
Misael y el día en que la muerte respiró primero
Antes de completar la última frase, el enmascarado cerró el cuello de Misael entre sus brazos como si ajustara un tornillo invisible. No fue un golpe, fue una clausura. El aire dejó de circular y se volvió un recuerdo lejano, algo que había existido antes, en otra vida. En sus oídos estalló un zumbido grave, continuo, como si el mundo estuviera siendo aspirado por un túnel estrecho. La vista se le fragmentó en manchas oscuras. Cada latido empujaba sangre hacia ninguna parte. Morir, entendió, no era apagarse de golpe, sino quedar atrapado dentro del propio cuerpo, sin salida.
No podía gritar. Solo podía pedir auxilio con señas torpes, pero ni siquiera eso deseaba hacer. No quería que, en sus últimos minutos de vida, lo vieran despedirse del mundo como un cobarde, y menos aún después de lo acontecido la noche anterior en el baño de una discoteca: allí, un comunicador que se jactaba de valiente y temerario había sido golpeado en la boca por un sujeto acostumbrado a levantar la mano en lugares donde se aprobaban préstamos que pagaban otros. Decían que aquel comunicador gritó de miedo, que incluso ensució los pantalones al no poder contener un desecho que escapó de su cuerpo mientras el agresor lo humillaba, hasta que la seguridad del lugar intervino. Misael no quería ser recordado como ese comunicador. Prefería morir sin pedir clemencia antes que vivir con esa imagen.
Cada segundo acortaba la distancia entre la vida y la muerte. Sabiendo que era imposible liberarse y que su final ya estaba sellado, quiso dedicar esos últimos instantes a recordar los momentos felices de aquel día junto a su esposa y su pequeño hijo, que en menos de un minuto quedaría huérfano de padre.
En medio de ese tránsito forzado hacia lo desconocido, con la certeza de que el cuerpo estaba perdiendo la batalla y el miedo de no saber qué juicio lo aguardaba, si el cielo, el infierno o un vacío sin nombres, elevó una plegaria a Dios. No fue una oración ordenada, sino un pensamiento roto, desesperado. Confesó su pecado más grave, aquel que su conciencia inflamada le presentaba como imperdonable: haber creído que la política podía ejercerse sin ensuciarse, que no todos los pactos exigían sangre. Imaginó ese otro lugar, el que no aparece en los sermones, donde el mal no castiga sino administra, y donde lo esperaba, paciente, el innombrable genio de la tiniebla, experto en excusas, acuerdos y manos alzadas.
Después de pedir perdón por el pecado de ser político ese que no se lava ni con agua bendita y convencerse, por un segundo, de que tal vez no descendería a ese sitio, su mente empezó a reconstruir las últimas seis horas de su vida, como quien revisa un expediente sabiendo que el fallo ya fue emitido
Recordó que había llegado a Fitur con una felicidad cristalina, de esas que no hacen ruido, acompañado de su esposa y de su hijo de pocos meses, quien, con los ojos grandes, asombrados, bendecidos por Dios, parecía absorber los colores del lugar como si fueran alimento. Las luces, los idiomas y el murmullo del mundo se inclinaban levemente a su paso. Su esposa lo rodeaba con una belleza sencilla y serena, pero tan luminosa que europeos, asiáticos y latinoamericanos la miraban con una envidia que violaba el noveno mandamiento, como si ella cargara un secreto misterioso y atrayente que ellos no podían nombrar. En ese instante fugaz, Misael se sintió invulnerable, coronado por una dicha breve, el rey invisible de un reino que no necesitaba trono.
Durante el recorrido advirtió, en el stand dominicano, un derroche de recursos que parecía no obedecer a ninguna lógica terrenal. Los derroches de lujos en exceso, las pantallas repetían promesas como letanías y el dinero circulaba con una alegría sospechosa, casi festiva. Le causó sorpresa y una risa interna ver tantos comunicadores, legisladores, alcaldes y políticos dominicanos reunidos allí, apiñados como en una procesión profana que podían llenar el Club Los Mina y todavía quedaría gente afuera, aguardando turno para entrar al milagro.
