miércoles, 3 de junio de 2026
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Rosa A. Kasse, una vocación nacida en La Romana y florecida en Miami

Por Ramón Peralta
A veces, la historia de una persona no se cuenta con fechas ni cifras, sino con silencios, con gestos, con los hilos invisibles que entrelazan un destino con el de muchos otros. Así es la historia de Rosa A. Kasse, una mujer nacida en La Romana, una ciudad al este de Santo Domingo que huele a caña de azúcar y a brisa marina, y donde los sueños, como las mariposas, buscan alas para volar más allá del Caribe.

Rosa llegó a la UASD con apenas dieciséis años. La más joven, la más brillante, la que siempre llegaba antes y se iba después. No era solo eficiente, era imprescindible. Decían que perderla era un pecado, que su ausencia solo podía justificarse si era para algo grande, algo que cambiara vidas. Y eso hizo: se fue. Cruzó el mar con su vocación a cuestas como si fuera una herida abierta que no cerraría hasta ver a su gente con papeles en la mano y dignidad en el rostro.

Desde allí, con apenas lo necesario, una maleta pequeña, los ojos grandes, y la esperanza intacta, partió la hermosa Rosa en busca de una vida mejor. Como tantos inmigrantes, cruzó el umbral de un país ajeno sin saber que, en ese viaje, no solo cambiaría su propio destino, sino el de miles de personas. Llevaba dentro algo más poderoso que la ambición y una vocación serena, modesta y tenaz de servir.

Años más tarde, en el vasto y contradictorio sur de la Florida, Rosa se convirtió en el alma de la Coalición Hispana, una organización que no ofrece promesas, sino manos extendidas; que no hace discursos, sino actos concretos. Allí, entre archivos, formularios y lágrimas contenidas, ella ha sido consuelo, guía, madre, hermana, amiga.

No son abogados, dicen ellos, pero ¿acaso hay título más noble que el de ser humano dispuesto a ayudar? En un entorno donde los trámites migratorios pueden parecer laberintos interminables, Rosa construyó un refugio para quienes llegan con el corazón en vilo, buscando legalizar su estatus, encontrar empleo, proteger sus hogares o simplemente ser escuchados.

Ella, que pudo haber optado por el espectáculo de la política y lo habría hecho bien, muy bien, porque la suya es una inteligencia cultivada por la vida y por los libros, prefirió un sendero más discreto, más arduo y más real que el de los actos cotidianos que no salen en las noticias, pero que transforman destinos enteros.

A su alrededor, la Coalición florece como esas plantas que crecen en medio del desierto y contra todo pronóstico. Con programas de inserción laboral, consejería para jóvenes, seminarios de prevención, y orientación financiera, Rosa enlaza una red invisible pero firme que sostiene a muchos cuando sienten que el mundo se les desmorona.

Y, sin embargo, ella no habla de sacrificios. Habla de deber. Habla de comunidad. Habla de amor. Porque eso es lo que hay detrás de su rostro sereno: un amor hondo por los suyos, por su gente, por esa inmensa familia de acentos diversos que encontró en Miami un nuevo hogar.

Podría haber sido congresista, lo sabemos, lo saben muchos, pero su lealtad no es al poder, sino a las personas. A las madres que temen por el futuro de sus hijos. A los jóvenes que dudan si aún es posible soñar. A los ancianos que sienten que su vida fue en vano. A todos ellos, Rosa les ofrece lo único que nunca le ha faltado que es la decencia.

Desde La Romana hasta Miami, desde su historia personal hasta el alma colectiva de los inmigrantes, Rosa A. Kasse todos los días escribe una crónica silenciosa de coraje, ternura y determinación. No necesita monumentos. Ella es memoria viva. Es ejemplo. Es raíz.

Y quizás, sin proponérselo, nos recuerda cómo suelen hacer los verdaderos líderes que el servicio a los demás no es una elección, sino un llamado del corazón que algunos, muy pocos, saben escuchar.