los demás la perciben.
Para los dominicanos en Estados Unidos, uno de esos momentos ocurrió cuando un inmigrante dominicano llamado Guillermo Linares, junto a un grupo extraordinario de líderes comunitarios, rompió una barrera que parecía imposible y se convirtió en el primer dominicano electo para una posición pública en la ciudad de Nueva York.
Entre aquellos pioneros se encontraban dirigentes como el Dr. Lantigua, Eddy Silverio, Milagros Batista, Roberto Lizardo, Moises Perez. Tambien un activista llamado Adriano Espaillat, entre muchos otros que dedicaron años de trabajo a una causa que parecía inalcanzable.
Para mí, aquella fue mi primera experiencia como activista político en Nueva York. No hablaba inglés, no era ciudadano norteamericano y apenas comenzaba a comprender la magnitud de lo que estábamos construyendo. Sin saberlo, participábamos en el génesis de lo que hoy es una de las comunidades inmigrantes con mayor influencia política en los Estados Unidos.
Quizás para las nuevas generaciones esto parezca algo normal. Hoy estamos acostumbrados a ver dominicanos ocupando posiciones importantes en la política, los negocios, los deportes y la cultura. Pero a principios de los años noventa nuestra comunidad apenas comenzaba a hacerse visible.
Éramos los trabajadores de las fábricas, los taxistas, los empleados que limpiaban hospitales durante la madrugada, los dueños de pequeñas bodegas y los que trabajaban dobles turnos para enviar dinero a sus familias en República Dominicana. Éramos una comunidad trabajadora, orgullosa y resiliente, pero con muy poca representación en los espacios donde se tomaban las decisiones.
La elección de Guillermo Linares cambió esa historia.
Aquella victoria no fue solamente un triunfo personal. Fue la demostración de que los dominicanos podían organizarse, participar y ganar.
Fue el inicio de una cruzada que todavía continúa.
Tres décadas después, los resultados son extraordinarios. Y vienen mas!
Los dominicanos hemos pasado de ser una comunidad inmigrante a convertirnos en una de las fuerzas políticas latinas más importantes de Estados Unidos. Y gracias a nuestra doble participación democrática, también seguimos siendo una fuerza influyente en la vida política y social de nuestra amada República Dominicana.
Hoy contamos con alcaldes, concejales, legisladores estatales, jueces, fiscales, funcionarios municipales y representantes electos en numerosos estados del país.
Incluso, el amigo Tom Perez fue Presidente del partido Democrata a nivel nacional. Hasta ahi hemos llegados, y debemos llegar mas lejos.
Se estima que ya existen más de cincuenta funcionarios electos de origen dominicano en Estados Unidos.
El camino no ha sido fácil. El poder nunca se regala. Cada espacio conquistado ha requerido trabajo, organización y perseverancia. Ahora bien, precisamente por eso no podemos detenernos. Nuestra generación tiene la responsabilidad de seguir abriendo puertas para las generaciones futuras.
Nada de esto ocurrió por accidente.
Fue el resultado del sacrificio de generaciones enteras.
Fue el resultado de madres y padres que trabajaron sin descanso para que sus hijos pudieran estudiar.
Fue el resultado de líderes comunitarios que dedicaron años de sus vidas a organizar vecindarios, asociaciones y movimientos sociales.
Fue el resultado de una comunidad que nunca ha olvidado sus raíces. Que cada dia, a pesar de las distancia, se acerca mas a su madre patria.
Por eso somos una de las comunidades inmigrantes más conectadas con su país de origen.
Y precisamente por eso, las primarias demócratas de este 23 de junio tienen una importancia que va mucho más allá de una simple elección.
El 23 de junio nos jugamos parte del futuro político de nuestra comunidad en los Estados Unidos y la capacidad de seguir fortaleciendo los vínculos que durante décadas hemos construido con nuestra República Dominicana.
No estamos hablando solamente de uno o dos escaños más en el Congreso de los Estados Unidos.
Ya tenemos a Adriano que se esta reeligiendo. Tenemos a Analilia Mejia en New Jersey. Necesitamos que también Antonio Reynoso gane en Brooklyn. No podemos conformarnos con menos. Mereces mas que eso.
Estamos hablando de la continuidad de una conquista histórica.
Cuando Adriano Espaillat llegó al Congreso federal hizo historia para los dominicanos y para todos los inmigrantes que alguna vez pensaron que los grandes espacios de poder estaban reservados para otros.
Así como Guillermo Linares abrió las puertas en el Concejo Municipal, Adriano abrió las puertas del Congreso de los Estados Unidos.
Por ejemplo, años después de Linares, Antonio Reynoso se convirtió en el primer dominicano en presidir el Condado de Brooklyn, una de las posiciones políticas más importantes de la ciudad de Nueva York.
Cada uno de estos triunfos ha representado un nuevo escalón para nuestra comunidad.
Estas elecciones fueron una señal de que los dominicanos habían alcanzado un nuevo nivel de madurez política.
Pero lo más importante no fue la victoria.
Lo más importante fue lo que ocurrió después.
Durante estos años en el congreso, Adriano Espaillat se convirtió en un referente para líderes dominicanos de distintos estados. Inspiró candidaturas, apoyó nuevos liderazgos y ayudó a proyectar la presencia dominicana en escenarios donde antes no existía representación.
He tenido la oportunidad de acompañarlo en diferentes estados y ciudades de Nueva York, observando de cerca algo que me llena de orgullo: el extraordinario crecimiento político de nuestra comunidad.
