sábado, 18 de abril de 2026
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Rojas Tabar: el honor no se destituye

Por Darwin Feliz Matos
En una República Dominicana donde muchas veces se premia la sumisión y se castiga la integridad, el mayor general Juan Bautista Rojas Tabar fue un raro ejemplo de valor y dignidad en el servicio público. Su reciente fallecimiento no solo enluta a las Fuerzas Armadas y a su familia, sino que nos obliga a reflexionar sobre el tipo de liderazgo que realmente necesitamos.

Rojas Tabar fue un hombre de principios, de “línea dura” no por obstinación, sino por convicción. Como jefe de la Fuerza Aérea y secretario de las Fuerzas Armadas, marcó una época en la historia militar dominicana. Su voz nunca se doblegó ante presiones políticas, ni siquiera ante el propio presidente de la República. En 1996, cuando Leonel Fernández asumió por primera vez la jefatura del Estado, encontró en Rojas Tabar a un funcionario que no temía al poder, sino que lo enfrentaba con decoro.

“No estoy para componendas”, llegó a advertirle al mandatario, exigiendo el retiro de generales que conspiraban en su contra, y dejando claro que, si no se les sancionaba, él prefería irse a su casa. Y así fue. El general no fue destituido por falta de méritos, sino por exceso de dignidad.

Esa postura firme ante los abusos y la difamación —especialmente en el contexto del doloroso caso Narcisazo— habla de un militar íntegro, que supo distinguir entre obediencia y claudicación. Su lealtad no era con personas, sino con los valores que juró defender. Y aunque fue apartado, nunca perdió el respeto de sus compañeros, quienes incluso ofrecieron apoyo inmediato tras conocerse su destitución. La historia le dio la razón años después, cuando fue reintegrado a su rango por el mismo presidente que lo había separado.

Hoy también quiero rendir homenaje a su hijo, el diputado Juan José Rojas. Un joven que ha sabido recoger el testigo de su padre, pero desde la trinchera civil. Lo conozco, y sé de su vocación de servicio, de su deseo genuino de impulsar políticas de equidad y justicia social. Su elección al Congreso no es un accidente, sino un reflejo del ejemplo sembrado en su hogar.

Mi solidaridad profunda con él en este momento de duelo. Pero también mi admiración: porque encarna la continuidad de un legado donde el servicio público es sinónimo de honor, no de conveniencia.

La historia termina siempre honrando a quienes no traicionan sus convicciones. Y Rojas Tabar fue, y será siempre, uno de ellos.