Recordó que, en su primera hora en el lugar, vio a Narciso. El cabello teñido de un negro demasiado uniforme, endurecido por capas de vaselina que reflejaban la luz como una máscara húmeda; las cejas espesas, calculadas; la mirada atrapada en el espejo, no solo por vanidad sino también por vigilancia, como si comprobara una y otra vez que el personaje seguía ahí. Se tomaba selfies con una devoción casi religiosa, ajustando el ángulo antes de reunirse con el precandidato al que, semanas atrás, había negado sin pudor, inclinándose hacia la otra con la facilidad de quien cambia de traje sin cambiar de piel.
Mientras su cuerpo desfallecía bajo los brazos del luchador, que apretaban con una paciencia mecánica, recordó las palabras de un colaborador cercano del precandidato sobre aquella reunión entre Narciso y el hombre que vendía sol y playa como si fueran propiedad de la poderosa familia. Narciso no había cruzado medio mundo solo para posar y vender promesas vacías; había viajado para arrodillar el discurso, para jurar una lealtad estudiada, explicando que su palabra de apoyo a la otra no fue traición sino táctica, una maniobra para silenciar al diputado cascarrabias que no dejaba de señalarlo. Todo en Narciso era sofisma, incluso la mentira en él era una construcción minuciosa destinada a seguir administrando sombras sin que nadie pudiera señalar el origen de la oscuridad. El colaborador no supo más. Solo recordó que Narciso se arrodilló frente al candidato de la Sagrada Familia y que nadie supo qué se dijeron en los once minutos siguientes, sin testigos.
Con ese último recuerdo brusco, pegajoso, Misael comprendió que no quería morir. La muerte, que ya le respiraba dentro del pecho, se detuvo un instante, como si dudara. Intentó entonces aferrarse a la imagen de su esposa y de su bebé, buscándolos como quien busca una lámpara en una casa incendiada, pero la memoria traicionó su deseo y el rostro de Narciso se impuso, avanzando sobre la oscuridad, mirando por encima de los lentes con esa seguridad artificial, hablando con una mitomanía tan perfecta que parecía arte. Aquella imagen no lo debilitó; lo encendió. Algo recóndito, más intenso que el miedo, se levantó en su sangre. No era valentía ni fe: era negación irreverente. Misael decidió, con una claridad feroz, que no moriría allí, no de ese modo, no concediéndole al mundo esa victoria.
Entonces, cuando el brazo musculoso del agresor terminó de cerrarse sobre su cuello y el aire se convirtió en una leyenda lejana, Misael alzó la mano sin ver, guiado por una certeza que no venía de los ojos sino del instinto. Con los dedos índice y medio extendidos como quien bendice, como quien jura, como quien proclama una victoria que aún no existe, lanzó el gesto hacia atrás, hacia la sombra. El tiempo se quebró. En ese segundo interminable, sus dedos encontraron los ojos del hombre, únicos territorios desnudos en un rostro cubierto, y los tocaron con la precisión salvaje de lo inevitable. El agresor soltó un alarido ahogado y aflojó el cerco, llevándose las manos al rostro como si acabara de ser expulsado de la luz. Misael cayó hacia adelante, devuelto al mundo por un acto mínimo y milagroso, sabiendo sin saber cómo que a veces la vida se defiende con dos dedos y una decisión tomada en el borde exacto de la nada.
Luego de ese salvador piquete en los ojos, Misael se alejó del agresor a paso lento, con el aire todavía ausente, y caminó sin rumbo hasta ver a su esposa admirando el stand de Guatemala. Allí tomó un poco de agua, miró hacia arriba y, como si hablara con Dios aunque ni él mismo supo qué le dijo, permaneció en silencio frente a la presencia invisible del Rey de reyes.
Esa noche, en su casa, no podía dejar de preguntarse si lo que sucedió en Fitur había ocurrido realmente o si simplemente lo había soñado.