viernes, 3 de abril de 2026
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Si los escombros desaparecen las pruebas se borrarán y la verdad será asesinada

Por Ramón Peralta
La noche cayó con aparente calma sobre los muros de Jet Set, aquel templo moderno de luces, copas elevadas y aplausos fugaces. Era un recinto que prometía seguridad, que vendía estatus y elegancia envueltos en concreto… pero en sus entrañas, acechaba un espectro invisible, una grieta muda que esperaba su momento final para devorar sin misericordia.

No acuso ni acusaré a nadie, pero son más de cien las almas que hemos perdido, más de cien muertos cuyo deceso podría quedar impune si desaparecen esos escombros sangrientos que aún susurran verdades sepultadas. En ellos reposa la memoria de lo ocurrido, las claves del crimen no confesado, las pruebas dormidas que, de ser borradas, condenarían a los muertos a vagar sin justicia y sin reposo.

Al menos 124 almas se extinguieron. Más de 150 cuerpos quebrados. Decenas de nombres aún ausentes, flotando en la incertidumbre como fantasmas sin sepultura. Aquello que muchos llamaron “tragedia” es, en verdad, un clamor sepulcral que exige otro nombre: crimen. No uno premeditado con cuchillo en mano, sino un genocidio involuntario, engendrado por la avaricia, parido por la negligencia y amamantado por la indiferencia oficial.

Hubo señales, sí. Lo dijeron los sobrevivientes: del techo caía arenilla, un susurro del desastre. Luego, el estruendo, el colapso sin sismo, sin tormenta, sin justificación natural. No fue el azote del cielo lo que destruyó esas vidas, sino la mano invisible de quienes prefirieron economizar en acero y callar las grietas, de quienes miraron hacia otro lado cuando la estructura ya gimoteaba.

Rubby Pérez, voz emblemática, había cantado… y de pronto, el canto fue ahogado por concreto y polvo. La confianza se volvió tumba. Los muros que antes protegían, hoy son lápidas apiladas unas sobre otras. ¡Qué ironía cruel! Lo que prometía grandeza social, hoy ofrece sólo duelo y desconcierto.

Y sin embargo, entre el caos y los gritos, entre el lamento y las sirenas, surge una nueva amenaza: el olvido. El apuro por limpiar la escena, por remover los escombros, por cubrir la vergüenza nacional con capas de tierra, cemento y comunicados vacíos.

¡No lo permitamos!

Esos fragmentos de concreto no son simples ruinas, son testigos silentes. Son los cuerpos inertes del edificio que asesinó. Cada  pared partida, cada columna vencida, cada metal oxidado es una letra en el poema siniestro de esta masacre moderna. Retirarlos sin control, dispersarlos sin registro, destruirlos sin análisis, sería consumar el crimen perfecto.

La justicia no puede emerger de las ruinas si las ruinas mismas son borradas.

La Fiscalía, los ingenieros del CODIA, los forenses, los arquitectos del derecho, deben velar por estos restos como quien protege el último hilo de una verdad moribunda. Que no se repita el ritual de la impunidad, esa danza macabra tan nuestra. Si no se custodian los escombros, también morirá la verdad, asfixiada bajo la alfombra del poder y el olvido.

El silencio institucional ya es sospechoso. Y si las autoridades no actúan, nos tocará a nosotros, los dolientes indirectos, los que aún respiramos, alzar la voz por los que ya no pueden gritar.

No es capricho ni rebeldía. No se trata de incomodar por deporte ni de “joder la paciencia” a ningún empresario. Se trata de recordarle al agiotista insaciable, al burócrata sordo, al inspector complaciente, que la vida humana vale más que cualquier inversión maquillada. Y que ningún mensaje en redes sociales podrá jamás resarcir el dolor inconmensurable de los que han perdido a sus seres amados entre polvo, sangre y silencio.

Si dejamos que esos escombros desaparezcan, condenaremos a las víctimas dos veces: en cuerpo y en memoria.