Por Ramon Peralta
ntes de saber nada con la cabeza, Efraín ya lo sabía con el cuerpo. Así empiezan casi siempre estas cosas: no con una prueba, sino con una serie de pequeñas señales que un hombre distraído habría dejado pasar, y que él, en cambio, fue guardando una por una, como quien junta piedras sin saber todavía para qué muro las quiere.
La primera señal fue el gato. Llevaba con ellos ocho años, un animal viejo y necio que dormía en el mismo rincón desde que era cachorro, y que una mañana amaneció tieso junto a la puerta de la cocina, sin herida, sin veneno, sin ninguna razón que el veterinario del pueblo supiera explicar. «Se murió porque se le acabó el tiempo», le dijo el hombre, encogiéndose de hombros, pero Efraín, que no era supersticioso ni lo había sido nunca, sintió que aquella muerte no anunciaba el fin de nada pequeño, sino el principio de algo grande y oscuro que todavía no tenía nombre. Enterró al animal él mismo, al fondo del patio, y por semanas evitó pisar ese rincón de tierra removida, como si debajo hubiera quedado enterrada también una certeza que prefería no desenterrar.
Después vinieron los presagios más difíciles de nombrar: el gallo del vecino que cantaba a deshoras, en mitad de la tarde o de la madrugada, cuando ningún gallo decente tiene por qué cantar; el espejo del pasillo que un día amaneció con una grieta fina, como un pelo, que nadie supo decir de dónde había salido; los perros de la cuadra que le ladraban a Efraín como si no lo reconocieran, él, que había pasado por esa calle todas las tardes de su vida.
Y por último estaba la intuición, que es la forma más humilde y más obstinada de todos los presagios, porque no viene de afuera sino de adentro, y no se deja espantar con una explicación razonable. Efraín empezó a sentir, sin poder decir por qué, que algo en su casa se había corrido de lugar, como un mueble movido apenas un palmo ni nada que se pudiera señalar con el dedo, pero suficiente para que los pies, de noche, tropezaran donde antes no tropezaban. Martha seguía siendo la misma en apariencia el mismo saludo, la misma rutina pero Efraín percibía, debajo de esa normalidad, una corriente subterránea, como el ruido de un río que se oye pero no se ve.
Fue esa acumulación de señales el gato muerto sin causa, el gallo fuera de horario, la intuición que no lo dejaba dormir lo que lo empujó, una tarde cualquiera, a entrar al negocio del viudo sin el amparo de un saludo y preguntarle a quemarropa si estaba enamorado de su esposa. Afuera, en el patio vecino, el gallo cantó otra vez fuera de hora, como si algo en el aire de esa tarde lo hubiera confundido con el amanecer, y a Efraín no le pareció casualidad, sino confirmación. Lo dijo todo con una calma casi angelical, de esas calmas que solo tienen los hombres que ya han decidido morir un poco por dentro, y añadió que ella merecía la verdad, y que él, si era necesario, estaba dispuesto a dar un paso al costado con tal de asegurarle la felicidad.
El viudo no estaba preparado para esa pregunta. Para él, Efraín no era más que un pobre infeliz, un hombre incompleto, incapaz de satisfacer o de entender a una mujer; un tipo que en su juventud apenas había durado dos años como ayudante fiscal en La Romana, y había salido de allí con una mano delante y otra detrás, sin techo propio que mostrar por ese tiempo servido a la ley. Su primera reacción fue negarlo todo, con la misma seguridad tibia de quien ha practicado la mentira frente al espejo.
Pero Efraín mantuvo una expresión serena, casi imperturbable, y le confesó que lo sabía todo, que Martha le había hablado de las canciones dedicadas, de las conversaciones clandestinas en el teléfono, de aquella invitación a la finca. Y al final, con una punzada de dignidad, quiso saber por qué, habiendo tantas mujeres solteras bajo el mismo cielo, había ido a enamorarse justamente de la esposa de un vecino y cliente.
El viudo volvió a negarlo, pero Efraín insistió que la propia Martha le había confesado aquella madrugada de confidencias en que ambos descubrieron que se gustaban. Y entonces, suavizando la voz para ganarse su confianza, le pidió que se tranquilizara, que aquello no eran reclamos; le mintió diciendo que su matrimonio era ya un lazo puramente fraternal, una unión tan abierta que no le importaría que ella saliera con un hombre serio como él.
