Por Milton Olivo
na comunidad no puede alcanzar un verdadero desarrollo si no eleva, al mismo tiempo, la calidad moral, intelectual y cívica de sus ciudadanos. El progreso no consiste únicamente en construir calles, parques, escuelas o infraestructuras; también implica construir una nueva manera de pensar, convivir y debatir sobre nuestro presente y nuestro futuro.
La crítica y la oposición son indispensables en democracia. Pero existe una diferencia entre criticar para corregir y criticar para destruir. Cuando el debate público se convierte en una competencia de acusaciones, rumores, descalificaciones o mentiras para obtener simpatía política, la sociedad termina pagando un alto precio.
La crítica adquiere verdadero valor cuando está acompañada de una alternativa. Una oposición responsable no debería preguntar solamente qué está haciendo mal el gobierno, sino también qué haría para hacerlo mejor.
Si existe un problema de residuos, no basta denunciarlo: hay que proponer reciclaje, educación, tecnología y aprovechamiento económico. Si existe congestión, hay que plantear alternativas de transporte y ordenamiento urbano. Si existe inseguridad, hay que discutir prevención, recuperación de espacios públicos, educación y oportunidades.
Así, la oposición puede convertirse en una fábrica de soluciones nacionales. La democracia se fortalece cuando los sectores políticos compiten no solamente por el poder, sino por demostrar quién tiene las mejores ideas para mejorar la vida de la gente.
El nuevo Código Penal dominicano hace todavía más importante reflexionar sobre la responsabilidad de quienes participan en el debate público. La libertad de expresión es esencial, pero no elimina la protección jurídica del honor, la dignidad y los derechos de los demás.
Las acusaciones irresponsables pueden tener consecuencias legales, además de producir una consecuencia social profunda: la pérdida de credibilidad. Quien convierte la mentira, la exageración o la acusación sin fundamento en instrumento político puede obtener atención momentánea, pero termina perdiendo la confianza ciudadana.
La política debe superar la idea de que puede decirse cualquier cosa para obtener aplausos. La palabra pública debe estar acompañada de responsabilidad. La honradez social no consiste únicamente en no apropiarse de lo ajeno. También existe una honradez intelectual: reconocer lo correcto aunque lo haya realizado un adversario, admitir los propios errores y apoyar una buena propuesta aunque no produzca beneficios políticos inmediatos.
Un dirigente que reconoce los méritos de su adversario demuestra seguridad y madurez. Por el contrario, quien considera negativo todo lo que hace el otro convierte la política en una confrontación permanente. Una sociedad madura debe aprender a decir: “Esto está mal y debe corregirse, pero esta es mi propuesta para hacerlo mejor.” Ahí comienza una oposición verdaderamente constructiva.
Las comunidades también se desarrollan mediante las ideas que circulan entre sus ciudadanos. Una sociedad dominada por insultos, sospechas y desesperanza termina reproduciendo esos comportamientos. En cambio, cuando el debate se concentra en educación, producción, innovación, cultura, tecnología, medioambiente, emprendimiento e infraestructura, se construye una mentalidad diferente.
Elevar el nivel del debate es elevar el nivel de la sociedad. No significa eliminar la controversia, sino hacerla inteligente. No significa eliminar la oposición, sino convertirla en una fuerza fiscalizadora y propositiva. No significa eliminar la competencia política, sino lograr que la competencia sea por las mejores ideas.
Cada ciudadano debería preguntarse: ¿qué puedo aportar? Cada dirigente: ¿qué solución estoy proponiendo? Y cada organización política: ¿qué sociedad queremos construir?
El verdadero liderazgo no consiste en convencer a la sociedad de que todo está mal, sino en demostrar que las cosas pueden estar mejor y explicar cómo lograrlo. Necesitamos una nueva ética del debate público: discrepar sin odiar, fiscalizar sin difamar, competir sin mentir, denunciar sin destruir y proponer sin esperar siempre una ventaja política.
El progreso material construye ciudades; el progreso intelectual construye ciudadanos; y el progreso moral construye confianza. La combinación de los tres permite construir sociedades verdaderamente desarrolladas.
Una comunidad comienza a transformarse cuando deja de preguntarse solamente quién tiene la culpa y comienza a preguntarse quién tiene una solución. Porque elevar el debate no es solamente mejorar la política. Es formar mejores ciudadanos, fortalecer la convivencia y crear las condiciones para una comunidad capaz de construir su propio desarrollo.
El futuro no se construye destruyendo al adversario. Se construye superándolo con ideas, conducta y resultados.
El autor es escritor, ensayista, novelista y pensador social dominicano. A través de sus obras promueve la reflexión sobre la gobernanza, el desarrollo, los valores cívicos y la responsabilidad ciudadana. Su visión humanista impulsa una cultura de trabajo, innovación y compromiso con el bien común, convencido de que, con la bendición de Dios, es posible construir una Quisqueya Potencia.
