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Elé, el sanjuanero que venció en Troya

Una historia inspiradora.

Por Valentín Medrano Peña
La vida le cambió súbitamente a Elé, como le conocían en aquel apartado pueblito de San Juan de la Maguana, la productiva provincia del corazón de la zona sur del país.

Elé era un hombre fuerte que heredó de su padre el amor por el trabajo y los negocios. Muy joven trabajó la agricultura, como todos, y forjó algunos conucos para contribuir con el sustento de sus padres y hermanos.

Antes de la adolescencia ya era dueño de un pequeño colmado. Lo que le obligaba a viajar a la Capital a abastecerse, viaje que aprovechaba para llevar y vender productos agrícolas, como el andullo de tabaco, que compraba a productores e intercambiaba. Fue así como conoció la motorizada y ruidosa capital dominicana propiedad de Trujillo.

Cuando conoció a Ana Elvira, el amor de su vida, apenas abandonaba la adolescencia. A poco de ello se casaron y empezaron a tener hijos.

Cinco hijos a la carrera. Cinco varones buscando a la hembra que no llegaría sino varios hijos después.

El quinto hijo sería ahijado de Milciades el hijo de Don Juan Medina, un próspero comerciante del pueblo de Arroyocano, y quien algunas décadas después llegaría a ser padre de un Presidente de la República.

Un día los cuatro primeros hijos de Elé empezaron a padecer una rarísima enfermedad, a muy temprana edad, que los llevó paulatinamente a perder la movilidad en las piernas y demás facultades motoras, quedando, a decir de los vecinos, “tullidos”. Lo que preocupó enormemente a Elé, quien ya había caído arruinado pagando el precio de intentar sanar a sus hijos de aquel extraño maleficio que nunca fue definitivamente diagnosticado.

Los viajes a la capital por asuntos médicos, y la abnegación que hacía prioritario el tratamiento de la enfermedad de su prole, hicieron que el pequeño negocio sucumbiera.

Elé vendió todo lo que tenía, montó a toda su familia en un camión con sus pocos ajuares y partió a la capital a procurar subsistir y hallar la medicina que salvara a sus amados vástagos.

Aracenis, su hijo sano, el quinto, se convirtió en lazarillo de su padre de ojos saludables. Tuvo que ser hombre a destiempo y desde los nueve años entendió el papel que el destino le impuso. Aprendió a trabajar y producir para colaborarle a sus padres. Estudiaba y ayudaba en todo lo que era necesario. Amaba a su madre con devoción y desde su hombría precoz entendía sus desvelos, denuedos y sufrires.

Para entonces, el único hospital con capacidad de brindar la asistencia más o menos adecuada a los postrados hijos de Elé era el de la Fuerza Aérea en San Isidro. Elé vivía muy distante, en Los Alcarrizos, unos veinte y tantos kilómetros, cientos de baches y hoyos y muchos tapones de distancia, y no tenía seguro ni dinero, razón por la cual aplicó, siendo muy viejo ya, para ingresar a la aérea. Logró ganarse de inmediato el mote de “guardia viejo”, era el Satchel Paige de la guardia, el novato más viejo en debutar. A dicho ingreso siguió la mudanza para el barrio de militares de San Isidro donde le fue asignada una pequeña casa.

Aracenis, el hijo con capacidad motora, fue ingresado en el liceo de la base. Durante el recreo vendía algunos dulces que su madre amanecía cocinando, lo que era permitido por la nobleza de los profesores que conocían la triste realidad de la humilde familia.

Aracenis sentía que era muy poco aún lo que aportaba. Un niño de diez años que trabajaba y estudiaba, y se empleó como ayudante de un pollero, para lo cual tenía que levantarse a las cuatro de la mañana, asistir a ese jornal, desplumar una cantidad de pollos, y luego salir a su casa para acicalarse y acudir al liceo con su olla de dulces y sus cuadernos.

De repente, uno por uno empezaron a morir los hijos de Elé, los “tullidos”, y ya otros cinco hijos habían nacido.

Para cuando el último de los enfermos murió ya Aracenis era propietario de un pequeño motor que compró para prestar servicio de transporte personalizado, aún no surgía “el motoconcho” y no fue llamado tal, y es que su visión de negocios le hizo avizorar la viabilidad de tal comercio.

Para antes de su graduación tenía varios pequeños puestos de chimichurri, y aún prestaba jornadas de trabajo. Ya había ingresado a la aérea y era el sostén de su familia.

