Por Carlos Rodríguez
“La riqueza de un pueblo no es la del suelo, sino la del cerebro”, afirmaba Emilio Lledó, y jamás esta verdad ha resonado con tanta fuerza en nuestra República Dominicana. En estos seis años que corren con el PRM desde el año 2000, hemos sido testigos de una diáspora silenciosa pero devastadora: jóvenes brillantes, profesionales formados con esfuerzo y talento, abandonan su tierra en busca de oportunidades que aquí les son negadas con este gobierno . No es una elección caprichosa; es la consecuencia inevitable del deterioro sistemático de nuestros servicios públicos, la inseguridad, y la falta de visión política que condena a las nuevas generaciones a un futuro sin esperanzas.
El éxodo no es sólo un problema económico: es un problema, de inseguridad , moral y ético. Mientras el país maquilla y muestra signos de crecimiento en cifras frías, la realidad cotidiana para miles de jóvenes es ausencia de empleos dignos, salarios miserables y un sistema educativo que deja de ser motor de progreso para convertirse en mera burocracia. La fuga de cerebros no solo vacía oficinas o aulas universitarias; vacía sueños, talento y la posibilidad misma de un desarrollo sostenible. Cada vez que un joven decide marcharse, el país pierde más que un profesional: pierde parte de su alma y su promesa de futuro.
Es imposible hablar de progreso cuando los cimientos sociales están corroídos por la indiferencia y la corrupción. EL gobierno falla en crear condiciones mínimas para que el capital humano vuelva a sentir orgullo por su tierra. La clase media, que debería ser la columna vertebral del desarrollo, se siente atrapada en un círculo vicioso de desempleo, precariedad y desánimo ahora mas con unas medidas anti crisis si ya no la hay la crisis . En este escenario, la emigración es el reflejo de un país que se resigna a perder su mayor tesoro: sus jóvenes. Y mientras seguimos repitiendo discursos vacíos, otros países aprovechan la capacidad y formación de quienes aquí se forman y no encuentran cómo progresar.
No podemos permitir que esta hemorragia continúe, porque la verdadera fortaleza de la República Dominicana no se mide en recursos naturales, sino en la inteligencia, creatividad y pasión de sus ciudadanos. La responsabilidad recae en todos: políticos, educadores, empresarios y sociedad civil. Es momento de combatir con políticas audaces, transparentes y humanas esta tragedia, porque solo así podremos recuperar lo que realmente importa. El país que soñó duarte y que los patriotas soñamos depende de la decisión colectiva de valorar y retener a cada uno de esos talentos que hoy se van con la maleta llena de esperanzas y el corazón herido por un futuro incierto en su propia tierra.
