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El circo de Anastacio

Por Ramón Peralta

Por Ramón Peralta


En aquella ciudad que alguna vez se ganó la fama de mover sus calles al ritmo de la salsa en un lugar bautizado con el nombre del ave más imponente del cielo, vivía un pueblo alegre, donde los jóvenes levantaban música desde la marginalidad y los vecinos se reconocían por el sonido de sus voces. Fue entonces cuando apareció Anastacio, con su verbo de apóstol cansado y su mirada de iluminado improvisado, prometiendo una ciudad soñada, libre y manejada con una eficiencia que, juraba él, haría rendir los pesos como si fueran dólares bendecidos.

Con argucias de sofista griego seducía a los empresarios, y con la entonación de un mesías hebreo les predicaba la buena nueva. Pero detrás de aquellas cejas copiosas brillaban unos ojos que parecían haber aprendido a disimular la mentira desde la cuna.

El pueblo compró su discurso como quien compra un regalo de Navidad sin revisar la etiqueta, y así llegó la primavera de su juramento como alcalde. Bastó su primer discurso para que los más viejos del lugar presintiéramos que se avecinaban tiempos difíciles, pues aquel hombre que se golpeaba el pecho por la transparencia cargaba en la sombra un hábito ancestral de apropiarse de logros ajenos y cometer diabluras nocturnas lejos de la claridad del sol.

En los primeros días de su mandato se guardó en el bolsillo a los fiscalizadores, como si fueran monedas pequeñas destinadas a sonar cuando él quisiera. Dejaron de vigilarlo para arrodillarse dócilmente a sus pies, otorgándole licencia tácita para gastar el presupuesto como un niño travieso gasta una herencia. Bajo su amparo, cajas enormes comenzaron a obstruir las aceras y a ensuciar el ambiente, como si la ciudad hubiera sido ocupada por gigantes distraídos.

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Rechazó la idea de un contralor independiente que pudiera iluminarle los números, y en su lugar colocó una figura sin alma, hecha de la docilidad más pura, que estampaba de “válido y bueno” hasta los contratos que empujaban a la ciudad hacia una oscuridad pasmosa.

Quien intentó sacar la verdad a flote fue condenado por una jueza temerosa, como si la sombra del mitómano que gobernaba la ciudad se hubiera extendido hasta cubrir sus ojos. Anastacio ejercía el poder como si dirigiera un circo romano: a plena luz fingía orden, pero sus verdaderos actos se urdían por la espalda, en las madrugadas, cuando las almas decentes dormían.

Y así llegó diciembre. Un mes en el que cualquier otro habría debido rendir cuentas por sus desórdenes administrativos, pero en el que, por artes que solo las noches pueden comprender, un juez terminó castigando a un comunicador por atreverse a pronunciar la palabra opacidad. Con esa condena le dieron licencia para administrar la ciudad como un ludópata administra la fortuna de su exsuegra en una sala de casino en Las Vegas.

Anastacio esperaba la Navidad con la despreocupación de quien sabe que sus desastres quedarán escondidos tras la puerta trasera de su casa, invisibles para el mundo. Los medios digitales comprados con halagos y prebendas se encargarían de mostrarlo como un gerente providencial. A los dirigentes de su partido los agasajaría con whisky y champaña costeados por el pueblo, y a la base les repartiría romo y cerveza, convencido de que el alcohol es un velo perfecto para adormecer conciencias y afilar cuchillos que, sin saberlo, terminarían cortando la propia garganta de sus dueños.

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Para cerrar su año con un broche de falso oro, anunció como regalo navideño la llegada de un circo a una ciudad que ya olía a basureros desbordados. Un circo que, en su cálculo oscuro y macabro , serviría para que la masa olvidara al menos por un par de horas que vivía bajo el mando de un tirano que dilapidaba el dinero público con la misma ingenuidad con que un pobre se gasta el premio del loto.

Lo que Anastacio no entendía era que aquella misma masa que pretendía dormir con el ruido de los tambores circenses ya no tenía pan que llevarse a la boca… y mucho menos dinero para pagar la entrada a ese espectáculo que buscaba maquillar, con risas prestadas, la peor administración que la ciudad había visto en su historia.

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