Opiniones

No fue mi suegra la que volvió al polvo

Por Dario Nin
Sobre ella se ejecutó la sentencia divina de que: “polvo eres y al polvo volverás”. Nos la prestaron para compañera de viaje y nos entusiasmamos con ella. Llegamos a creer que, en esta efímera vida terrenal, la compañía era para siempre.

La mandó a buscar el mismo Dios, que es mucho más que el llamado de un rey y entendimos que fue poco el tiempo para preparar el viaje. Él sabe que nos otorgó el tiempo justo, pues si nos hubiese dado más, de cualquier forma, más le hubiésemos reclamado.

Mis compañeros y amigos me han abrazado para acompañarme en lo sentimientos que suponen tengo por la partida de mi suegra, en los abrazos de algunos siento que entiende que, al ser mi suegra, no hay en mí, surcos profundos.

Pero la que volvió al polvo, no era mi suegra, era la madre de mi esposa y la abuela de mis hijas. Un ser humano sin ninguna posesión material, ya que repartió constantemente lo pudo haber acumulado; pero con un gran reservorio espiritual, con el que irrigó a mucho más de uno.

La velamos en el campo, en el corazón del país, en la flor de su descendencia cuyos pétalos son sus nietos. Se veló en la casa de su hijo, “El paternal”. Sí en la casa, porque en la casa se velan los muertos que duelen en el corazón, para recordarlo en cada paso, aún más allá de cuando el dolor ya no duela tanto. ¡Quizás hoy en la modernidad ya no sea así, pero es el clamor del campo!

El espacio quedó pequeño para las coronas que llegaron o para los que con lágrimas en los ojos se aglomeraron, para el familiar que dio el testimonio, o para los de lejos que ella acercó. Las lágrimas fluyeron y el corazón se ahogó.

¡Que dolor ver a mi esposa y a sus hermanos llorar con desconsuelo y a nuestras hijas y sus primos, de ella nietos, junto a sus tías abuelas llorar la despedida!

Tendría yo que no ser humano e ingrato por demás, para sin contar con el dolor que por si misma en mi ha de provocar, no vea astillada mi alma y sangrar saladamente mis lagrimales con tan profunda herida en el corazón asestada.

El ataúd y su interior atraía a mis amadas hijas a Josmeldry, a Darimel, quienes con llantos desconsolados luchaban contra todos para permanecer sembradas a su lado.

Dana, quien menos años tiene acumulado, consolaba a su madre, recordándole que el señor ha prometido que en su segunda venida la vería nuevamente a su lado. Son siete años los de mi pequeñín, muy bien aprovechados, con madurez suficiente para intentar sentirnos por ella consolados.

Pero la dejamos allí, en la morada final cumpliendo la sentencia universal. Recordándoles que no fue mi suegra, fue la madre que elegí al escoger a mi esposa, la abuela de mis hijas y la génesis en esta parte, de mis nietos.

María Asunción, le bautizaron y estoy seguro de que su asunción fue al cielo y allí está con el hijo de María completando la trinidad que lo confirma como Dios pleno y eterno. Ese, el que aquí estuvo con ella, le ha guardado su morada para que ahora allí, ella esté con Él.
¡Gozosos entonces…! En sumo gozo…, que en el cielo desde el día anterior, habían guirnaldas colgadas a la espera de su llegada. Hasta la próxima.

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