
La oferta de Anastacio que no pueden rechazar
Por Ramón Peralta
Este sábado se consuma la segunda parte del plan. No hay anuncios rimbombantes ni gestos épicos, solo una ceremonia administrativa que encubre algo más profundo. Se elige a un hombre aparentemente secundario, un escudero discreto, un consigliere sin brillo propio, para ocupar un asiento en el Consejo de la Cooperativa. La próxima semana llegará la tercera fase: ese mismo hombre será elevado a la presidencia de la institución, como si el poder cambiara de manos cuando, en realidad, nunca lo ha hecho.
Durante más de medio año, el gerente glotón que lo quiere todo ejecutó la primera etapa del plan con una paciencia minuciosa, casi antinatural. No necesitó violencia visible ni estrépito alguno; su método fue más sutil y, por ello, más devastador. Retuvo los fondos que debían circular mes tras mes y, con ese gesto perverso, alteró el pulso interno de la cooperativa. Los socios comenzaron a percibir en sus propios cuerpos una opresión constante en el pecho, una inquietud que no cedía, la sensación persistente de que algo fundamental se estaba extinguiendo. El secuestro de los fondos no fue un accidente ni una consecuencia administrativa, sino una medida fríamente calculada para ir despojando de poder a la presidenta, gota a gota, como un vampiro que se demora en su víctima y le extrae la última sangre no para matarla de inmediato, sino para dejarla consciente de su propia debilidad. El dinero ausente dejó de ser solo una carencia material y se transformó en una presión invisible que deformaba el ánimo y enturbiaba el pensamiento. La asfixia se prolongó hasta que muchos comenzaron a esperar la elección no como un acto democrático, sino como se espera el desenlace de una enfermedad larga y cruel.
La intervención no fue anunciada, pero todos la sintieron. El consigliere no necesitó imponerse; su presencia bastó para alterar el equilibrio. Los socios percibían que las decisiones ya no se tomaban donde se las escuchaba, que las firmas no nacían de la voluntad, que las palabras se vaciaban antes de ser pronunciadas. La presidenta se volvió, a ojos de los socios, una figura borrosa, exangüe, atrapada en un ritual sin poder real, sosteniendo responsabilidades que ya no le pertenecían. El dominio residía en otra parte, en un sitio impreciso y opresivo, desde donde parecía observarlos incluso cuando nadie hablaba. Ese poder invisible se instaló en sus pensamientos como una vigilancia constante, un peso que no dormía y que no les permitía olvidar, ni siquiera en silencio, que todo estaba decidido de antemano
Los socios, trabajadores de bajos y medianos ingresos, fueron los primeros en percibir el cerco, no como una decisión administrativa, sino como una presión continua que se instaló en sus cuerpos y en sus pensamientos.
Desde hacía casi un año no accedían a créditos; sus ahorros, aunque les pertenecían por derecho, les eran negados como si hubieran pasado a manos ajenas. Tampoco podían desvincularse de la cooperativa, aun cuando el deseo de huir se volvía cada día más intenso. El dinero está allí y no está: retenido, suspendido, secuestrado en un estado de inmovilidad que corroía la paciencia y la esperanza. Entre los empleados comenzó entonces a germinar un anhelo oscuro y contradictorio, el deseo amargo de que quienes habían provocado el desastre asuman abiertamente el control, no por confianza, sino por agotamiento, con la esperanza de que los fondos regresaran y la institución pudiera volver a prestar, a operar, a fingir una normalidad que ya nadie creía verdadera.
La próxima semana nadie disputará la presidencia al consigliere de Anastacio. No porque exista acuerdo, sino porque el silencio se habrá impuesto como única forma de supervivencia. No habrá competencia real, solo una quietud tensa, cargada de miradas que evitan encontrarse. Todos saben que quien intente desafiar esa designación será castigado sin demora ni contemplaciones. Y si algún candidato se presenta para sostener la ficción democrática, lo hará con plena conciencia de su inutilidad: su papel será meramente decorativo. Hará campaña por su rival, pronunciará palabras que no le pertenecen y, llegado el momento, votará en contra de sí mismo, ejecutando con precisión el gesto que se le ha asignado.
La retención de los fondos opera como un bloqueo económico interno, más eficaz que muchas sanciones internacionales, porque no admite resistencia ni refugio. Aquí no hay país que soporte el cerco ni tribunal que auxilie a los atrapados. Solo existe una voluntad implacable, persistente, que no duda en cancelar empleados, negar prestaciones y administrar la carencia como un método de control. La necesidad, convertida en instrumento de obediencia, se cierra sobre ellos como una habitación sin puertas, donde cada día se vuelve una repetición del anterior y toda salida resulta ilusoria.
Los socios y los miembros del Consejo viven con la espada de Damocles suspendida sobre el cuello: o eligen al hombre incorrecto, o continuarán condenados a la penuria, al dinero inmovilizado, al derecho congelado.
El Consejo de la Cooperativa reproduce con inquietante exactitud la escena del productor musical que se negaba a dejar libre a Johnny Fontane, ahijado de Vito Corleone, en El Padrino. No fue la razón ni la justicia lo que quebró su resistencia, sino el momento en que el aire de la habitación comenzó a muerte y la oferta dejó de parecer una propuesta para convertirse en una sentencia. Sobre el escritorio apareció un lapicero azul marino, un objeto trivial cargado de un peso insoportable, mientras Luca Brasi, inmóvil y tenebroso como una presencia funeraria, apoyaba la pistola contra la cabeza del productor. En ese instante no existía alternativa posible: o firmaba con la tinta, sumiso, aceptando la humillación de obedecer, o firmaría con los sesos desparramados sobre el papel, reduciendo su negativa a una mancha irreconocible. Aquello no fue una negociación ni un acuerdo; fue una ejecución detenida en el último latido, fue oferta que no podía rechazar, un consentimiento arrancado bajo la certeza absoluta de la muerte
Bajo esa presión económica constante, como si estuviera tragando el humo de cigarro que sale de la boca de un tísico, la presidenta, el Concejo y los socios comienzan a habitar un estado de asfixia prolongada. El dinero retenido se vuelve una presencia siniestra, algo que está y no está, como un órgano vital suspendido fuera del cuerpo. Cada día sin acceso a sus recursos se acumula en el cuerpo como insomnio, como ansiedad que no encuentra salida, mientras el cerco avanza sin ruido, sin anuncios, sin disparos, un bloqueo que no necesita violencia visible para imponer obediencia. En la próxima semana, no decidirán ni debatirán: cederán, porque la necesidad estrecha la garganta, el miedo administra el tiempo y todo termina conduciendo a una sola salida, a rendirse a la voluntad de Anastacio y aceptar esa oferta que no pueden rechazar.