viernes, 24 de abril de 2026
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Sociedad bipolar e hipócrita I

Por: Valentín Medrano Peña

Una nación que escogió como presidente a un potentado oligarca. Que se vanagloria de sus estrellas deportivas, no por sus logros, sino por las millonadas que reciben. De no ser así hablaríamos de Juan Pie y no de Felix José. Una sociedad, la mundial, que prohíja el estudio como vía de superar la pobreza, y que por ende incentiva la creación de riquezas.

Una sociedad que favorece a los ricos, los siempre ausentes del pago de peaje de la justicia, a quienes establece como prototipos y paradigmas. Una sociedad que tiene como influencers (personas de las más seguidas en las redes) a aquellos que muestran sus estilos de vidas cargadas de boatos, prendas, viajes, manjares, galas y riquezas, incluidos carros de lujos.

Esa misma sociedad pretende eliminar los privilegios, presuntos, entre presos (preventivos y condenados) en la cárcel de La Victoria. Cuánta desfachatez.

En la calle, ante la justicia, y hasta en el cementerio somos iguales-desiguales. Cuidé no decir que en la cárcel, porque los ricos nunca caen presos.

Patrocinamos nuestras desigualdades en el estado de libertad enclaustrando nuestras diferencias, manteniendo a nuestros iguales-desiguales fuera de nuestras vidas, residencias, clubes exclusivos, vips, primeras clases, y millones de etcéteras. Pero en la cárcel queremos igualar a los pobres encerrados. Los ricos no caen presos.

La procura pareciera abocarse al estricto respeto y cumplimiento del principio de igualdad, pero no lo es, es una mentira. Una más de las mentiras que buscan posicionar.

Igualar desde el espíritu constitucional y humanitario, no es desventajar a quien ha alcanzado una mejoría, rebajándolo a la condición de quien por pereza o azar no lo ha logrado. De hecho, para otros asuntos, la Constitución abre la puerta a ciertos distingos, por causa de ingenios o creatividades. Pero eso es otro tema.

Los insulsos creen, asumiendo discursos manidos, que existen privilegios en nuestras prisiones. No, lo correcto es afirmar que existen condiciones menos infrahumanas en algunas de las prisiones.

¿Privilegio? Dice el diccionario es una exención de una obligación o ventaja exclusiva o especial que goza alguien por concesión de un superior o por determinada circunstancia propia.

Como se ve hay dos tipos de privilegio, uno que te concede alguna autoridad, y otro que es propio de una circunstancia, como la de los ricos que nunca caen presos, o los hijos de personas nacidas en monarquías como hijos de los monarcas y su feudo. Gozan de un privilegio, por cierto muy oneroso por el simple hecho de nacer en tal linaje.

Debiendo descartar el segundo supuesto, tenemos que asumir que para que haya privilegios en La Victoria, la presunta concepción privilegiante debe haberla concedido una autoridad con potestad legal para hacerlo, y no es el caso, porque las pequeñas concesiones o permisiones no son legales, tampoco ilegales. Y aquí chocamos con un derecho y principio constitucional establecido en el artículo 40 numeral 15, que nos dice: “A nadie se le puede obligar a hacer lo que la ley no manda ni impedirsele lo que la ley no prohibe. La ley es igual para todos: Solo puede ordenar lo que es justo y útil para la comunidad y no puede prohibir más que lo que le perjudica.

Las prohibiciones, sanciones y medidas son ordenadas por jueces de la República, y en el caso de las condenas a privaciones de libertad, solo se ordena afectar uno solo de los derechos, el de libertad. Los demás derechos consagrados por la Constitución y las leyes en favor de los ciudadanos les son dables a los penados, y por consiguiente a los presos preventivos (no condenados).

Ha dicho el insigne periodista Miguel Guerreo que “la condición de degradación, hacinamiento, insalubridad, precariedad, indignidad, entre otros, son la realidad de la casi generalidad de los presos en La Victoria”, lo que es cierto.

Pero a las autoridades se les ocurre que tener un abanico, quizá acceso a agua potable, una nevera o un aire acondicionado representan un privilegio. Quizá porque solo alrededor de un 10 por ciento de la población carcelaria Victoriana los posee, lo que se acerca a la estadística fuera de las paredes carcelarias donde un 7 por cientos de la población tiene aire acondicionado. Esto, un aire acondicionado, en la cárcel, que es retrato de nuestras desigualdades, es un privilegio, afuera de esta su carencia no es causa de revoluciones.

Pero la solución de todo ello es igualarlos a todos en la desgracia. Si el fin de la vida es la felicidad, aunque dudo que cualquier comodidad privado de libertad abone felicidad, las autoridades prefieren desfavorecer a unos pocos para igualarlos en desgracia, hacerlos infelices a todos. Y bien sabemos que desfavorecer al titular del un derecho no es la tónica del juego constitucional.

Si tomamos como cierta la premisa “Miguel Guerrero” de que la vida en la victoria es de indignidad e inhumanidad, y tenemos que unos pocos han podido, con esfuerzos y dineros propios, no de ninguna autoridad o del erario, pagando quizá algún peaje, adquirir esos bienes que representan propiedad, de lo que no están vedado por ordenanza jurisdiccional los privados, la solución oficial es degradar a esos pocos a la condición de indignidad e inhumanidad, en lugar de mejorar las vidas de los muchos otros.

Aquí desde el punto de vista humanitario, filosófico, constitucional, procesal, etc hay todo un tema por desarrollar que un escrito no puede abarcar pero si sufrir.

Cabe terminar, luego de condenar lo que muchos aplauden, pues se trata de la escoria social, los apartados, enfermos sociales, victimizadores, basuras, en los criterios de algunos, incluidas las rasadoras autoridades, con el recuerdo de que muchos de nuestros héroes y referentes fueron presos inocentes, algunos condenados inocentes, como Mandela, Manolo Tavárez Justo, por solo mencionar dos casos entre miles. Terminar, reitero, con la célebre frase de sir Jack Straw: “El verdadero compromiso de las naciones con los derechos humanos, se aprecia en la forma en que tratan a sus penados.