Extrañamente la enfermedad que afectó a los cuatro primeros hijos de Elé dio un extraño salto y alcanzó al décimo hijo, que empezó a perder movilidad en sus extremidades inferiores alcanzados los diecisiete años, justamente cuando pasaba el centro militar en la academia de la fuerza aérea.

Desde que se instaló en la zona de la aérea de San Isidro, Elé solicitó a los servicios sociales de la Fuerza Aérea, a la que aprendió a servir con honor y decoro, que le fuera donada una silla de ruedas para movilizar a sus desvalidos hijos. Los que murieron uno tras otro en el mismo orden en que habían nacido. Elé, formado en el fragor del trabajo, acrisolado como hombre, para ser hombre, y “los hombres no lloran”, se entendió en su compromiso de guía de su familia. En los velatorios de sus hijos no se le vio soltar una sola lágrima. Se paseó en cada caso atendiendo las necesidades de los asistentes y dirigiendo los trabajos para los entierros.

El 15 de julio del año 1995 falleció el cuarto de los hijos enfermos de Elé y Enermina, apodo de la sufrida madre en su pueblo natal. Toda la familia, vestidos con ropas aún del luto del muerto anterior, acudió al entierro del pobre muerto que vivió una existencia confinada, y quien finalmente encontró en el dolor de otros, por su encuentro con la parca, la libertad. Y caminó de nuevo, esta vez con paso firme y confiado a la eternidad.

Al regresar a casa del camposanto. Abatidos todos, con sentimientos encontrados todos tristes. Elé entró directo al cuarto que por años ocuparon sus hijos ya idos. Manoseó de una litera de dos camas una camisa que le fue quitada al hijo muerto para cambiarla por su mejor ropa y ponerle presentable para su encuentro con el señor. Tomó la camisa, la guardó en una gaveta y salió a la sala donde estaban todos los demás miembros de la familia.

En ese momento, por la puerta frontal, que daba al oeste, hacía entrada una delegación militar del departamento de Acción Cívica de la Fuerza Aérea, que quince años, cientos de diligencias y cuatro muertos después, traía la silla de rueda solicitada y que ya no tendría usuario. Ello ocurría el mismo día del entierro del último de sus Discapacitados hijos.

Uno de los soldados que traía la silla de ruedas, enterado del suplicio de la familia de Elé no pudo evitar ser impactado. Con ojos llorosos, casi tembloroso, veía en aquel padre abatido a un héroe Espartano victorioso en mil batallas, a un imbatible gladiador. Veía a un semidiós.

Elé respiró profundo. Se paró en atención militar y recibió sin aclarándos la muestra de solidaridad de su institución. La encaminó al cuarto de sus ya partidos hijos y la encomendó a sus espíritus.

Días después escuchó de un niño necesitado de una silla de ruedas. No lo pensó dos veces y raudo tomó la silla de ruedas, la subió en una destartalada camioneta que meses atrás había comprado, y la llevó al lugar donde le dijeron moraba el niño discapacitado.

Al llegar desmontó la silla y la abrió, la arrastró a la puerta de la empobrecida casa que permanecía abierta. Llamó a los adultos con el típico -“Saludos”-, mientras observaba arrastrarse en el piso de tierra de la vivienda a un niño de no más de diez años cuyos ojos se encendían como faroles al ver la silla de ruedas que se adelantaba al visitante.

Elé entró a la casa a una señal de pase de la señora de la casa, que ya entraba por otra puerta que daba a una especie de patio y quien ya comprendía la razón de aquella milagrosa visita. No hubo palabras. Solo unas ‘gracias’ muda pero muy sentida. Elé empujó la silla al centro de la pequeña sala que solo tenía dos sillas forradas de roídos guamos como mobiliario.

Tomó al niño, que no hizo resistencia y se ayudó para ser alzado, y lo sentó en la silla. Se alejó unos pocos pasos atrás y percibió la que luego relataría como la más grande y hermosa sonrisa de humanidad en boca del agradecido niño. Se estremeció en todo su ser, por su mente desfilaron en fulgurantes rayos, cada caricia, cada sonrisa, cada vivencia y las pocas alegrías que vivieron sus partidos hijos. Y, mirando fijamente al sonriente niño, como hipnotizado, igual al Cristo previo a su crucifixión en el canto de San Juan, Elé lloró.

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