Destacadas de CiudadOriental.comOpiniones

De la sombra del sufrimiento a la luz del triunfo

Por Ramón Peralta
Nunca olvidaré el día en que falleció Minerva Vargas, la madre de Jhondry. Minerva era una amiga entrañable, de esas mujeres cuya risa podía iluminar incluso los rincones más sombríos de Los Mina, donde los apagones y la precariedad eran parte de la vida cotidiana. Tenía un buen humor constante, una alegría contagiosa que hacía que los problemas parecieran menos pesados, y su sola presencia transformaba cualquier espacio en un refugio. Su partida dejó un vacío inmenso, no solo en su familia, sino en todos los que tuvimos la fortuna de conocerla.

Recuerdo con dolor aquel seis de enero, un día que parecía ordinario pero que cambió para siempre la vida de una familia. Francis, el hermano mayor, apenas un preadolescente, lloraba desconsolado mientras abrazaba a su madre por última vez. Su cuerpo pequeño temblaba bajo el peso del dolor y la incredulidad. A su lado, Jhondry, un niño de tres años, miraba con ojos grandes, incapaz de comprender lo que significaba aquel adiós definitivo. No sabía que ese momento marcaría el inicio de un camino de pruebas, ausencias y dificultades que pondrían a prueba incluso su fe en Dios.

Yo era ya un adulto, contemporáneo de su madre, y tuve la oportunidad de observar cómo aquel niño enfrentaba la vida en circunstancias que no eran ni justas ni amables. Vi cómo la realidad lo obligaba a madurar antes de tiempo, cómo enfrentaba obstáculos que habrían quebrado a otros y cómo, a pesar de todo, no se rendía. Lo que vi era extraordinario: una voluntad que jamás cedía, una fuerza silenciosa que lo acompañaría toda la vida.

Jhondry creció en la calle Francisco del Rosario Sánchez, en Los Mina Sur, un entorno donde la vulnerabilidad era la norma. Muchos jóvenes del barrio terminaban atrapados por la violencia, la cárcel o la muerte prematura. La vida, lejos de ser una invitación al sueño, era un desafío constante. Para Jhondry, eso despertó algo diferente: la certeza de que sobrevivir no era suficiente. Había que resistir, decidir y construir un futuro distinto.

A los tres años perdió a su madre, víctima de cáncer. Su padre, un hombre bondadoso trabajador incansable, suplía lo material con jornadas de nueve de la mañana a nueve de la noche, incluso los domingos, pero su ausencia afectiva dejaba cicatrices profundas. Jhondry aprendió desde muy pequeño a sostener emociones que ningún niño debería cargar, aprendió a convivir con la soledad y el miedo, y a esconder su fragilidad detrás de una sonrisa que apenas lograba contener.

Pero la vida aún le reservaba otra prueba, más cruel y despiadada. A los nueve años, su padre, un hombre tan bondadoso e ingenuo que en su mente no cabía la idea de la maldad humana, buscando amor, compañía y una madre para sus hijos, confió su destino a la mujer que se convertiría en su madrastra. Ella, con una sonrisa ensayada hasta la perfección y palabras suaves como terciopelo, ocultaba un corazón gélido y calculador, más despiadado que aquella madrastra de los Hermanos Grimm en La Cenicienta, pero infinitamente más real y cruel.

Puede interesarle:  Perspectivas políticas para RD en el 2022

Con engaños tan convincentes que parecían hechizos, logró que el padre inscribiera a Jhondry en un supuesto colegio internado, prometiendo educación, disciplina y un futuro prometedor. Lo que nadie sabía era que aquel lugar, llamado La Aldea, no era un colegio: era un orfanato donde la sombra de la desesperanza se extendía como un techo perpetuo, y la violencia se imponía como ley no escrita, un manto oscuro que cubría cada día con un horror espantoso.

