
Mtra. Virtudes de la Rosa Hidalgo
n la Universidad Autónoma de Santo Domingo (UASD), como en el conjunto de la sociedad dominicana, la cultura política no se construye en el vacío. Arrastra prácticas, herencias y distorsiones que, si no se confrontan de manera decidida, terminan reproduciéndose incluso en los espacios llamados a ser faros de pensamiento crítico y compromiso ético.
Una de esas distorsiones es, sin lugar a dudas, el clientelismo. Esa lógica perversa que convierte derechos en favores y que intenta sustituir la conciencia por la conveniencia. El derecho a elegir autoridades, que debería ser expresión de libertad, reflexión y compromiso institucional, ha sido en múltiples ocasiones vulnerado por mecanismos de presión que todos conocemos: amenazas veladas o explícitas, promesas de cargos, ofertas de beneficios particulares y un uso indebido de las posiciones de poder para influir en la voluntad de las y los electores.
No se trata de una acusación ligera ni de un fenómeno aislado. Es una práctica que ha permeado históricamente los procesos electorales en distintos niveles, incluyendo los gremiales y universitarios. La UASD no ha sido ajena a esta realidad. En procesos anteriores, como el de 2022, donde las diferencias fueron mínimas, resulta difícil ignorar que estas prácticas pudieron haber jugado un papel determinante en la configuración de los resultados.
Sin embargo, el momento actual presenta un escenario distinto que merece ser leído con atención. La ventaja amplia del candidato Jorge Asjana David, que supera significativamente a sus contendores, plantea una interrogante de fondo: ¿estamos ante un debilitamiento de las prácticas clientelares o simplemente frente a su incapacidad de revertir una correlación de fuerzas ya definida?
Desde nuestra corriente universitaria sostenemos que, más allá de los resultados, el problema de fondo no ha desaparecido. El clientelismo no se mide únicamente por su eficacia electoral, sino por su persistencia como cultura política. Y en ese sentido, sigue siendo un desafío vigente que compromete la calidad de nuestra vida institucional.
Lo que sí resulta evidente es que amplios sectores de la comunidad universitaria están enviando una señal clara: existe un límite a las prácticas que intentan sustituir la voluntad colectiva por intereses particulares. Esa señal debe ser interpretada con responsabilidad, no como un cheque en blanco, sino como una oportunidad para avanzar hacia una universidad más democrática, más transparente y más coherente con su misión histórica.
Desde el Movimiento Académico Universidad para la Sociedad-UNPASO, del que formo parte, reafirmamos nuestro compromiso con la defensa de procesos electorales libres de toda forma de coacción, con la promoción de una cultura política basada en el debate de ideas y en la construcción colectiva, y con el fortalecimiento de una institucionalidad universitaria que esté a la altura de las demandas de nuestro tiempo.
Porque la UASD que aspiramos no puede seguir siendo escenario de “unas de cal y otras de arena”. Debe ser, sin ambigüedades, un espacio donde la ética, la democracia y la dignidad marquen el rumbo.
