miércoles, 19 de agosto de 2026
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De los aguateros y sus recuerdos

Por Juan Cruz Trifolio
Sociólogo – Comunicador Dominicano
triffolio@gmail.com


ara aquellos años en que el servicio de agua de consumo humano no se realizaba a través del sistema de tubería existía en diversos centros poblados del país, principalmente en la región del Cibao, un sector poblacional vinculado a la distribución y la comercialización con una notoriedad singularidad.

Se trata de los servidores comunitarios conocidos como “los aguateros”, quienes realizaban su valiosa labor utilizando, fundamentalmente, varios burros y, en ocasiones, caballos y mulos, definido como “recuas”, además de “botellones en canastos, latas, higueros y bidones, ubicados en cajas de madera, colgando en cada lado del cuerpo del animal que servía de medio de transporte”.

En el caso de Santiago de los Caballeros, durante las últimas décadas del siglo XIX y el inicio del XX, testimonios dan cuenta que el aprovisionamiento del agua respondía a un procedimiento artesanal y que era aprovechada directamente del río Yaque del Norte.

Se destaca que el señalado líquido era acarreado “a lomos de mulos, asnos y carretas” y el almacenamiento se hacía en tinajas y tanques que conservaban el agua, “sirviendo como también los aljibes y pozos como reservorios”.

Sobre la manera peculiar en cómo los llamados “aguateros” desarrollaban cotidianamente su trabajo la acuciosa historiadora, Cármen Durán, registra la narración del ciudadano Pedro R. Batista, la cual resaltamos a continuación.

“…centenares de mozos ejercían el oficio de cargador de agua. Usaban burros aperados con canastos para 4 bidones, de 3 a 4 galones cada uno, bien tapados (…) el agua también se expendía en barricas, adaptadas a las carretas y tiradas por tres mulos (…) los cargadores de agua no bajaban de 100 (…) un viaje de agua de 4 bidones costaba cuatro centavos (…) al agua de la policía, al recaudador, había que pagarle 5 centavos”.

Con el discurrir del tiempo y la proliferación de personas dedicadas al negocio en referencia, por las calles y callejuelas del Primer Santiago de América, surgió la imposición de un impuesto por medio del cual “se debía proveer de una placa de metal a los burros sin las que no se les permitía a sus dueños el tránsito y acarreo de agua”.

Sobre esta curiosa disposición hay quienes afirman que “los jumentos tuvieran placas primero que los escasos automóviles existentes en Santiago”.

Vale destacar que el oficio abordado en estos párrafos, teniendo como escenario el principal centro poblado de la región Norte del país, alcanzó su mayor vigencia hasta 1905 cuando se construyó el primer atisbo de acueducto en Santiago -sirviendo el agua por tubería-, aunque con algunas limitaciones.

La valiosa iniciativa la asumió la empresa Casa Azul de Pedro Redondo y Enrique Pastoriza, ubicada en la intersección de las calles Comercio y Barranca, disponiendo de baños públicos (duchas y regaderas).

Existen quienes aseguran que el entonces novedoso servicio dejó de funcionar por problemas relacionados con las condiciones del suministro.

Quizás como cierre de estas evocaciones resulte interesante puntualizar que, en la comunidad de Salcedo, hoy La Flor de la Patria, a finales del siglo XIX y hasta la mitad del XX, el oficio de transportar y vender agua presentó características similares a lo ocurrido en Santiago de los Caballeros.

Para entonces, existía una cantidad considerable de aljibes o pozos de donde se extraía el demandado líquido, usando un cántaro atado a una polea, en algunos de los patios de las residencias de familias de nivel económico significativo vinculadas al aludido desempeño.

Tal fue el caso del núcleo familiar del señor Pascasio Toribio -Paquito- y su señora Lalita, ciudadano estigmatizado como “uno de los hombres más acaudalados del terruño salcedense”.

Algo similar ocurrió con el emprendedor Luis María Florentino Alba, mejor conocido como Luis Tutú, quien además de ser propietario de varios reservorios de agua, era el dueño de una importante ebanistería, especializada en la fabricación de ataúdes.

Don Luis, es el padre del doctor Manuel Antonio Tejada Florentino, primer cardiólogo titulado del país, aguerrido antitrujillista, además de digno y ejemplarizante hijo de la otrora comunidad de Juana Nunez, a quien, en ocasiones, a juicio de varios de sus compueblanos, se le vio desempeñar la labor de “aguatero”.

Finalmente, al hacer referencia a los más reconocidos e inolvidables salcedenses que desempeñaron tan noble oficio, descendientes de familias laboriosas y modestas, se recuerda a Ramon Emilio y su popular cuñado Totoño Núñez, quienes con frecuencia transitaban por las calles del poblado cibaeño arriando “sus recuas de burros”, cargando agua o distribuyendo arena, -fueron “areneros”, material extraído del legendario y hoy agotado río Juan Núñez para ser empleado en la construcción de algunas viviendas.

Jamás olvidaremos cómo evitaban el desperdicio del agua al caminar de los burros, cubriendo el hoyo del higuero con un pedazo de tuza de maíz o parches de tela húmedos.

Asimismo, llamaba la atención cuando para igual propósito -evitar el desperdicio-, introducían hojas de guayaba y limón en los bidones y latas abiertas que servían de envases en el transporte del importante líquido.

Eran tiempos y oficios diferentes que desnudaban una realidad socioeconómica distinta.

Definitivamente, es una ineludible invitación que nos conduce a recordar para vivir.