
Por Valentín Medrano Peña
eorge se levantó un poco tarde el infausto día en que la amada perra de la familia, Maxie, daba a luz a sus cachorros. No estuvo en el parto. Su padre no creyó que aquel espectáculo agradara a su vástago de tan solo trece años.
Vivía en una casa un tanto retirada de los amontonamientos urbanos en el ghetto del pequeño poblado de Painwood en Carolina del Sur. Era una pequeña vivienda con escasos ajuares. Piso de tierra. Una pequeña chimenea y se perdía a la vista entre los grandes árboles que le rodeaban. Vivían a inicios del bosque en las afueras del pueblo.
Su padre, que se llamaba como él, George Stinney, se ganaba la vida trabajando agricultura y otros menesteres, y muy temprano, luego de dejar parida a su can partió a pie a la algodonera de los Finley. Todo el dia trabajó afanosamente.
George jugaba con su hermana Margie frente a su casa desde donde escuchaba a los recién nacidos perros gemir.
George apenas había aprendido a escribir y leer, lo que hacía balbuceando, y durante el juego su hermana, más diestra en esos asuntos, trataba de enseñar a George a leer con más fluidez.
Eran felices. No sabían que eran pobres y apenas aprendieron que eran negros y por ello diferentes. No se acercaban a los niños blancos y en el caso de George por su débil contextura, con la que nació por maldición del destino no era fuerte para el duro trabajo del campo. Además era muy endeble de espíritu. Mostraba emociones y lloraba, cosas que no gustaban a los patronos blancos y sus capataces negros de un forrado espíritu.
Soñaba ser beisbolista, los negros que jugaban en las ligas negras podían viajar a Mexico, allí eran idolatrados y tratados como blancos, y sobre todo y lo mejor, comían lo que los blancos.
George era un buen muchacho cristiano, muy devoto y jamás faltó a un culto en la iglesia negra de WestPainwood que estaba a una distancia de varios kilómetros de su hogar.
Al mediodía detuvieron momentáneamente el juego para el almuerzo. Con desdén comieron lo de casi siempre, un poco de pan de harina con un menjurje de maíz. Ni bien había comido el último bocado se puso de pie del suelo que ocupaba en una esquina próxima a la chimenea. Tomó agua de la vasija, algunas de tuyas gotas se derramaron por las comisuras de su boca cayendo directamente al piso por estar este medio encorvado. Salió corriendo de nuevo haciendo un llamado a su hermana para continuar jugando. Su madre que tendía una ropa en la parte trasera de la casa, como le había enseñado su madre que a su vez lo aprendió de su ama blanca en la lejana Luisiana. Ella apenas sintió los movimientos de los niños ya que estaba sumergida en sus pensamientos.
Cerca de la casa de los Stinney, unos kilómetros al sureste, en las afueras del pueblo, los cuerpos de dos niñas habían sido encontrados muertas, con signo homicida. Habían sido vistas no más de una hora antes al salir de la escuela y dirigirse a casa. Así que si muerte debió ocurrir pasado el mediodía. Mientras George y su hermana comían o jugaban en su casa.
A las seis de la tarde de ese día, mientras George perseguía lagartijas, llegaron unos gendarmes a su casa, traían perros. Todos eran blancos, a excepción de fornido y macizo negro que cargaba algunas cosas que no observó bien.
Quien comandaba era un muchacho joven, blanco por supuesto, alto y muy delgado. Este vio a George entre los árboles y pensó que se escondía. Solo buscaba lagartijas. Se dirigió a él con una sola pregunta: -¿Fuiste tú basura, tú mataste a las niñas?
