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El costo de la impunidad para un país

Por Dío Astacio / Primera Parte.
 “La vara y la reprensión dan sabiduría, pero el niño consentido avergüenza a su madre”.  Proverbio 29.15

Esparta era una de las ciudades Estado de la antigua Grecia, que tuvo uno de los imperios más poderosos y de mayor éxito 400 años antes de Cristo.   Distinto a lo que muchos piensan, su mayor virtud no fue su capacidad militar,  fue su sistema de justicia.  Todo funcionario público espartano era sometido a un juicio político desde que terminaba su mandato, donde tenía que demostrar su inocencia.  NO solo era imposible la impunidad, había que demostrar su absoluta pulcritud en el manejo de los recursos públicos.

La República Dominicana es considerada un país del tercer mundo, una república bananera y una dictadura blanda, como dicen los americanos.    La razón fundamental de esto está profundamente ligada al sistema de justicia.   Sin justicia no hay desarrollo.  Según la Organización de Transparencia Internacional, nuestro país ocupa la posición 120 en el ranking de los 176 países con índice de Percepción de la Corrupción Mundial (IPC), en donde de 100 puntos nos hemos quemado con 31 puntos.  Queremos tener estudiantes eficientes, pero tenemos un país que se quema en todas las pruebas internacionales, incluyendo la de PISA, donde obtuvimos el 5to lugar  entre los más bajos de 76 países.  

El fiscal de la ciudad de New York, Eric Schneiderman, afirmó que el presidente del país más poderoso del mundo no está por encima de la constitución, como una advertencia al presidente Donald Trump.  Algo similar sucedió con el juez federal de Seattle, James Robart, quien concedió una orden judicial a petición de los estados de Washington y Minnesota con validez a nivel nacional, bloqueando el cumplimiento de la orden ejecutiva del presidente norteamericano restringiendo la entrada de ciudadanos de 7 países de mayoría musulmana al territorio estadounidense.  Independientemente de que estemos o no de acuerdo con la posición de fondo de estos funcionarios judiciales, con lo que sí debemos estar de acuerdo es con el sistema de justicia que coloca la ley por encima de los funcionarios sin importar su nivel. La impunidad no tiene cabida en ningún país desarrollado y esto no tiene que ver solo con la ley, porque en todos los países hay leyes.  Esto tiene que ver con el pueblo que exige a cualquier funcionario que  renuncie pues es un pacto de honor como el Harakiri japonés.  La renuncia es el mínimo de honor que las sociedades desarrolladas exigen a sus funcionarios sorprendidos en hechos dolosos.  

La República Dominicana es un país que llama al desorden, al crimen, al caos.  NO es posible establecer normas generales cuando el pueblo no exige a sus funcionarios corruptos la renuncia, no importa de quién se trate o de qué línea partidaria.  Si usted analiza, en los últimos 25 años de la vida política de este país no nos hemos dado el gusto de ver a funcionarios renunciar, salvo honrosas excepciones, como la de el Dr. Elías Wessin Chavez, quien renunció del cargo en Bienes Nacionales para someterse a la justicia. Independiente de los que usted entienda debemos admitir que el funcionario renunció y que se colocó en manos del órgano correspondiente.

¿Cuáles son las consecuencias de la impunidad?

El descontento del pueblo. Un pueblo que no se le aplica justicia es un pueblo que no está feliz, porque lo único que trae felicidad al ser humano es la justicia.  Duarte lo dijo de la siguiente forma: “Sed justo, lo primero, si queréis ser felices”.   

Violencia.  Nada produce tanta ira como la injusticia.  La muerte de los dos locutores en San Pedro de Macorís tiene que ver con la impotencia de alguien por haber sido tratado con injusticia. Sin embargo, este sentido de injusticia se traduce a toda la población.  De la misma manera, un niño se pone violento cuando tiene unos padres  que  le abusan, una sociedad se pone violenta cuando sus funcionarios actúan depravadamente.  El desbordamiento de las odas francesas fue bastante influenciado por una María Antonieta que vivía en un mundo petulante y de extravagancias a pesar de la crisis por la que el pueblo pasaba; se dice que cuando escuchó que el pueblo gritaba por falta de pan, ella contestó: “que coman pasteles” y que empolvaba con harina sus pelucas, dando origen a uno de los momentos más violentos que vivió el mundo.
No podemos esperar que en nuestra RD no haya violencia, pues ante la indignación de ver que familias son consumidas por un cáncer, nuestro sistema de seguridad social ha secuestrado la salud de nuestro pueblo, mientras hace rico a algunos y juega con la vida  de otros, algo bien expresado en la reciente película de Ángel Muñiz “¡Y a Dios que me perdone!”.  Ciertamente es una fotografía de la sociedad violenta en la que vivimos.

