martes, 14 de julio de 2026
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Entre Espaillat y Chevalier

Por German Ramirez
La historia que convirtió el sacrificio de nuestros padres en el liderazgo de sus hijos

Hay elecciones que cambian gobiernos. Otras cambian generaciones.

as recientes primarias demócratas del Distrito 13 de Nueva York representan mucho más que la victoria de una candidata o la derrota de un congresista. Representan uno de esos momentos en que una comunidad se mira al espejo y descubre cuánto ha avanzado.

Muchos analizarán esta elección desde la óptica política electoral. Hablarán de estrategias, alianzas, campañas y resultados. Yo prefiero verla desde una perspectiva diferente: la de miles de familias dominicanas que, sin proponérselo, escribieron esta historia mucho antes de que aparecieran en la boleta electoral los nombres de Adriano Espaillat o Darializa Chevalier.

Esta historia comenzó mucho antes.

Comenzó cuando miles de padres y madres dominicanos tomaron la decisión más difícil de sus vidas: abandonar la tierra donde nacieron para buscar oportunidades para sus hijos.

Ninguno de ellos emigró soñando con que algún día uno de sus hijos llegaría al Congreso de los Estados Unidos, del pais mas poderoso del mundo.

Soñaban con algo mucho más sencillo y, al mismo tiempo, mucho más grande.

Que estudiaran.

Que hablaran dos idiomas.

Que vivieran con dignidad.

Que tuvieran oportunidades que ellos nunca tuvieron.

Que llegaran más lejos.

Ese ha sido siempre el verdadero sueño dominicano.

Durante décadas vimos a nuestros padres trabajar dos y hasta tres empleos. Los vimos manejar  taxis durante la madrugada, abrir bodegas antes de amanecer, limpiar oficinas cuando la ciudad dormía, atender hospitales, levantar pequeños negocios y enviar remesas mes tras mes.

Mientras ellos trabajaban, repetían una frase que marcó a toda una generación:

«Estudia para que no tengas que trabajar tan duro como yo.»

Aquellas palabras fueron mucho más que un consejo.

Fueron un proyecto de nación construido en el exterior con sacrificio de la familia dominicana.
Y los resultados están a la vista.

Cuando Guillermo Linares fue elegido como el primer dominicano para una posición pública en
Nueva York, muchos pensamos que habíamos alcanzado una meta histórica.

Con el tiempo comprendimos que aquella victoria no era el destin, era apenas el punto de partida de un largo camino que no ha terminado.

Después llegó Adriano Espaillat.

Su elección al Congreso de los Estados Unidos no representó únicamente un logro personal.

Representó la confirmación de que la comunidad dominicana había dejado de ser una comunidad inmigrante para convertirse en una comunidad con liderazgo político, capacidad organizativa y voz propia dentro de la democracia estadounidense con influencia mundial.

Durante años, Adriano abrió puertas que parecían imposibles de abrir. Pero quizás su mayor legado no sea el cargo que ocupó.

Quizás su mayor legado sea abril puertas a lideres en otros estados y haber demostrado a miles
de jóvenes dominicanos que ellos también podían llegar.

Y eso es algo que ninguna elección puede borrar. Hoy una nueva generación toma el relevo.

Darializa Chevalier representa una realidad distinta.

Pertenece a la generación de hijos de inmigrantes que crecieron entre dos culturas sin renunciar a ninguna de ellas. Una generación que domina el inglés, pero que sonríe cuando escucha un merengue. Que nació o creció en Estados Unidos, pero sigue sintiendo que República Dominicana también forma parte de su identidad. Que celebra el Día de la Independencia con el mismo orgullo con que participa en la vida democrática estadounidense.

Durante años existió el temor de que nuestros hijos y nuestros nietos terminarían perdiendo el vínculo con la tierra de sus padres. La historia ha demostrado exactamente lo contrario.

No perdieron su identidad. La transformaron. La enriquecieron. La proyectaron hacia nuevos espacios.

Por eso esta elección debe verse como la demostración de que una comunidad fue capaz de
formar nuevos líderes sin dejar de ser fiel a sus raíces.