George no entendió la pregunta ni el porqué fue encadenado, arrancado de su familia y trasladado a una mazmorra. Para cuando despertó a su realidad, golpeado, hecho un manojo de carnes con el espíritu diezmado, sucio y sediento, hambriento pero mucho más triste que dolorido. Lloraba, solo lloraba. Veinte días allí sin jamás ver a sus familiares a los que no volvería a ver. Días después fue llevado a un edificio cerca de la iglesia grande de los blancos. Jamás había notado aquella edificación cuyo interior simulaba la de su iglesia, a ese edificio todos le llamaban corte. Y ahí se enteró que había confesado los asesinatos.
Un hombre blanco con un fuerte olor a whisky se acercó a los barrotes de la celda en que fue metido George. Era solo un niño. Un niño negro, lo que no le hacía hombre a los ojos de aquella sociedad que le creía un ser inferior, un instrumento para el trabajo.
El hombre le dijo, “soy tu abogado, bueno, no sé mucho de leyes, soy cobrador de impuestos, pero haré lo que pueda, ah, me llaman Lucky, como ya confesaste solo resta pedir clemencia al jurado”. George miró al recordete blanco desde justo al pecho. De soslayo pudo ver su rostro redondo y un tanto risueño. George tenía incrustada la barbilla en su pecho, no era bueno mirar a los blancos directo a la cara. Desde allí dijo a su abogado, -“Yo no confesé, yo no lo hice”. “Lo mismo da, respondió el abogado, el oficial Reynolds llenó una declaración afirmando que le confesaste los hechos, de todas formas sólo queda pedir clemencia. Debo irme, nos vemos mañana, es el gran día”. Se puso un sombrero redondo como él y se marchó. George quedaba sumido en sus miedos, la bruma de no comprender porque Dios le imponía esta prueba y un fuerte deseo de abrazar a su madre.
Jamás el abogado volvió a referirse al muchacho, salvo para preguntarle en juicio si había cometido los homicidios.
El representante de George estaba muy ocupado en su campaña a la reelección, para entonces los cobradores de impuestos en el Estado de Carólina del Sur resultaban de elecciones, así que no convocó o escuchó testigo. No habló con los familiares de George, quizá así habría sabido que para la hora de los asesinatos George tenía una buena coartada. Y no se le ocurrió pensar que según el relato policial, las infaustas niñas tuvieron que ser cargadas por su agresor y trasladadas al lugar donde las mataron y luego vueltas a cargar para esconder los cuerpos unos cincuenta metros más lejos de este primer lugar, y que el manojo de huesos de George no tenía las fuerzas para llevar acabo aquella proeza.
En ese caldo de cultivo George fue condenado a muerte. Su abogado no recurrió la decisión. Apenas un día, en alrededor de cinco horas con veinte minutos de deliberación, sirvieron para declararlo culpable.
El 16 de junio de 1944 a las seis de la tarde un oficial de policía llegó a casa de los Stinney y le dijo a la madre de George que por orden del alcalde debía pasar a recoger el cuerpo de su hijo George que había sido electrocutado. Sin pesar, sin ninguna afectación se dio la vuelta y se marchó dejando a los Stinney en un mal de llanto que precedió su llegada y que sus palabras avivaron. Ellos sabían que George era inocente, y no se les prestó un escenario para decirlo, usualmente jueces, fiscales y gendarmes, medios y opinadores están al servicio del poder y de los poderosos, y ellos eran solo unos pobres negros de Painwood que tendrían que sorber el sabor de la amargura que crea la injusticia.
George Stinney Jr. fue arrestado el mismo día que su perra paría sus cachorros. No pudo jugar con ellos cual era su sueño durante todo el embarazo de su can. No tuvo chance de ser beisbolista, aprender un oficio, casarse y tener hijos. Su vida le fue talada como a una rama posada para impedir que otras se dañen. Su último pensamiento fue de liberación. Dios, Dios, Dios se dijo para si, no entiendo lo que pasa.
George fue el hombre más joven en ser condenado y ejecutado y setenta años después de su muerte fue declarado inocente.
He aquí una de las razones por las que me desvela la lucha por el debido proceso de ley.
