
Por Santiago Mata
Si Robert Vargas estuviera vivo, de verdad no habría que hablar de cuántos años cumpliría hoy.
Lo importante sería celebrarlos, pero Robert no está.

Pero no importa, aunque duela.
Deberíamos dejar un espacio vacío y llorar en este punto o rendirnos a los recuerdos y no escribir estas líneas.
Pero eso sería inaceptable.

Hay hombres que dejan huellas y eso impide que dejemos a Robert enterrado en el olvido que normalmente produce una nostalgia inservible.
Sobre todo tratándose de un hombre tan reticente a los halagos o tratamiento someramente parecidos.
Aún así…

No se borran sus pisadas, su impronta, sus sueños, su conducta, su mirada fija y su lucha brava, su enojo y de vez en cuando su sonrisa socarrona.
Íntegro de cuerpo entero.
Cualquiera podría recordar al periodista audaz, al creador, innovador en la prensa digital y cualquier otra «medianidad» más, pero no.

Robert, ese ser incómodo y pertinaz, sólo usó el periodismo como un medio para conducir sus grandes inquietudes revolucionarias.
Imposible no decirlo.
Admirable para muchos y detestable para otros.
Quienes no conocieron a Robert Vargas se perdieron de conocer a un hombre singular que posiblemente no conozcan en ningún otro espacio.

Hoy se le rinde un poderoso tributo a ese soldado de la vida desde este semillero que dejó sembrado en terreno fértil y que él mismo preparó para que se siga su ejemplo y se cultive su delicado empeño por una sociedad justa.
Imposible ignorar, omitir o claudicar ante ti,
