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Con el fusil en el pecho y, en cada mano, una bolsa de comida en medio del toque de queda

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Por Robert Vargas
Anoche, durante el toque de queda, nos encontramos con las tropas del Ejército y de la Policía Nacional en la avenida Ozama, allá, en el fondo del barrio Puerto Rico, camino de la “Vieja Barquita”.

A ambos lados de la vía estaban estacionadas varias camionetas y camiones del Plan Social de la Presidencia de la República repletas de bolsas con alimentos secos.

Vimos a soldados, policías y personal del Plan Social cargar con las bolsas para ingresar a los callejones y aproximarse a cada puerta de cada hogar para entregarles los alimentos.

Algunas de las tropas llevaban, en cada mano, una bolsa de comida y, en el pecho, un fusil.

La gente, sin salir de sus viviendas, esperaban a los empleados y a los soldados cuando se les acababan las raciones que estos llevaban en las manos. Parecìan convencidos de que regresarían. Y así lo hacía. Luego se escuchaba al fondo un “gracias”, como salido de lo más profundo del alma.

En una vivienda de la calle  Moca, una familia completa miraba con los ojos desorbitados lo que acontecía frente a su casa.

Todos estaban en la galería, detrás de los hierros de la galería como si se sintieran seguros de que el coronavirus no se atrevería a cruzar esos barrotes.

Sin embargo, cuando un soldado se aproximó a la verja perimetral, el hombre de mayor edad, que parecía ser el padre, saltó de alegría, quitó el candato, gritó “¡Coronavirus!”, y llegó hasta la puerta de la verja a recoger las bolsas con los alimentos. Los chiquillos también salieron felices.

Luego, cuando otro soldado ingresó por un callejón llevando los alimentos puerta por puerta, aquel hombre que estaba junto a los chiquillos salió corriendo de su casa para pedirle al militar que le llevaran una bolsa  a otro vecino que vive en lo más profundo.

Esas escenas se repitieron. Como en aquella vecindad con habitaciones de concreto y estrecho callejón por el que  no pueden caminar al mismo tiempo dos personas en paralelo.

Allí los soldados les dijeron a todos que deberían estar cada cual en su vivienda para poder recibir sus raciones. Todos obedecieron y a cada cual le entregaron su respectiva bolsa. Era como aquella escena de la fiesta de cumpleaños en la que el adulto grita “quien no se sienta no tiene pastel”. 

De todas maneras, es la primera vez que vi a la gente de barrios pobres aplaudiendo y sonriéndole a las tropas, que asumieron la tarea como si fuera una acción de guerra, esta vez contra un enemigo invisible.

Detrás de ellos, las tropas policiales cuidaban de que nadie se saltara el orden.

La forma en la que cada cual recibiò al menos una ración alimenticia dejó al desnudo una realidad: hace falta la organización comunal y disciplinada que los capitalistas le reprochan a los cubanos y venezolanos.

 

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