martes, 6 de octubre de 2026
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El 50% + 1 y el Mercado Electoral

Una reflexión sobre la segunda vuelta y sus consecuencias políticas

Por José Amado Núñez Grullón

ienso yo que ha llegado el momento de abrir un debate serio sobre nuestro sistema electoral.

¿Es realmente necesario que un candidato presidencial obtenga el 50% + 1 de los votos para ser elegido? ¿O debería ser suficiente con obtener la mayor cantidad de votos en una única vuelta?

No planteo estas preguntas desde la teoría política, sino desde una preocupación que considero legítima: ¿qué efectos ha producido la segunda vuelta en nuestra democracia?

El sistema del 50% + 1 establece que, si ningún candidato alcanza esa cifra, debemos regresar a las urnas. Y es precisamente en ese intervalo donde, a mi juicio, comienza a funcionar un fenómeno que denomino “el mercado electoral”.

EL MERCADO ELECTORAL

En cada elección aparecen pequeños partidos y agrupaciones que, aunque no tengan una votación suficiente para competir por el poder, pueden convertirse en piezas importantes cuando llega una segunda vuelta.

Entonces comienzan las negociaciones.

Apoyo a cambio de participación. Alianzas a cambio de posiciones. Votos a cambio de cuotas de poder.

Así aparecen los llamados partidos rémoras, organizaciones que sobreviven políticamente pegadas a los grandes partidos y que esperan cada proceso electoral para negociar su respaldo con quien tenga mayores posibilidades de ganar.

Aclaro algo: no estoy diciendo que todos los partidos pequeños sean iguales. Una democracia necesita pluralidad, diversidad de ideas y espacio para las minorías.

Mi cuestionamiento es otro:

¿Qué ocurre cuando la existencia de determinadas organizaciones depende más de su capacidad para negociar sus votos que de representar realmente una corriente significativa de la sociedad?

Ahí está el problema.

EL CASO DE PEÑA GÓMEZ

El ejemplo que inevitablemente viene a mi memoria es el del doctor José Francisco Peña Gómez.

Peña Gómez fue un extraordinario líder político y un candidato con una enorme fuerza electoral. Sin embargo, una elección puede ganarse ampliamente en una primera vuelta y terminar perdiéndose en una segunda cuando se construyen alianzas entre fuerzas que originalmente compitieron por separado.

Y aquí aparece una de las paradojas de la segunda vuelta:

el candidato que obtuvo la mayor votación individual puede terminar derrotado por la suma de fuerzas que originalmente no lo acompañaron.

El caso de Peña Gómez merece, por sí solo, una profunda reflexión histórica y política.

¿A QUIÉN PERTENECEN LOS VOTOS?

Esta es una pregunta fundamental.

Los votos no pertenecen a los dirigentes de los partidos. Pertenecen a los ciudadanos.

Sin embargo, en una segunda vuelta muchas veces se produce la percepción de que un dirigente puede “llevar” los votos obtenidos por su organización hacia uno de los candidatos finalistas.

Y entonces esos votos adquieren un valor de negociación.

Ahí es donde considero que comienza a deformarse la esencia del voto popular.

El ciudadano votó por una opción y, posteriormente, los dirigentes negocian el respaldo de esa organización con otra candidatura.

¿Es eso realmente la voluntad del elector?

UNA SOLA VUELTA

Mi propuesta es sencilla:

Una sola vuelta. Gana quien obtenga la mayor cantidad de votos.

El ciudadano vota. Se cuentan los votos. Quien tenga más, gana.

Sin segunda vuelta. Sin negociaciones posteriores entre dirigentes para decidir hacia dónde llevar sus estructuras. Sin convertir los votos obtenidos por los candidatos derrotados en una moneda de cambio para negociar cargos públicos.

Un sistema de mayoría simple también obligaría a los partidos a fortalecerse ante la sociedad.

Ya no bastaría con existir para negociar.

Habría que convencer al ciudadano.

Habría que presentar candidatos competitivos.

Habría que construir propuestas.

Habría que ganar votos.

¿Y LOS PARTIDOS PEQUEÑOS?

Probablemente algunos desaparecerían.

Pero eso no necesariamente sería negativo.

Los partidos que tengan identidad, ideología, propuestas y una verdadera base social tendrían todo el derecho a competir.

Los que solamente aparezcan en cada elección para negociar su respaldo podrían encontrar mucho más difícil justificar su existencia.

La política tendría que volver a concentrarse en algo fundamental: conquistar directamente al elector.

TAMBIÉN HAY QUE VER EL OTRO LADO

Por supuesto, mi propuesta también tiene riesgos.

Un candidato podría ganar con un porcentaje relativamente bajo si existen muchos competidores. Y ese es precisamente uno de los argumentos más fuertes de quienes defienden el 50% + 1.

Por eso este debate no debe plantearse diciendo que un sistema es perfecto y el otro no.

La pregunta es:

¿Cuál sistema representa mejor la voluntad del elector y cuál genera menos incentivos para convertir los votos en instrumentos de negociación política?

Yo me inclino por la mayoría simple.

Creo que una elección debe tener un principio y un final.

El ciudadano debe acudir a las urnas, expresar su voluntad y que el resultado sea definitivo.

UNA OPINIÓN MUY MÍA

Sé que esta posición puede generar controversia. Y precisamente por eso la planteo.

Durante años hemos aceptado el 50% + 1 como si fuera una fórmula incuestionable.

Yo pienso que no debe serlo.

Debemos preguntarnos si la segunda vuelta fortalece realmente nuestra democracia o si ha contribuido a crear un mercado electoral donde pequeños grupos pueden negociar sus votos y terminar obteniendo una cuota del poder que no necesariamente corresponde a su representación real.

Esta es mi opinión.

Muy mía. Muy particular.

No pretendo tener la última palabra.

Estoy abierto al debate.