Por Andrés Tejada
comunicador, empresario. Actualmente presidente de Sociedad Acción Multiempresarial, SAM
xiste una máxima lapidaria que afirma que “cada pueblo tiene el gobierno que se merece”. Durante décadas, muchos hemos discrepado de esa sentencia, considerándola una injusticia histórica contra sociedades atrapadas por la falta de oportunidades. Sin embargo, al observar el panorama sociopolítico actual de la República Dominicana, esa discrepancia empieza a tambalearse.
En el epicentro del debate digital y cultural dominicano se erige una figura ineludible: Santiago Matías, conocido como «Alofoke». Sin haber consumido un solo minuto de su contenido, es imposible ignorar su impacto. Se le describe como una mina de talento y una descomunal fábrica de hacer dinero que domina las redes sociales y los medios digitales. Algunos osan comparar su éxito con el de colosos de la comunicación de la talla de Freddy Beras Goico, o, Yaqui Núñez del Risco o con el rigor de periodistas de investigación como Nuria Piera y. Alicia Ortega . Pero confundir audiencia masiva con trascendencia social es el primer gran error de nuestra época.
Hoy, el rumor callejero y de redes susurra una ambición: «Alofoke quiere ser presidente para arreglar el país». Se le proyecta como un «Bukele dominicano», un salvador mesiánico capaz de transformar las instituciones corrompidas y obsoletas de nuestra nación. Ante este escenario, cabe hacerse las preguntas periodísticas y ciudadanas más urgentes: ¿Puede una persona que ha alcanzado el éxito comunicacional a costa de la explotación de las carencias de los sectores más vulnerables y la vocinglería mediática gobernar una nación? ¿Es la fama un atributo suficiente para dirigir el destino de millones?
Dirigir un Estado no es gestionar un panel de discusión acalorado ni monetizar el morbo a través de un algoritmo. La gobernanza de una República exige condiciones fundamentales que van más allá de la popularidad:
Preparación política y de Estado: Conocer el entramado constitucional, la división de poderes y el funcionamiento de la administración pública.
Formación económica y social: Capacidad para diseñar políticas macroeconómicas, gestionar deuda pública, atraer inversión extranjera y estructurar planes de reducción de la pobreza basados en la sostenibilidad, no en el asistencialismo clientelar.
Solidez cultural y ética: Un gobernante debe ser un referente de los valores cívicos de su nación, con una visión de desarrollo que eleve el nivel educativo y cultural de la población, en lugar de perpetuar la chabacanería y la ignorancia.
Diplomacia y relaciones internacionales: El manejo de la geopolítica requiere templanza, negociación y un profundo respeto por los protocolos internacionales.
¿Cuál es la preparación que el susodicho comunicador ha acumulado en estas áreas para hacerse merecedor del solio presidencial? La respuesta parece hallarse en el vacío doctrinal.
El peligro de las falsas analogías: Trump, Zelensky y Bukele
Quienes defienden la viabilidad de figuras del espectáculo en el poder político suelen recurrir a comparaciones internacionales que, bajo un análisis riguroso, resultan totalmente falaces. Las condiciones en las que llegaron al poder Donald Trump, Volodímir Zelensky o Nayib Bukele responden a contextos estructurales diametralmente opuestos:
Donald Trump (EE.UU.)
Del espectáculo y sector inmobiliario.
Aunque era una figura mediática, Trump no llegó al poder como un huérfano político; lo hizo cabalgando sobre la estructura de uno de los partidos más antiguos y poderosos del mundo (el Partido Republicano) y con un bagaje de décadas en el manejo de corporaciones globales.
Volodímir Zelensky (Ucrania) | Comediante y actor. Zelensky no era un simple generador de chismes de farándula; es graduado en Derecho. Su ascenso fue una respuesta de la sociedad ucraniana al colapso del sistema político tradicional, y su posterior consagración no se debió a sus dotes cómicas, sino a su trágica y templada transformación en un líder de guerra frente a una invasión extranjera.
Nayib Bukele (El Salvador) | Publicista y político. | Bukele no saltó de las redes sociales a la presidencia. Antes de ser mandatario, fue alcalde de Nuevo Cuscatlán y posteriormente alcalde de San Salvador (la capital del país). Tenía una trayectoria de gestión pública municipal probada que sirvió de trampolín para capitalizar el hartazgo ciudadano contra el bipartidismo de ARENA y el FMLN.
Buscar legitimidad en estos espejos es ignorar la historia. Quien intente emular estos fenómenos desde la vacuidad del chisme y las «cantaretas» se acerca más a los trágicos precedentes de Abdalá Bucaram en Ecuador u otros líderes pintorescos que sumieron a sus naciones en el caos institucional tras llegar al poder impulsados por la comedia o la demagogia.
Si una figura cuya principal escuela ha sido el circo digital de la vocinglería llegara a dirigir los destinos de la República Dominicana, tendríamos que capitular ante la idea de que los pueblos sí eligen la horma de su zapato.
Bajo ese lúgubre escenario, no quedaría más remedio que abrazar la predeterminación calvinista y aceptar que el destino de las sociedades está sellado por sus propias decisiones colectivas. Si la fama sustituye a la idoneidad, entonces tendríamos que admitir que gobernantes totalitarios o autócratas en la historia del mundo —desde los regímenes dinásticos totalitarios hasta las dictaduras perennes— están donde están porque, en su momento, los pueblos cedieron su voluntad a la fuerza, al mesianismo o a la distracción masiva.
La presidencia no es un Live de YouTube, ni el presupuesto nacional se gestiona con likes. Es hora de que la sociedad dominicana empiece a exigir estadistas, antes de que el entretenimiento termine por devorar lo que queda de nuestra institucionalidad.
