domingo, 26 de abril de 2026
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Crónica de un infierno verde

Por Ramón Peralta

Esta historia me la narró un testigo que aún tiembla...

amás imaginó la dirección política de la Fuerza del Pueblo que su convocatoria interna, concebida como un acto democrático, derivaría en una marea desbordante de fervor, caos y ambición. La organización, débil y temblorosa ante el ímpetu de los suyos, se vio sobrepasada por un torrente humano que redujo toda estructura institucional a cenizas. En cada centro de votación lugares que deberían haber sido templos del civismo reinaban el tumulto, la confusión y una violencia contenida que hacía recordar los campos de guerra de las antiguas crónicas infernales.

 

Era como si la elección se celebrara en uno de los círculos de Dante, donde los pecados del alma se exhiben con orgullo. Algunos decían que el desorden no era casual, sino azuzado por manos interesadas, por miembros parcializados de las comisiones electorales, verdaderos demonios disfrazados de árbitros, manipulaban el caos en beneficio de sus elegidos.

Los candidatos a la Dirección Central se devoraban entre sí como fieras hambrientas, caníbales desesperados por asegurar un escaño que, en sus mentes febriles, equivalía a la salvación. Para ellos, perder no era una opción, era una condena eterna a los fuegos del Averno, una caída sin red hacia el olvido político.

 

Afuera, bajo el sol implacable, los militantes soportaban el suplicio de largas filas. Quemados por el astro y, a ratos, estremecidos por aguaceros sorpresivos, parecían condenados errantes de una novela gótica: a un paso de la insolación o la parálisis, atrapados entre la esperanza y el delirio.

Los candidatos más serios y disciplinados, aquellos que se daban por ganadores seguros, apenas lograron arrastrarse hasta su puesto como náufragos que alcanzan la orilla un segundo antes del naufragio total. Otros, menos afortunados, se ahogaron en las aguas amargas de la derrota, sin consuelo ni redención.

En esa carnicería electoral, los más aguerridos, impulsados por el miedo visceral a la irrelevancia, usaron métodos innombrables. Allí no regía moral alguna. Era una guerra sin reglas, una danza salvaje a las puertas del infierno, donde la traición era moneda corriente y el honor un lujo inservible.

Los equipos de campaña, que al alba se prometieron unidad, se fueron desgarrando a medida que el sol ascendía. A media mañana, surgían las primeras sospechas, sí uno de los suyos apoyaba en secreto a un rival. Entonces caía la guillotina, y el traidor era eliminado sin piedad. Al mediodía, comenzaban las traiciones silenciosas. A las dos de la tarde, cada quien luchaba solo, como si participara en una versión más cruel y desesperada del “Juego del Calamar”.

Mientras tanto, los candidatos ojerosos, temblorosos, sin dormir durante dos días peleaban con la angustia de los condenados. La población, ajena a la podredumbre interna, observaba desde afuera con esperanza y regocijo. “¡Se van, se van!”, decían. “¡Vuelve Leonel!”. Veían los centros abarrotados y sentían que estaban presenciando el renacimiento del partido.

Algunos simpatizantes, movidos por el ansia de participar, acudían deseosos de votar, sin importar quién figurara en la boleta. Pero no podrían hacerlo y a quienes podían votar lo que recibían era una absurda dualidad con una boleta nacional inmensa como una sábana mortuoria donde podía marcar hasta 183 nombres irrelevantes que nadie leía; y una boleta local, más concreta, donde al menos podían elegir a los de su demarcación. En Santo Domingo Este, la confusión alcanzaba niveles delirantes: se podía votar por 13 en la circunscripción 1, por 8 en la 2 y hasta por 21 en la 3. Una locura burocrática digna de un manicomio.

Las urnas cerraban a las cuatro, pero aquellos en fila podían votar todavía. El conteo local terminaba, en muchos casos, cerca de la medianoche, y la boleta nacional… simplemente fue enviada a la Casa Nacional, como un secreto que nadie osaría contar. Tal vez algún día la cuenten. Tal vez nunca.

Lo que sucedió en cada escrutinio es innombrable. Ni el propio Satanás se atrevería a transcribirlo.
Pero he aquí lo más irónico: todo ese frenesí, toda esa guerra sangrienta, toda esa locura, fue por puestos honoríficos, sin peso ni poder real. Sillas decorativas que sólo servirán, quizás, para completar la Dirección Política cuando llegue el momento. No tenían autoridad, ni influencia… salvo la de sentarse más cerca del trono cuando el partido tome el poder.

Y es ahí donde todo cobra sentido. Aquellos que gastaron un millón de pesos en campaña, no lo hicieron por el honor de servir al partido. Lo hicieron por interés. Porque el que hoy ocupa una silla vacía en la Dirección Central, mañana puede ser director, vice cónsul. Es, en esencia, una lucha de hienas por el cadáver del poder.

Estas elecciones desnudaron la miseria de nuestros barrios. Dirigentes que, por hambre, apoyaron candidatos que detestaban, a cambio de dos días de comida. Tal vez los militantes de la Fuerza del Pueblo sean el retrato más fiel de la condición económica del pueblo. Porque allí estaban, dispuestos a soportar calor y lluvia, solo por un pan vacío y un vaso de agua con azúcar.

Y mientras el infierno consumía, centro por centro, aquel carnaval de ambición y desorden, allá en lo alto muy por encima del polvo, del sudor, de la carne y del clamor los demonios del poder reían en silencio, ocultos tras cortinas de humo y privilegio. Y aún más allá, en la estratósfera del Olimpo político, el Líder observaba con mezcla de espanto y júbilo aquel espectáculo dantesco de la miseria humana desplegada sin pudor, el alma putrefacta de un partido que había nacido con el germen de la codicia incrustado en su médula.

Pero entonces, mientras los lamentos se alzaban desde la tierra como incienso fétido, algo en su rostro cambió. Una tenue sonrisa, casi imperceptible, asomó entre sus labios, porque comprendió que solo una lucha tan feroz, tan carente de moral y medida, podía nacer en las entrañas de un partido a punto de tomar el poder.

Y allí, junto a él, el Hijo, ese heredero con mas popularidad que su propio padre pareció adivinarle el pensamiento. Sin decir palabra, se quitó uno de su reluciente zapato Jordan, y con gesto solemne y absurdo a la vez, trazó una línea diagonal desde su hombro derecho hasta la cadera izquierda, como marcando sobre su pecho la invisible banda presidencial… no como símbolo de mérito a su padre sino como presagio de lo inevitable.