Manuel Soto Lara
Manuel Soto Lara

Juez limpia la Suprema Corte de Justicia de heces fecales; ¿Quién ganó? ¿La mierda o la SCJ?

Por Manuel Soto Lara
Con su decisión de poner en libertad a los siete imputados de lanzar inmundicias al edificio de la Suprema Corte de Justicia y del Consejo del Poder Judicial, el magistrado juez de la instrucción, Dr. Juan Francisco Consoró, lavó la justicia, la cual debe luchar por desinfestarse de su propia pestilencia.

Los siete jóvenes, dos mujeres y cinco hombres, sindicados como miembros del denominado Frente Amplio de Lucha Popular (FALPO) habrían lanzado heces fecales el edificio más emblemático del sistema de justicia. Lo habrían hecho el día 7 de enero, conmemorativo del Poder Judicial, mientras se celebraba una misa solemne a la que también asistió el presidente dominicano, Danilo Medina.

Los excrementos habrían ensuciado, obviamente de manera accidental, la bandera nacional, en la ocasión ondeante en el lugar. En el acto, los manifestantes habrían vociferado consignas en contra de la corrupción del gobierno y la impunidad de la jerarquía judicial.

Los jóvenes fueron apresados en el acto. El Consejo del Poder Judicial constituyó abogados y se presentó en querella. Su escrito tiene mucho de temperamento y venganza; pero muy poco o nada de dogmática y rigor científico.

Activistas del FALPO bajo custodia policial tras lanzar las heces fecales

El escenario judicial era procesalmente promiscuo. La Justicia acusaba y juzgaba. Pero apareció un juez. Un juez de verdad. Imparcial e independiente; cuyo espíritu sosegado se agotó en la dogmática tutelar de los derechos fundamentales.

“La justicia se vistió de gala ayer, pese al Concejo del Poder Judicial, porque a la cita histórica compareció un juez de carrera. No un incondicional del partido, al que de seguro habrían llamado y ordenado mantener la prisión a los activistas sociales”

Si el sistema de justicia quería decirle a esos activistas sociales que se equivocan cuando vociferaron que “esta es una justicia de mierda”, no tenía una forma más elocuente de hacerlo que con la decisión tomada. Una decisión contraria habría consagrado judicialmente el grosero abuso de poder que se venía consumando con la arbitraria prisión de los encartados.

El juez Juan Francisco Consoró no se metió en la controversia. Con ello se mantuvo digno de su investidura. Aplicó el derecho y reivindicó la justicia. Las manchas de las heces fecales en las paredes se las lleva el viento. La mancha en la imagen de la justicia, la misma por la que protestaban los jóvenes, podría ser indeleble. El magistrado Consoró, con su carácter y sentido de la historia lavó la imagen de la justicia. Ello no basta para desinfectarla; pero es algo.

Y la desinfección no será posible hasta que el sistema no esté en manos de juristas. De Jueces de Carrera. Para ello hay que desalojar a los dirigentes políticos de la Suprema Corte de Justicia y del Consejo del Poder Judicial. La justicia se vistió de gala ayer, pese al Concejo del Poder Judicial, porque a la cita histórica compareció un juez de carrera. No un incondicional del partido, al que de seguro habrían llamado y ordenado mantener la prisión a los activistas sociales.

El juez no fue complaciente con los imputados, y no tenía que serlo. Por el contrario, le enrostró su acción con la dureza de su carácter.

En esa audiencia, a la que comparecí a asistir a uno de los encartados, observé a un juez maduro, conocedor de los fenómenos sociales y de sus problemáticas. Preocupado por los retos que tenemos como sociedad, principalmente frente a nuestros jóvenes y a las futuras generaciones.

Era más que evidente que estaba a la altura de la circunstancia de la causa. De haber estos causado daños a la propiedad, le habría dado prisión preventiva. El mismo se lo hizo saber. Se mantuvo digno y aromatizó a una justicia, cuya pestilente cúpula provocó las acciones objeto de enjuiciamiento.

No vamos a entrar en juicios de valores respecto de quien pierde en la colisión entre la Mierda y la Suprema. Tampoco respecto de quien ensució a quien. De lo que sí estamos convencidos es que la mancha de la Suprema Corte de Justicia y del Concejo del Poder Judicial, puede ser peor que la que pudiera haber quedado en el edificio. La del edificio se la llevara el viento, la de la Suprema pudiera ser indeleble.

Hacen falta muchos jueces como el magistrado Consoró para desinfectar la justicia. Afortunadamente los hay. Solo que lo que esos jueces hacen día a día, trabajando como esclavos y en condiciones deplorables, para dignificar el sistema, esa jerarquía corrompida lo desbarata con los pies.

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