Envalentonado por esa generosidad que no esperaba, el viudo pidió garantías de que la conversación no llegara jamás a oídos de Martha. Efraín se lo prometió con promesa de gallero, y al decirlo señaló sin querer hacia el patio de donde venía el canto, como si invocara a un testigo. Es promesa sagrada e irrevocable, dicen los criadores, la que se hace antes de soltar los animales a pelear; nadie repite después lo que se apostó, aunque el gallo perdedor quede desangrándose en la arena. Efraín exigió a cambio una última verdad: ¿ya habían consumado el deseo?
Al escuchar un «no» por respuesta, Efraín sintió un alivio que no supo esconder del todo, aunque fingió, con talento de actor de pueblo, una sutil decepción ante la falta de audacia del rival. Esa actitud desarmó por completo al viudo, quien, sintiéndose libre de culpas, confesó que no habían pasado de los abrazos, porque a él no le gustaban los problemas. «Pero si por ella fuera, hace rato que me la hubiera comido», añadió con brutal ligereza. La confesión cayó sobre Efraín como una puñalada certera, pero él no se dobló con el golpe y con un esfuerzo que solo puede llamarse sobrehumano, sacó de su tristeza más honda una sonrisa tan genuina como el dolor que en ese mismo instante le laceraba el pecho. Hasta bromeó, diciéndole al viudo que aprovechara esa carne que la vida le estaba sirviendo en bandeja.
La confianza del viudo, alimentada por tanta hombría de bien fingida, creció, y comenzó a soltar detalles que caían como estocadas en la garganta de Efraín, quien contenía las lágrimas con estoicismo de piedra y solo sonreía, porque el nudo que tenía atravesado no lo dejaba hablar, y si intentaba decir una sola palabra se le iría todo en llanto por aquella mujer que era suya y ya no lo era.
La llegada de unos clientes interrumpió el suplicio. Mientras el viudo atendía, Efraín se refugió en el recuerdo, buscando el origen de la sospecha. Recordó la mañana en que Martha, con excesiva ligereza, le había contado que el viudo la invitó a la finca y que ella dijo que sí. Recordó también, aunque entonces no le dio importancia, que esa misma mañana ella había estado un largo rato en el patio, quieta frente a las gallinas, mirándolas picotear el suelo sin hambre real, solo por costumbre, cerca del rincón donde dormía el gato antes de morir, y que al preguntarle en qué pensaba, ella había dicho, sin mirarlo: «En que a veces una hace las cosas sin saber bien por qué las hace, y después ya es tarde para preguntarse». A Efraín le pareció una falta de respeto que un hombre solo cortejara así a una mujer casada, pero en lugar de prohibírselo, le dijo riendo que ese viudo lo que estaba era loco por comérsela. Fue su manera torpe de advertirle el peligro; pero la frase, en vez de disuadirla, pareció sembrarle ella al viudo en el pensamiento como se siembra una semilla en tierra ya arada. Poco después, un conocido de la infancia le confirmó los temores:
«He visto dos veces a tu esposa abrazada con el viudo, y se veía muy complacida». Efraín se resistió a creerlo, porque Martha siempre había sido esquiva con las demostraciones de afecto, al punto de reprocharle a él mismo cuando intentaba abrazarla.
Cuando los clientes se marcharon, Efraín volvió al presente y le pidió al viudo que le contara el origen de esa intimidad.
El viudo, inflado de seguridad, relató que el acercamiento había sido lento, que él era hombre respetuoso y aún guardaba luto por su difunta compañera, pero que Martha lo buscaba en el negocio con el pretexto de algún servicio, y que las charlas rutinarias derivaron en abrazos de bienvenida. Ella le confesó que encontraba refugio en esos brazos, y aunque él intentaba poner límites hablándole de su devoción por la muerta, ella respondía con un coqueteo sutil, propio de una mujer hambrienta de cariño y de poca estima por sí misma.
Pronto pasaron a los mensajes nocturnos. Ella se desahogaba sobre el infierno de su matrimonio, sobre lo infeliz que era; él, según su versión, intentaba marcar distancia de forma caballerosa, pero la soledad es mala consejera, y terminó por encontrarle el gusto a esas conversaciones prohibidas. Cuando el peligro acechaba, le pedía que borrara los rastros.
Al oír hablar de los mensajes borrados, Efraín unió las piezas de un viejo rompecabezas: aquella noche en que la había visto despierta, pasadas las dos de la madrugada, chateando con alguien invisible, la misma semana en que el gato aún dormía en su rincón sin saber que ya se le acababa el tiempo, y afuera, en la oscuridad, un gallo había cantado también entonces, tan fuera de hora como este, y Efraín, medio dormido, había pensado que algo andaba mal en el mundo sin saber todavía que era en su propia casa. Con tono seguro mintiendo para medir la reacción del viudo, le dijo que Martha le había confesado que hablaban hasta esa hora, y que el viudo la estaba enamorando.
