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Por Eddy Olivares Ortega
El artículo 209 de la Constitución Política establece que las asambleas electorales deben reunirse cada cuatro años, el tercer domingo del mes de febrero, para escoger los alcaldes, vicealcaldes y regidores y suplentes del Distrito Nacional y los municipios, así como a los directores, subdirectores y vocales de los distritos municipales.

Las elecciones generales ordinarias se habían celebrados en las fechas establecidas por la Carta Sustantiva desde la fundación de la República. En ese sentido, a partir del derrocamiento de la dictadura trujillista fueron celebradas, ininterrumpidamente, 20 elecciones generales ordinarias.

Ni la indomable naturaleza, con sus fenómenos naturales, ni los regímenes autoritarios, impidieron nunca la celebración de las elecciones en las fechas correspondientes, hasta aquel fatídico día 16 de febrero del 2020.

Debido a que esta reconocida estabilidad electoral parecía inquebrantable, la ciudadanía reacciono asombrada, cuando a las 11 y 11 minutos de la mañana el presidente de la Junta Central Electoral, magistrado Julio César Castaños Guzmán, le anunció a la nación la decisión del Pleno del órgano de suspender las Elecciones Generales Municipales.

Parafraseando al presidente norteamericano, Franklin D. Roosevelt en torno al día 7 de diciembre de 1941, fecha del inesperado ataque de las fuerzas navales y aéreas del Imperio de Japón a Pearl Harbor, el 16 de febrero del 2020 es un día que vivirá para siempre en la infamia.

Cuando todos quedamos desconcertados a causa del impacto causado por el funesto acontecimiento, un puñado de valientes muchachas y muchachos se pusieron de pies, reclamantes, frente a la Junta Central Electoral, desde la inmensa Plaza de la Bandera.

Después de una largo sueño, la juventud despertó y, de inmediato, empezó a escribir una nueva y esperanzadora historia.

Tardía, pero oportuna, la novedosa protesta del internet, como un terremoto social con todas las características organizativas de los movimientos sociales del siglo XXI, hizo su aparición en nuestra otrora combativa nación.

Convocar y promover las protestas nunca fue tan fácil y económico como en estos tiempos del internet y las redes sociales, ya que tal y como las ha calificado Howard Rheingold: “son multitudes inteligentes: gente que es capaz de actuar conjuntamente a pesar de que no se conocen entre sí”. Este es el motivo que da lugar a que los movimiento sociales del siglo XXI se caractericen por ser notablemente creativos y pacíficos.

Apresurado, como consecuencia de este acontecimiento, el órgano electoral convocó al cuerpo electoral a elecciones generales extraordinarias para el 15 de marzo.

Nuestros jóvenes con edades de 18 a 35 años, que representan el treinta y nueve por ciento de los votantes del Padrón Electoral, conforme al criterio sustentado por Giacomo Sani en el Diccionario de Política de Bobbio, Matteucci y Pasquino, por medio de la protesta están participando de una forma activa en política, objetando las acciones del gobierno y exigiendo y reclamando la integridad de las próximas elecciones.

Nueve años después del llamado Movimiento 15-M o movimiento de los indignados, que surgió en Madrid en contra de los bancos, las grandes corporaciones y las élites políticas, la suspensión de unas elecciones ha indignado a los jóvenes que, con toda seguridad, jugarán un papel decisivo para que se produzca un cambio político que, como diría Churchill, abone nuestra infértil democracia.

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