Por Ramón Peralta
n la gestión anterior, una transferencia de 80 millones no pasaba ni por la puerta sin la presencia del contralor municipal, aunque estuviera acompañada de todos los soportes habidos y por haber. La sola ausencia del contralor, Pascual Disla, aunque fuese porque estuviera interno en cuidados intensivos, habría bastado para que los regidores de todos los partidos dejaran el tema sobre la mesa sin pensarlo dos veces.
Hoy, sin embargo, las cosas funcionan distinto. La actual contralora municipal, que en teoría responde ante el concejo de regidores, brilla por su ausencia. No fue a la sesión donde se aprobó la transferencia, tampoco asistió a la reunión del mes pasado, y para rematar, ni siquiera el presidente del concejo sabe explicar por qué no aparece. Un pequeño detalle, sin importancia, al parecer.
En otros tiempos, incluso con el contralor sentado allí explicando, ese dinero no se aprobaba hasta tener claro, con documentos en mano, para qué circunscripción iban esos fondos y bajo qué condiciones el gobierno los transfería. Hoy no. Hoy la prisa parece sustituir a la prudencia.
Porque lo verdaderamente llamativo es que los 80 millones fueron aprobados por unanimidad. Sin contralora municipal. Sin explicaciones claras. Sin preguntas incómodas. Una unanimidad tan perfecta que despierta más sospechas que confianza.
Y entonces surgen las preguntas, inevitables: ¿para qué sirve una contralora si su opinión no hace falta? ¿Por qué no está asistiendo a las sesiones? ¿Quién decidió que su silencio era más conveniente que sus respuestas? ¿O es que aquí hay un poder de convencimiento casi milagroso en el presidente del concejo? ¿O será que el alcalde tiene un nivel de generosidad que vuelve innecesario cualquier tipo de objeción?
Al final, lo único claro es esto: los regidores del PLD y de la Fuerza del Pueblo no solo levantaron la mano… levantaron hasta los pies. Con un entusiasmo digno de un niño al que le prometieron juguetes nuevos, pero sin la inocencia que justifique tanta alegría.
De lo único que estoy seguro es de que la mayoría de los regidores de todos los partidos son buenos amigos míos, todos, por supuesto, con una admirable vocación de servicio. Y de los que no tengo el gusto de conocer de cerca, siempre me aseguran que son ciudadanos profundamente comprometidos con el bienestar del municipio. Por eso, no me queda más que asumir con toda la fe del mundo y que esta peculiar aprobación fue, sin duda alguna, pensando únicamente en el interés de la gente.