He visto dominicanos ganar posiciones donde hace apenas una generación nadie imaginaba que tendríamos influencia política.
He visto cómo una victoria dominicana en Nueva York inspira a otro dominicano en Lawrence, Pensilvania, Massachusetts, Nueva Jersey o Rhode Island. Porque cuando salimos a votar, ganamos!
He visto cómo la semilla sembrada hace décadas sigue dando frutos en nuevos liderazgos dominicanos que continúan emergiendo a lo largo de todo Estados Unidos.
He visto cómo una representación dominicana fuerte en Washington ayuda a que la voz de nuestra comunidad y de nuestro país sea escuchada en escenarios nacionales e internacionales.
He visto cómo se construye una red de liderazgo que trasciende fronteras.
Por eso estas elecciones son tan importantes.
Porque tenemos la oportunidad de mantener una voz dominicana experimentada en el Congreso y, al mismo tiempo, abrir la posibilidad de sumar una nueva representación con Antonio Reynoso.
Imaginen por un momento lo que eso significaría para nuestra comunidad.
No estamos hablando únicamente de posiciones políticas.
Estamos hablando de liderazgo.
Estamos hablando de representación.
Estamos hablando de inspiración para las próximas generaciones.
Estamos hablando de demostrar que el esfuerzo de nuestros padres y abuelos sigue produciendo resultados.
Por eso considero que estamos ante una de las elecciones más importantes para nuestra comunidad en las últimas décadas.
No podemos quedarnos de brazos cruzados.
Debemos votar.
Y quienes no voten en esos distritos pueden colaborar como voluntarios, hacer llamadas, tocar puertas, motivar familiares y amigos o participar en actividades comunitarias.
La historia nos llama.
Y no podemos permitir que páginas tan importantes de nuestra historia se escriban sin nuestros nombres.
Porque la representación política no se mide únicamente por los votos obtenidos en un distrito.
También se mide por la capacidad de abrir puertas para otros.
También se mide por la capacidad de defender los intereses de una comunidad.
También se mide por la capacidad de mantener una voz dominicana presente en los espacios donde se toman decisiones que afectan a millones de personas y a decenas de países.
Y aquí es donde entra un elemento que muchas veces olvidamos.
Los dominicanos tenemos algo que pocas comunidades migrantes poseen.
Tenemos lo que yo llamo el doble poder del voto.
Una visión que comenzó a fortalecerse con la lucha por la doble nacionalidad impulsada por el doctor José Francisco Peña Gómez.
Participamos en la vida democrática de Estados Unidos.
Y también participamos en la vida democrática de República Dominicana.
Votamos aquí.
Y votamos allá.
Elegimos representantes en Estados Unidos.
Y elegimos autoridades en nuestro país.
Tenemos influencia política en dos democracias.
Tenemos familiares en Nueva York y en Santo Domingo.
En El Bronx y en Santiago.
En Brooklyn y en San Cristóbal.
En Manhattan y en Los Mina.
Lo que ocurre en una orilla del mar afecta a la otra.
Por eso cada vez que un dominicano conquista una posición de liderazgo en Estados Unidos, toda nuestra nación se fortalece.
Y ese orgullo no es exclusivo de la política.
Lo vemos cuando Karl-Anthony Towns habla de República Dominicana ante el mundo.
Lo vimos cuando Félix Sánchez levantó nuestra bandera en lo más alto del olimpismo.
Lo vemos cuando un artista triunfa internacionalmente.
Lo vemos cuando un empresario dominicano crea empleos.
Lo vemos cuando un estudiante dominicano se gradúa con honores.
Porque ser dominicano no es solamente una nacionalidad.
Es una identidad.
Es una cultura.
Es una gran familia.
Es una forma de entender la vida desde el trabajo, el sacrificio y la superación.
Por eso la comunidad dominicana de Nueva York ha construido su poder político desde valores muy claros.
Desde el esfuerzo.
Desde la fe.
Desde la familia.
Desde el trabajo honrado.
Desde el deseo de dejar un mejor futuro a las próximas generaciones.
Y precisamente por eso debemos comprender lo que está en juego.
La historia demuestra que ningún pueblo mantiene su influencia política de manera automática.
Los espacios conquistados pueden crecer.
Pero también pueden perderse. Esto no podemos permitirlo.
La representación no es permanente, porque es una alma viva.
Hay que defenderla.
Hay que fortalecerla.
Hay que ampliarla.
El 23 de junio no se trata únicamente de elegir candidatos.
Se trata de decidir si seguiremos avanzando como comunidad.
Se trata de proteger una historia construida durante décadas.
Se trata de honrar a quienes llegaron con una maleta llena de sueños y ayudaron a abrir el camino.
Hace treinta años luchábamos por ser vistos.
Hace veinte años luchábamos por ser escuchados.
Hoy tenemos la capacidad de influir en decisiones nacionales y de ocupar espacios de poder que antes parecían inalcanzables.
Esa conquista merece ser defendida.
Porque el orgullo dominicano no consiste solamente en exhibir una bandera.
El orgullo dominicano también consiste en participar.
En involucrarse.
En construir.
Y, cuando llega el momento, en VOTAR.
Porque cada voto dominicano es un homenaje a nuestra gente.
Y cada elección es una oportunidad para escribir el próximo capítulo de una de las historias de superación más extraordinarias que ha conocido los inmigrantes de latinoamericana.
De manera que, usemaos nuestro doble poder y votemos con orgullo!!!