Desde el primer instante, La Aldea respiraba un aire putrefacto, cargado de humedad, sudor y miedo. Los niños mayores, depredadores crueles, lo acechaban como sombras hambrientas, arrebatándole la comida y empujándolo hacia rincones donde la oscuridad devoraba cualquier esperanza de auxilio. Cada bocado que lograba engullir se transformaba en una efímera victoria, mientras los murmullos, las risas malévolas y los sollozos se entrelazaban en un coro macabro que retumbaba por los pasillos como un presagio de tormento perpetuo. Por las noches, el silencio no ofrecía paz: era un espectro que amenazaba, quebrado solo por gemidos que surgían de las paredes mismas, como si los muros lloraran. Jhondry aprendió a dormir con un ojo abierto, con el corazón martillando violentamente contra su pecho, temiendo que cada sombra escondiera una mano dispuesta a castigarlo, que cada crujido fuera el preludio de un nuevo tormento.

La figura de su madrastra flotaba como un espíritu diabólico, distante, más lejana que el mundo exterior, pero su influencia se sentía en cada aliento. Sus palabras, suaves y melifluas para el padre, eran cuchillas invisibles para él y sus gestos de autoridad, fríos y calculados, ocultaban un desprecio que se filtraba como veneno en la sangre.

Su engaño convirtió la vida del niño en un laberinto de sombras y susurros, donde cada puerta conducía a un nuevo tormento y la esperanza se tornaba un lujo prohibido. La inocencia, esa luz tibia que alguna vez habitó en su pecho, se deshilachaba lentamente, desvaneciéndose en un goteo constante de miedo, hambre y desolación, hasta que el mundo entero parecía un eco de pesadillas que nunca dormían.

El hambre era un verdugo espantoso. Cada mañana, el pan escaso y la sopa aguada eran disputados como si fueran oro. Algunos niños mayores aprendieron rápido que la fuerza imponía derecho, y Jhondry, que había llegado con sobrepeso desde una casa donde la comida sobraba como en los restaurantes millonarios, se transformó en un niño pequeño, escuálido y frágil. Se convirtió en víctima de un sistema cruel donde la compasión era castigada. Sus noches estaban llenas de calor extremo; los mosquitos picaban como si tuvieran espadas venenosas, y en medio de la oscuridad se escuchaban murmullos lejanos, llantos que se filtraban a través de los muros como lamentos de un mundo olvidado. Sonaban cadenas con el horror de muertos que no descansaban en paz; circulaban historias de niños que morían sin recibir cristiana sepultura y cuyos cuerpos eran donados a universidades, no para estudiar medicina, sino para despertar angustia en aquellos estudiantes que se habían inscrito en la carrera equivocada. La desesperación y el abandono eran tan tangibles que parecían tener forma, y Jhondry, un niño de nueve años convertido en prisionero de la mentira de su madrastra, aprendió a caminar entre ellas sin derrumbarse del todo.

Puede interesarle:  José Ramírez y su asterisco de esperanza

Su salvación llegó gracias a una abuela valiente. Regresó de Estados Unidos y, con determinación y documentos legales en mano, logró sacarlo de aquel infierno a través del Tribunal de Niños, Niñas y Adolescentes, demostrando que Jhondry no era un niño abandonado ni de la calle. Aquel rescate no solo lo liberó físicamente: marcó un antes y un después en su historia, enseñándole que incluso en la oscuridad más profunda, la esperanza puede abrir una puerta.

Durante aquel primer año de prisión disfrazada de internado, Jhondry comenzó a cultivar algo que se volvería su mayor arma: la resiliencia. Aprendió a observar, a esperar, a levantarse cada día sin perder la fe, incluso cuando todo parecía conspirar en su contra. La experiencia fue un fuego que templó su carácter, una prueba que le enseñó que la vida, aunque cruel, podía ser enfrentada con coraje y paciencia.

Lejos de quebrarse, Jhondry desarrolló una fortaleza interior poco común, como la de aquellos que han visto el dolor de cerca y deciden que no los definirá. A los catorce años, tras cuestionar a Dios por la muerte de su madre y por los sufrimientos extremos que había atravesado, logró reconciliarse con su fe. Fue un encuentro íntimo y profundo, casi espiritual, que le permitió comprender que la vida, por cruel que fuera, también podía ser fuente de sentido. Su educación en un colegio adventista fue la fragua donde templó valores que serían pilares de su existencia: disciplina, respeto y un propósito que lo guiara más allá de la supervivencia, hacia la construcción de un legado.