Inactividad y vagancia.  Nadie en este país quiere entregarse a fondo en el ejercicio de sus funciones, empezando por los policías y militares, ¿o acaso es fácil cuidar a un funcionario que sale con su amante y gasta en una cena en un restaurante lo que él no se gana en dos meses de trabajo?  ¿Acaso quieren cumplir con sus labores los encargados departamentales que tienen que cubrir largas horas de trabajo y ganan menos que alguna afortunada voluptuosa amiga de un ministro?  No tener sentido de justicia hace que aquellos que quieren trabajar pierdan el ánimo.  Esa es la diferencia entre lo privado  y lo público, el pago conforme a las competencias y  la sanción a quien no hace lo correcto.  En todas las instituciones privadas es intolerable una falta económica, todo aquel que distrae un centavo de una empresa privada tendrá que pagar las consecuencias y esto hace que las empresas sean eficientes.  Que nuestras instituciones públicas sean funcionales sería un milagro.  Pedir a los médicos que se maten para dar lo mejor por la salud, a los profesores que den lo mejor por la educación, a los policías que den lo mejor por la seguridad debemos entender su displicencia.  La corrupción también llega a los bajos niveles, porque el camillero de un hospital  cobra para conseguir una camilla a un herido de muerte, la enfermera hace lo que quiere y puede, y los médicos te hablan como que te están haciendo un favor, lo que realmente así es dada las condiciones en la que se desenvuelven, lo penoso es que ni ellos ni nadie tendrán consecuencias por no hacer su trabajo.

Pérdidas millonarias.  En conversación con una amigo que entraba a dirigir un hospital público del nuevo modelo de salud me confesó que una planta eléctrica no era encendida porque le faltaba una pieza que costaba cien pesos, que equipos sofisticados que les costaron millones al Estado dominicano no encienden por falta de tarjetas eléctricas que se consiguen por centavos o que un técnico de tercera categoría puede  resolver.  Las pérdidas en nuestro Estado son millonarias, en todos los órdenes, pues donde quiera que falta la fiscalización, el control, el seguimiento, lo único que puede primar es la destrucción.   Pepín Corripio suele decir que:  “El destino de una empresa que no tiene buena gerencia es la quiebra”.   Lo penoso de todo eso es que ese dinero que perdemos lo necesitamos para tener mejores condiciones, para la compra de medicinas, para el pago de los alquileres, ya que se dejan meses a los dueños de locales sin el pago.
 
En conclusión, Leonardo Da Vinci dijo, “El que no castiga el mal, manda que se haga”.  Si la sociedad dominicana se hace de la vista gorda ante lo que hacen sus funcionarios, si los hombres honestos de este país le dan la espalda a lo que está pasando, si las iglesias en lugar de ser la sal de la tierra se convierten en la confidente de los corruptos, si la prensa en lugar de ser crítica y agresiva exigiendo a los políticos que muestren su transparencia se convierte en una defensora del gobierno que le pide al pueblo que muestre sus pruebas de corrupción, entonces estamos al borde del colapso, y la patria, como dijo monseñor Ozoria, está viviendo momentos de oscuridad.

No hay un solo preso de importancia que al menos esté siendo juzgado con carácter, no hay un funcionario que haya renunciado de su puesto ni de sus funciones en el partido.  Estamos ante un verdadero libertinaje nacional, por lo que el gobierno no tiene moral ni para meter al delincuente común a la cárcel, no tiene moral para cerrar establecimientos por no pagar impuestos, porque no produce ningún deseo pagar impuestos en un país donde los impuestos no se saben dónde van a parar.

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