El viudo sonrió con suficiencia. «Cuidado, si fue todo lo contrario», replicó, y contó que esa noche Martha le había mandado la foto de una botella de vino, diciendo que estaba tomando y que, escudándose en el vino, le había confesado su desdicha por compartir la vida con alguien a quien ya no amaba, unida solo por la frialdad de un papel firmado.
La conversación, que había empezado como la de una mujer que se confía a un amigo, se fue calentando, y ella terminó por decirle que se sentía bien hablando con él. Intercambiaron canciones, una de Anthony Ríos, de esas que hablan de estar unida al hombre que no se quiere solo por decir que se está casada y ambos coincidieron, sin decírselo del todo, en que esa canción hablaba de ella y de Efraín. El viudo admitió que esa noche la tentación lo venció, y aunque intentó refugiarse una vez más en el fantasma de su difunta esposa, la iniciativa de Martha fue más audaz: le confesó que había soñado con él, y prometió revelarle los detalles del sueño en persona.
Confesó también que era ella quien lo buscaba por las mañanas, apenas el marido salía de la casa: pasaba por el negocio y lo llamaba desde la puerta. Y reiteraba siempre, en cada conversación, su fascinación por los abrazos del viudo.
Escuchando aquello, Efraín mantuvo la farsa y repitió que no tenía inconveniente en que compartieran, lo que empujó al viudo a la confesión final: pronto se darían esos mismos abrazos, pero sin ropa, en la intimidad de la finca. Efraín sonrió como si celebrara la noticia, aunque por dentro ni las torturas de la era de Trujillo habrían dolido menos que aquellas palabras entregadas con tanta calma. Mientras él mendigaba las migajas del amor de su esposa, ella lo buscaba en un hombre que solo había tenido la paciencia o la astucia de llevar el asunto sin apuro, como quien sabe que el tiempo siempre termina por darle la razón a los pacientes.
Al concluir el encuentro, Efraín agradeció la franqueza de su interlocutor y repitió que no se opondría al divorcio si ella lo pedía, porque solo deseaba su felicidad. Fue el único instante de absoluta verdad en todo el teatro de esa mañana, porque de verdad amaba a esa mujer, y prefería perderla antes que retenerla por lástima o en contra de su voluntad.
El viudo, en un último destello de supuesta camaradería, le aconsejó que no la dejara, advirtiéndole con malicia que, así como hablaba con él, bien podía estar hablando con otros. Y para probar su honestidad, le reveló el día exacto en que se concretaría la cita en la finca.
La víspera del encuentro, Efraín invitó a Martha a almorzar en un lugar elegante. Ella rechazó la oferta, alegando que prefería quedarse en casa a lavar la ropa. Sin embargo, a las dos de la tarde la vio salir del cuarto vestida con sus mejores galas, envuelta en un perfume intenso, como para una fiesta que no era la suya. Al preguntarle por su destino, ella respondió con hostilidad que aborrecía los interrogatorios, y antes de salir se detuvo un instante frente al espejo del pasillo, el mismo de la grieta fina que nadie supo explicar, no para admirarse, sino con la expresión de quien busca en su propio reflejo a alguien que ya no reconoce del todo. Esa fue toda la confirmación que Efraín necesitó, ya sabía que esa tarde iría a la finca con el viudo.
Resignado a perderla, Efraín sacó un documento y le pidió que lo firmara. Ante la duda de ella, le aseguró con voz suave que jamás le haría daño. Confiada, Martha estampó su firma sin leer que rubricaba un divorcio de mutuo acuerdo, en el que Efraín renunciaba generosamente a los pocos bienes, muebles e inmuebles, que habían construido juntos.
Entregó los papeles al abogado junto con el pago de los honorarios por adelantado, sellando el final.
Esa noche, cuando Martha regresó a la casa con el eco de los abrazos ajenos aún en la piel, el patio estaba en silencio: ni siquiera el gallo, que llevaba todo el día anunciando algo que nadie más había sabido escuchar, volvió a cantar. Solo quedaba, al fondo, ese cuadro de tierra removida donde dormía el gato, mudo testigo de que las señales, cuando por fin se cumplen, ya no necesitan repetirse. No encontró reproches ni escenas de celos. Sobre la mesa vacía solo halló una hoja en blanco con una sola palabra escrita
ADIÓS.