Se formó como abogado, con especializaciones en relaciones internacionales y diplomacia urbana. La primera gran oportunidad de su vida profesional llegó de la mano del fallecido alcalde Juan de los Santos, a quien llamaba con cariño “Juancito” y a quien considera su mentor. Durante diez años trabajó en la Alcaldía de Santo Domingo Este, comenzando como analista y ascendiendo hasta encargado de relaciones internacionales. Allí descubrió que el servicio público podía ser, además de deber, una escuela de ética, liderazgo y paciencia; aprendió que influir en la vida de otros con responsabilidad y respeto era también una forma de honrar el sacrificio de quienes lo habían formado.

El giro decisivo ocurrió en 2017, cuando viajó a Dubái con los ahorros de todo un año. Lo que comenzó como un viaje personal se transformó en una oportunidad inesperada: su carisma y su presencia cautivaron a una agencia que lo contrató para promocionar tours, incluso bajo la creencia de que era árabe. En 2018 realizó su primer viaje oficial como promotor turístico con un grupo reducido. Desde entonces, ha llevado más de 1,145 personas en quince viajes y ha recibido dos distinciones del gobierno de los Emiratos Árabes Unidos por su aporte al turismo, reconocimiento a la dedicación, constancia y profesionalismo que ha puesto en cada proyecto.

Puede interesarle:  Reflexión sobre funestos acontecimientos septembrinos: ¡Qué no se repitan!

El éxito, sin embargo, no lo ha hecho impermeable al juicio ajeno. Jhondry ha sido criticado por su forma de vestir, su estilo de vida y su orientación sexual. Frente a ello, ha respondido con firmeza y respeto, defendiendo su derecho a ser quien es sin renunciar a los valores que lo formaron: la familia, la discreción y la coherencia entre pensamiento y acción. Su postura refleja la armonía entre su historia personal y su visión del mundo, donde la dignidad es una línea que nunca se cruza.

En lo íntimo, ha tomado decisiones difíciles y profundas. Eligió no tener hijos, por temor a que repitieran la ausencia materna que marcó su infancia. Tras decepciones amorosas, hoy mantiene el enfoque en su crecimiento personal y profesional, avanzando paso a paso, con sacrificios estoicos y una disciplina casi espartana. Cada logro es fruto de un trabajo meticuloso, de un esfuerzo constante que no busca aplausos, sino coherencia y excelencia.
Su próximo proyecto, el Tour de Semana Santa 2026, con la comunicadora Luz García como imagen oficial, confirma que su éxito no es fruto de la improvisación, sino de la planificación, la visión y la responsabilidad. Cada detalle de su organización refleja un compromiso profundo con la calidad y con quienes confían en él, una forma de devolver al mundo un poco de la fe que la vida le enseñó a cultivar.

Más allá de los números y los viajes, la historia de Jhondry Ferreras es, ante todo, una lección de resiliencia y superación. Es la historia de un niño que perdió demasiado temprano, que cargó ausencias y dolor, y aun así decidió levantarse y construir un destino distinto. Su vida demuestra que, incluso desde la tragedia, el abandono y la discriminación, es posible formarse, crecer y trascender.

Jhondry Ferreras es la prueba viva de que el dolor no define el destino. Su trayectoria inspira y enseña que, cuando hay fe, disciplina y perseverancia, siempre hay un camino. Él es la prueba de que sí se puede, y de que incluso el niño que lloró en un lugar sombrío y cruel hoy puede volar alto, demostrando que detrás de cada historia de éxito hay horas de trabajo duro, resistencia ante la adversidad y la determinación de no permitir que los juicios de la envidia apaguen la luz de quien ha decidido levantarse.

Compartir:
Botón volver arriba