Ese es el verdadero triunfo. Y ese triunfo pertenece a nuestros padres, pertenece a nuestra gente.

Pertenece nuestras madres dominicanas que insistieron en que sus hijos estudiaran aun cuando ellas apenas habían podido terminar la escuela.

Pertenece a esos padres que trabajaron toda una vida convencidos de que el mejor patrimonio y
legado que podían dejar no era una casa ni una cuenta bancaria, sino una educación.

Ellos son los verdaderos arquitectos de esta historia, son los verdaderos protagonistas: Maria Chevalier, Raymundo Avila, Lucrecia Rodriguez y Ulises Espaillat.
Hoy Darializa Chevalier recibe mucho más que un escaño en el Congreso.

Recibe el legado construido por generaciones de dominicanos que organizaron clubes culturales, asociaciones comunitarias, iglesias, negocios familiares y movimientos cívicos cuando todavía muy pocos creían que nuestra comunidad podía alcanzar posiciones de tanta relevancia.

Recibe también la experiencia de quienes caminaron antes que ella.

La de Guillermo Linares, Carmen De La Rosa, Adriano Espiallat, YUdelka Tapia, Ydanis Rodriguez, George Alvarez Karines Reyes, Brian De Pena, Julia Mejia, Sabina Matos, Danilo Burgos, Alex Mendez, Analilia Mejia, Antonio Reynoso, Pavel Payano, Cynthia Matos y
muchos mas que hoy nos representan dignamente en varios estados y ciudades de Estados Unidos.

La de tantos líderes, conocidos y anónimos, que dedicaron décadas abriendo caminos para los demás. Pero también recibe un enorme compromiso. El de mantener viva la confianza de una comunidad profundamente trabajadora, orgullosa de sus raíces y extraordinariamente unida alrededor de la familia.

Porque si hay algo que distingue al dominicano, dentro y fuera de nuestra tierra, es que nunca camina solo.

Crecemos en familia. Celebramos en familia. Sufrimos en familia. También avanzamos en familia.

Quizás por eso nuestra comunidad ha logrado crecer sin perder su esencia.

Hemos aprendido que integrarnos a otra sociedad no significa olvidar quiénes somos.

Al contrario.

Mientras más seguros estamos de nuestras raíces, mayor es nuestra capacidad para aportar al país que nos abrió las puertas.

Hoy tenemos alcaldes, jueces, concejales, legisladores, empresarios, académicos y profesionales, comunitarios, sindicalistas, estudiantes, deportistas, dominicanos aportando al desarrollo de los Estados Unidos.

Y con orgullo, seguimos siendo la misma comunidad que llena las calles de Nueva York de
banderas tricolores a cada momento.

Seguimos siendo la comunidad que nunca deja de mirar hacia Quisqueya.

Seguimos siendo hijos de una nación pequeña en territorio, pero inmensa en dignidad, esfuerzo y capacidad de superación.

Por eso, entre Espaillat y Chevalier solo existe un legado que hemos construido por decadas.

Existe un puente.

Un puente construido por miles de familias dominicanas que decidieron transformar el sacrificio de una generación en las oportunidades de la siguiente.

Los nombres cambian, las generaciones se renuevan, los liderazgos evolucionan, pero hay algo que nunca debe cambiar: El compromiso de seguir formando hijos orgullosos de sus raíces, preparados para servir con humildad y conscientes de que ningún éxito individual tiene sentido si no ayuda a abrir oportunidades para los demás.

Porque los grandes legados no pertenecen a una persona, pertenecen a una comunidad, a un pueblo.

Y mientras exista un padre dominicano dispuesto a sacrificarse por la educación de sus hijos, mientras exista una madre dominicana que enseñe a amar nuestra bandera sin importar el país donde vivamos, mientras exista un joven que entienda que servir a su comunidad es un honor y no un privilegio, la historia del liderazgo dominicano en los Estados Unidos apenas estará comenzando.

Ese, más que el triunfo de un candidato o de un partido, es el verdadero triunfo de nuestra gente.
Y ese legado, estoy convencido, seguirá pasando de generación en generación.

Que vivan los hijos de la madre de todas las tierra, Quiqueya!!!